Incursión a la antigua Patagonia

Gaiman es un pueblo chubutense que encierra la cultura, costumbres y epopeyas de los conquistadores galeses. Paisajes de otro tiempo, historias inolvidables.

viernes, 02 de enero de 2004
Incursión a la antigua Patagonia
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Por: Leonardo Rearte lrearte@losandes.com.ar

Una centena de piedras blancas, entre lomas y a las puertas de la ruta, dibuja el nombre del paraje. El silencio envuelve a Gaiman en un letargo, una pausa que ha suspendido incluso el paso de los años. Esta villa fue uno de los primeros poblados que fundaron los galeses, ni bien descendieron de los barcos a la altura del Golfo Nuevo. Las familias europeas viajaron, a fines del siglo XIX, hasta la misteriosa Patagonia soñando con praderas, vergeles, el paraíso en América. Se encontraron, cuando ya era demasiado tarde, con uno de los suelos más áridos del continente.

Los inmigrantes, seguidores del patriarca Lewis (quien había sido tentado por el gobierno argentino para que trajera a los suyos a poblar el sur del país más Austral del mundo) aprendieron a valerse de los canales y acequias para regar las plantaciones de maíz y sus frutales; tuvieron que adaptar las construcciones de piedras con el objeto de que el implacable viento les diera una tregua; supieron ganarse la amistad de los pocos indígenas que habitaban la zona. E intentaron olvidar, o al menos no llorar, los valles de Europa, los amores extraviados, los sueños truncos. De todo eso dan cuenta hoy estas calles grises, melancólicas, escoltadas por las casonas de piedra y ladrillo visto, o las capillas que llaman a silencio entre los canales abiertos al Río Chubut.

Gaiman (un vocablo de origen indígena que significa “piedra de afilar”) se ubica a 17 kilómetros de la Ciudad de Trelew (Chubut). Es un pequeño poblado que exuda historia en cada uno de sus rincones. Ni bien se accede al pueblo nos encontramos con la casa más antigua de la región. Una construcción baja, que se mantiene tal como se la utilizaba a mediados de 1870. Vivió aquí, como lo prueban los daguerrotipos, el galés David Roberts, su esposa y su hijo (el primer hombre blanco que nació en Gaiman). Las herramientas para hacer queso y manteca, el simpático carrito de bebé, la tabla de lavar y la vajilla de los Roberts lucen intactas. Las paredes derruidas -y todo lo que encierran- permiten descifrar la sufrida y animada rutina de esta familia de pioneros. (En las oficinas de Turismo de Gaiman se puede solicitar un guía para acceder a la casa).

Adentrándonos en el pueblo, precisamente en la plaza Julio A. Roca, se presenta el monumento a Cristóbal Colón, que fue el primero realizado en su honor en Sudamérica (fue inaugurado en 1893). Cerca de allí, la incólume Capilla Bethel, construida en 1914; el Túnel del ex Ferrocarril Patagónico (1914) de más de 200 metros de longitud; la Biblioteca Ricardo J. Berwyn y el Museo Regional ubicado en la antigua estación del ferrocarril, reúnen en un mismo circuito presente y pasado.


Té para todos. Miles de turistas se acercan a este rincón galés por sus célebres casas de té. En cualquiera de esta especie de confiterías que pululan Gaiman, se puede probar las infusiones importadas de Gran Bretaña y la torta negra.

La tradición obliga a degustar -a cualquier hora- el té galés en el marco de una mesa pantagruélica, provista de tartas de corinto o de manzana -entre otras frutas-, tortas de crema o ricotta, el pan casero con manteca recién hecha, o los tradicionales escones.

Pero sin dudas, el plato más buscado es la tradicional torta negra o galesa. Realizada con frutas maceradas, harina y licor, esta preparación perdura durante años sin echarse a perder. De hecho, una costumbre ancestral del pueblo es realizar la base de la torta de casamiento con esta masa, guardarla y comerla recién en el primer aniversario de la pareja; brindis (o no, nunca se sabe) de por medio.

Entre las casas de té hay una que es particularmente visitada por cientos de extranjeros. Se trata de Ty Te Caerdydd (Finca 202, Gaiman), el lugar elegido por Lady Di para merendar durante su corta estadía en la Patagonia. Detrás de unos soberbios jardines, el coqueto lugar resguarda en sus salones la vajilla, manteles y servilletas que utilizara la malograda princesa. Por supuesto, todos los elementos tocados por ella no fueron lavados y se exhiben tal y como los dejó Diana.


Conociendo. Otras de las opciones para los visitantes de Gaiman es el circuito de agroturismo. La intención de los herederos de los primeros pobladores es difundir la vida y tradición de los trabajadores de la zona. En estas fincas y plantaciones, los visitantes podrán cosechar anécdotas y datos desconocidos. Entre ellos, las desventuras de los conquistadores para forjar una verdadera comunidad que tejiera canales a lo largo del terreno o las innovaciones en las siembras y en la cría de animales a lo largo de la historia. En casas como Bod Iwan (de la Familia Williams) o Dan y Coed (de la familia Ivanoff) los anfitriones están dispuestos a hacer probar los panes caseros humeantes con manteca y jugo de ciruela, y ensayar largas charlas sobre epopeyas lejanas.


Parque Cenozoico. A pocos minutos de estos establecimientos se encuentra el Parque Paleontológico Bryn Gwyn. Un paseo al aire libre, emplazado a lo largo de una extensa barda blanca (al sur del Valle Inferior del Río Chubut). La propuesta de este “museo in situ” es ir en busca de increíbles criaturas, en el contexto de un paisaje impensado.

Esta excursión representa un viaje a través de la friolera de 40 millones de años de historia. Se atraviesa con cada paso los estratos naturales de las distintas formaciones geológicas. Desde la más reciente, que data de 10 mil años atrás, hasta los tiempos en que la Patagonia era una savana arbolada, con una vegetación y clima similar a los que ofrece la selva africana. Los vestigios de las diferentes eras llegan a nosotros a través de fósiles identificados en el recorrido, las marcas en las bardas y la información que brinda la cartelería y el guía.

Este parque abierto es el primero en su tipo en Sudamérica y su fin es exhibir de una manera natural la riqueza paleontológica del sur argentino. Aquí, los turistas pueden darse por enterados de cómo es el trabajo de campo que realizan los paleontólogos, así como apreciar los fósiles en su lugar de hallazgo. Dentro de las pequeñas pirámides de cristal que está apostadas en el sendero, se observan los restos de un cangrejo fósil de 10 millones de años (gerion peruvianum), de un mamífero extinto de 25 millones como el Astrapothericulus, o nidos de avispas de 38 millones.

(El Parque cuenta con servicio de guías, Centro de Interpretación, snack bar, sanitarios y estacionamiento. El valor de la entrada es de $4 para adultos)

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