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Damián de Santo: “Siempre quise ser el galán del barrio”

Esta es la historia de vida de un actor de 34 años que, después de interpretar a violentos, gays y adictos, llega al papel de seductor que siempre quiso.

martes, 18 de febrero de 2003

Este es un hombre sincero.

"Acepté hacer Malandras porque iba a ser el galán. Yo siempre quise ser el galán del barrio”.

Damián De Santo, argentino, 34 años, geminiano y buen bailarín, no inventa excusas, ni explicaciones trilladas del tipo "me gustó la historia” o "el elenco era muy bueno” para justificar su ingreso a la tira central de Canal 9. Si bien estos argumentos surgirán también a lo largo de la charla, la razón primera que lo llevó a decir "sí” a la propuesta de los hermanos Borensztein fue ésa. Él lo cuenta mientras fuma sentado a la mesa de un bar.

Después de años de interpretar a violentos, drogadictos, gays y personajes extremos, De Santo dice que Fernando es el que más se parece a él... O, más bien, es a quien él siempre quiso parecerse. "Yo no tengo el physique du rol de un galán, no soy el alto de ojos claros, pero puedo actuar un galán con cosas que me sirven en la vida como la simpatía y la seducción. No todo entra por lo visual, si fuera así, yo no me hubiera casado”.

Parece que le costaba conseguir novia a Damián De Santo. Tuvo sólo tres: la primera, Patricia, estudiante de teatro; la segunda, la cantante Laura Miller y la última, Vanina Bilous, la bailarina de tango con la que se casó hace un año y dos meses y con la que tuvo a su primer hijo, Joaquín.

-¿De verdad no tenías levante?

-Cuando era pibe, no. Yo era del montón y lo padecía porque quería ir a bailar, me encanta bailar, y si conseguía a una chica, todo era mucho mejor.

Nació en Caballito y comenzó la escuela primaria en el Colegio Marianista. Pero cuando estaba por pasar a tercer grado, los directivos se enteraron de que sus padres se habían separado y le dieron un ultimátum: "Si se queda, repite, si se cambia de colegio, pasa de grado”. Su mamá eligió la segunda opción. Llevó al chico al Zinny, en el barrio Cafferatta, pero tampoco duró y terminó séptimo grado en el Ernesto Padilla.

La secundaria fue más simple: cinco años en el Hipólito Vieytes, donde su mamá, Amelia, todavía es profesora. "Mi vieja daba de todo: Italiano, Inglés, Taquigrafía, Mecanografía, Contabilidad, Geografía. Un día la tuve como profesora. Un reemplazo. Me gastaron todos. Ese día no dije ni una palabra si no ella me daba vuelta la cara. Era brava. El primer año me llevé cinco materias y nos fuimos de vacaciones a Mar de Ajó, pero no me dejó ir nunca a la playa para que estudiara. No volví a llevarme materias”.

Saber esperar

La separación de sus padres fue traumática. El y su hermano (Fabio, 38 años, ingeniero en medio ambiente) se quedaron con su mamá. Y durante diez años Damián no vio a su papá. "Fue por esas cosas de las familias, estaba todo mal, pero lo fuimos llevando con el tiempo. En esos diez años, Damián creció y se convirtió en un adolescente. Cuando se reencontró con su padre, se enteró de que tenía dos nuevos hermanos, Pablo y Julián. "Yo creo que todo decanta, los odios se van pacificando con el tiempo, uno va olvidando resquemores y empieza a darse cuenta de que la mejor forma de vivir es dejando que las cosas pasen. Mi viejo esperó para volver a verme y yo aprendí de eso”. De Santo lo dice y lo asocia con su relación con las mujeres. Recuerda cuando trataba de hacer convenios con las chicas para que le dieran un piquito. "Eso no servía, había que esperar, como hizo mi viejo”.

Mientras crecía y pasaba horas y horas en la esquina de Canalejas y Espinosa junto a los chicos del barrio ("éramos delincuentes pasivos, rompíamos vidrios, nada más”), el joven De Santo -le decían Magoo porque tenía astigmatismo- comenzó a frecuentar un taller de teatro. Iba los sábados, tipo hobby. Sus verdaderos estudios estaban en la Facultad de Biología Marina de la Universidad de Buenos Aires, donde cursó materias durante tres años. También fue preceptor, fabricó relojes y manejó micros de larga distancia. Estaba trabajando en el Banco de Crédito Argentino (era jefe de cuentas corrientes en una sucursal de Lugano) cuando consiguió su primer trabajo como actor. Y largó todo.

