La última nota editorial publicada por este diario en 2003 terminaba de la siguiente forma: “El seguir creciendo, evitar que esto se pare (nos referíamos al aumento del PBI producido en los últimos doce meses), es el gran desafío que espera a los argentinos a partir de mañana, cuando inauguremos un nuevo año”.
Estas líneas se escriben en ese día, que de mañana pasó a ser hoy, y el año ha quedado inaugurado. Y es útil que se reflexione no solamente en torno de las esperanzas que alienta nuestro pueblo y, seguramente, sus dirigentes, sino acerca de la forma en que aquellas pueden convertirse en realidad. No pensamos que solamente con la recuperación de la economía se arreglen los problemas que enfrenta el país, aunque ello pueda ayudar en mucho.
El caso es que la Argentina ya no es una sola, como alguna vez se creyó que lo era. Nos encontramos frente a millones de personas que, hoy, están principalmente unidas por la circunstancia de compartir una extensa y mal aprovechada geografía.
Las Argentinas discernibles en la realidad que se nos plantea cotidianamente son varias y, peor aún, contrapuestas. Está la de los pobres, ocupada por un sector de la población que suma ya a más de la mitad de los habitantes; la de los desocupados, que alimentan corrientes piqueteras e intentan ser captados por distintas corrientes políticas; la de los que se se sienten inseguros porque son víctimas y la de quienes se convierten en sus victimarios, llegándose de esta forma a cifras de muertes sin precedentes en nuestra cercana historia.
Está la de quienes luchan por mantener su precario sostén en la clase media y no lo están consiguiendo, y que se sienten inseguros por lo que expresamos más arriba y porque temen perder lo poco que tienen; está la de quienes se beneficiaron con la recaudación de miles de millones en la pasada década, marcándose en el proceso una de las más notables transferencias de fondos desde las clases medias y bajas hacia las altas en muchísimas décadas.
Está la de quienes tienen acceso a la salud y la de quienes no lo tienen, o a la educación, o a la alimentación. Y preguntamos nuevamente: ¿hambrientos y desnutridos en un país que produce alimentos en exceso y genera enormes saldos exportables?
Todo esto ha llevado a que los argentinos no solamente se dividan en categorías cuyas características se hacen cada vez más diferenciables, sino a que asuman pautas culturales que también los fragmentan y los separan. Los que tienen la oportunidad de adquirir buena educación suelen (esto no es, por cierto, general) desconfiar y hasta despreciar a quienes no tuvieron las mismas oportunidades. Los que permanecieron ajenos a esa posibilidad, desconfían de las capacidades de los primeros y terminan por rechazar la posibilidad de integrarse.
En este proceso hay un trasfondo de disconformidad, de ira contenida, de miedo, que contribuyen a ahondar más las brechas que cruzan nuestra conformación social como tajos en un terreno desecado. Los ejemplos que se podrían citar en torno de este virtual enfrentamiento entre sectores o clases ocuparían un libro, o varios.
Sin embargo, la sensación no declarada por muchos, pero presentida, es que el país está en una especie de guerra civil, con predadores de todo tipo por un lado y víctimas del otro.
La reconstitución social a partir de valores comunes y aceptados por la mayoría es la base de cualquier proceso de avance a que pueda aspirar nuestra gente. Eso no se solucionará tan rápido como podría serlo lo económico, pero si no se obtiene estaremos condenados a vivir, como ahora, juntos, pero separados. Solidaridad y hasta piedad son algunos de los componentes de la fórmula que logrará reunificar a la Argentina.