Los neocelandeses Jorian Rippax y Sean Waters son dos de los tres andinistas que este año desafiaron al Aconcagua por la peligrosa pared Sur. Llegaron a la cumbre a la 1 de la mañana del 30 de enero, luego de cinco intensas jornadas de ascenso. Por muy poco, su hazaña no terminó en tragedia.
Abrazados, tratando de ayudarse entre sí ya que Jorian tenía congelados los dedos del pie izquierdo, iniciaron el descenso por la ruta normal. Estaban hambrientos y deshidratados. Los faroles que llevaban en la frente les abrían camino en medio de la noche.
Cerca de la madrugada, exhaustos, desplegaron sus bolsas de dormir a la intemperie, cerca de un roquerío, a 5.800 m.
Este pudo ser el final de la expedición.
Sin embargo, para ese entonces los hombres de la Patrulla de Rescate de Alta Montaña habían iniciado el ascenso para ir al encuentro de los andinistas. Las luces de los neocelandeses alertaron a los rescatistas que se encontraban en campamentos más abajo. En pocas horas los dos hombres fueron bajados por los policías hasta Nido de Cóndores, a 5.370 metros. Allí recibieron comida, abrigo y agua. En la mañana Jorian fue evacuado por el helicóptero de Gendarmería.
Historias como esta forman parte de la cotidianidad de un grupo de dieciséis policías que no reprimen el crimen en la ciudad, pero arriesgan su vida a diario para reducir al máximo la crónica roja del Aconcagua.
Desde el 20 de noviembre los policías han realizado cerca de 90 rescates, muchos de ellos durante la noche. La mayoría de los casos corresponde a andinistas con edema agudo de pulmón, cansancio extremo y congelamientos. Aunque también arriesgan su vida por deportistas inexpertos -categoría que viene en alza- que se aventuran con equipos inapropiados, sin anteojos de sol, o con escasos víveres y agua.
De todos modos, este año la tarea se ha visto algo más aliviada gracias al trabajo preventivo de los médicos en Plaza de Mulas.
Por el trabajo coordinado de estos dos equipos, la cifra de víctimas del Aconcagua tiende a disminuir esta temporada. En 70 días murieron dos personas -un español y un coreano-, mientras que el año pasado, entre el 20 de noviembre y el 20 de marzo los muertos fueron 9.
En el Parque se conoce a los rescatistas como Papa Lima, de acuerdo con el código internacional de deletreo.Usan camperas coloradas. No cuentan con un refugio propio, sino que duermen en el obrador del hotel Plaza de Mulas. Y ganan apenas un poco más de dinero que un policía de ciudad.
El “Destacamento Plaza de Mulas” es reconocido por su hospitalidad, y también por su pizza casera.
Sin embargo, “cuando llega una alarma todo lo demás pasa a un segundo plano. El único pensamiento es bajar a esa persona de dónde esté”, dice Francisco Cordón, rescatista con seis temporadas de Aconcagua.
El jefe de turno de la patrulla, Roberto Favaro, explica que los Papa Lima patrullan el cerro en forma permanente. Ante una alarma todos los equipos suben “un escalón” (por ejemplo, de un refugio a otro más alto) de acuerdo con su posición en ese momento.
Los rescatistas están preparados para dar los primeros auxilios. Además, a través de la radio se transforman en los ojos del médico, que se encuentra 2.000 m abajo.
A veces los policías son agredidos por los mismos heridos, que están en shock.Otras, tienen que desprenderse de parte de su equipo para dar abrigo a un enfermo.
“Lo peor es cuando la gente se entrega”, dice Cordón. “Por momentos te dan ganas de ponerte a llorar con ellos. Pero no, los tenés que motivar. Entonces uno les habla, les hace cariños, los peina, para que resistan”.
Durante un vuelo de entrenamiento, el vicecomodoro Rubén Cortés (40) y el primer teniente Danilo Soldera (32), de la IV Brigada, fallecieron al estrellarse el Sukhoi-29 que piloteaban. Causas inciertas.
El apoyo oficial al evento generó ayer diversas reacciones. El año pasado el festejo atrajo a un público numeroso, que este año, estiman, se multiplicará. Reacciones a favor y en contra del auspicio.