La obra con la que debutó se llamaba “La tiendita del horror”. Un clásico. Damián De Santo todavía guarda el recibo verde que le dieron por su primer sueldo. "Después, mi carrera siguió por el factor suerte. Yo creo que siempre es así, no se le puede dar a todos”.

-¿Cuál fue tu "factor suerte”?

-Conocer a Fernán Mirás. En el 90 estaba haciendo “La tiendita del horror” en Mar del Plata y Fernán actuaba en “El protagonista”, con Oscar Martínez. Mi novia de entonces (Patricia) era actriz y la contrataron para esa obra, así lo conocí. Nos hicimos amigos y al tiempo, después de hacer “Drácula” y mientras trabajaba en la telenovela Princesa, él me recomendó para hacer de violador en la miniserie “Zona de riesgo”. Hice una escena en la que me puse casi en bolas aunque al final no se vio nada. Pero en el ciclo siguiente me dieron un capítulo protagónico. Creo que ahí me vieron con ganas y con capacidad. Después no paré”.

El currículum sigue con “Canto rodado”, “Aprender a volar”, “Amigovios”, “Sheik”, “Mi cuñado”, y “Poliladron”. El personaje del abogado gay en “Verdad Consecuencia” y el de adicto a la cocaína en “Vulnerables” fueron dos de sus actuaciones más logradas. En cine debutó como extra en Sofía y también fue uno del montón en “Tango Feroz”. Después llegaron papeles más fuertes en “El sueño de los héroes”, “La furia”, “Alma mía”, “Cabeza de tigre” y “Un día de suerte”.

-Y en el amor, ¿cuál fue el "factor suerte”?

-Conocer a Vanina.

Ya casi es de noche y Damián De Santo apaga otro cigarrillo. Había dejado de fumar, pero ahora retomó porque -dice- o fuma o come o se muerde las uñas. Si hace una cosa, no hace la otra. Y así. Entonces cuenta: "Durante mucho tiempo busqué al amor de mi vida. Tuve parejas pero no me amaron de la manera que yo necesitaba. Uno puede amar mucho pero si no te aman es muy difícil. Agradezco las relaciones que tuve porque con ellas aprendí a valorar mucho a la buena mujer, a la que le da importancia al hombre, a la que no le enseñó la mamá que los hombres son una mierda. Porque están muy desvalorizadas las relaciones de pareja”.

A Vanina la conoció hace cuatro años, en una milonga. "Me la presentó mi amigo Julito. Me dijo la quiero un montón porque se parece a vos. Yo hacía un año que estaba solo. Me había separado de Laura y había sido un alivio. Cuando yo me separo es porque la cosa no da para más. En ese caso ya no había manera de recomponer la relación. Y en una milonga de Villa Urquiza apareció Vanina”. En realidad, el que apareció fue él. Ella vio cómo el papá de Nancy Dupláa (tanguero conocido) le estampaba un beso en la boca y se sorprendió. No sabía quién era porque nunca lo había visto en la tele. De Santo recuerda: "Me la presentaron y me encantó”.

Esa noche no pasó nada. Él la acompañó hasta la puerta cuando se fue y la miró mientras ella se alejaba manejando su auto. No se vieron por veinte días, hasta que él la invitó al teatro donde actuaba. Ella fue sola a ver “Las paredes”, en el Cervantes. Esa noche tampoco pasó nada. La tercera fue la vencida. "Ella se estaba por ir a bailar a Japón por 40 días, entonces la fui a buscar a la milonga”. Terminaron comiendo pizza en un bar a las 9 AM. Esa mañana se dieron el primer beso.

Pasaron cuatro años, un viaje a Nueva York para pedirle matrimonio, un hijo, una fiesta de casamiento... A esta altura de la tarde, De Santo habla de su mujer y confirma que la seducción no entra por los ojos. Cuánto mejor es cuando el galán entra por los oídos. Dice, antes de levantarse: "Vanina es un hembrón como amante y es muy sensible como mamá. Si la cosa con ella se termina mañana, yo puedo decir que lo disfruté a morir”.

Ahora se va. El padre, el marido, el actor y, definitivamente, el galán del barrio. / Fernanda Iglesias
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