Desde su nacimiento constitucional, Argentina buscó aparentar las formas modernas de una república con todas las letras, pletórica de nuevas y esperanzadoras instituciones donde los conflictos alcanzaran razonable resolución.
Pero siempre -siempre- por debajo de las fachadas, la verdadera lucha por el poder se resolvía de las más primitivas y caudillescas maneras.
Sin atadura institucional ninguna, sin respeto por las normas cualesquiera fueran éstas. Sólo los caudillos frente a frente, dirimiendo sus cuitas según la ley del más fuerte.
La democracia tan temida
La llegada de la democracia en 1983 le trajo un grave problema a este modo de resolver (mejor dicho, de jamás resolver) los conflictos políticos. Porque es sabido que un sistema institucional se perfecciona por el paso del tiempo, aun por el solo hecho de su mera permanencia. A la manera de un aprendizaje inconsciente.
Luego de casi 20 años, el pueblo argentino se estaba acostumbrando a vivir en democracia. Y, mal que bien, perfeccionaba sus conductas.
Se corría el benemérito riesgo de que algún día los conflictos, que siempre se resolvían en las honduras de los personalismos caudillistas, alcanzaran el nivel de institucionalización suficiente como para que el ciudadano común pudiera tallar con su opinión en las decisiones públicas.
El interregno De la Rúa fue un momento espectacular para definir la transición: un presidente sin poder partidario ni carisma caudillesco alguno, sólo podía mantenerse en pie con un grado de institucionalidad nunca visto en la Argentina.
Jamás se podrán imaginar nuestros minúsculos aprendices políticos de “capo mafia”, el bien que le hubieran hecho al país (y a sí mismos) si hubieran aprovechado la debilidad para fortalecer las instituciones.
Pues bien, hicieron todo lo contrario. Volvieron a sus nefastos orígenes. A aquellos que la democracia debía destrozar por definición. Se retornó al pacto corporativo.
El retorno de los brujos
En los pactos corporativos, la clase dirigente se divide el poder en esferas de influencias (encerrándose en sí misma) para evitar que el pueblo acabe con sus inútiles privilegios.
En los pactos estilo La Moncloa, la clase dirigente cede cuotas de su poder para generar un nuevo poder público que los exceda y que quizá los supere. Pero que permita la incorporación masiva de los ciudadanos a la construcción de ese nuevo poder.
A principios de este año, la clase dirigente argentina optó por dejar de lado toda vocación democrática. Por el contrario, tomó partido por la liquidación de cualquier sistema universal e impersonal. Con lo que nos quedamos sin instituciones.
Primero fue el malevaje bonaerense bajo la égida peronista-radical. En un mes dejaron al país desnudo de formas, y en poco más instalaron índices de subdesarrollo económico y social que no nos envidiarían ni los peores países de Africa.
Cuando todo se derrumbaba de manera terminal, el señor presidente de los argentinos intentó, en soledad, perfeccionar el rumbo elegido en enero. Convencido de que los males eran por no haber sido lo suficientemente consecuente en el pacto corporativo. Para eso, a las ideas de Alfonsín y De Mendiguren, decidió sumar las de un economista nacionalista llamado Carbonetto.
Allí apareció la otra pata del pacto corporativo: los gobernadores de provincia. Que le quitaron poder al Presidente y le impusieron un plan de 15 puntos, que era un intento declarativo de no clausurar toda relación con el mundo, como querían Duhalde y compañía.
Entonces ocurrió lo previsible. Un presidente al que le ponen un chaleco de fuerza para que no siga destrozando todo. Yun país paralizado con un presidente enchalecado.
Nada nace y nada muere
En el ínterin, los dos exponentes más acabados del corporativismo político, la UCRy el PJ, parecieron estallar en mil pedazos. Pero no murieron. Porque siempre se renace si alguien nuevo no ocupa el lugar.
En estos momentos de crisis, algunos amagos de modernidad parecen surgir de las entrañas sociales.
Porque por primera vez en décadas, la izquierda política tiene figuras e intenciones de voto razonables y en crecimiento.
También se está construyendo una derecha con deseos de poder, no sólo ocupada en vender su programa al militar o al populista de turno. Sino interesada en aplicarla ella misma.
Pero mientras izquierdas y derechas incipientes nos esperanzan con que algún día Argentina podrá ser un país más o menos como todos los que funcionan bien, el pacto corporativo sigue su indetenible marcha. A pesar de su irrebatible fracaso.
La UCR está actualmente condenada por su incapacidad para gobernar. Menem por haber teñido con lo peor del caudillismo argentino su intento de modernización. Duhalde por habernos sumido en una miseria récord. De la Sota y los gobernadores de provincia por no haber podido generar ninguna alternativa razonable.
Pero aun cuando todos los miembros del pacto corporativo parecen condenados por su propia incompetencia, de las entrañas del mismo renace el mal con todas sus fuerzas.
Seduciendo al seductor puntano
Estamos hablando del más marginal de todos ellos, aquél al que los ilustres y poderosos miembros de la élite corporativa utilizaron por una semana mientras arreglaban (o negociaban) sus diferencias internas. Ese al que tiraron a los perros apenas dirimieron cargos y jerarquías.
Pues bien, hete aquí que al que consideraron “loco” ahora los está volviendo locos a ellos. Yhasta amenaza con romperles el pacto corporativo con el cual siguen viviendo mientras el país se está muriendo.
Todos cometieron con él un error fundacional: lo minimizaron por sus extravagancias, sin acordarse que la mayoría de ellos surgieron a la faz pública de manera similar, pero luego se olvidaron cuando pasaron a ser los “señores” del poder.
Hoy el pacto corporativo ya no tiene reparos con Adolfo Rodríguez Saá, sino que está estudiando ver cómo lo integra a su modo de ser.
La idea que se les va ocurriendo es la de permitirle que sea Presidente de la Nación y que siga siendo mandamás de San Luis. Pero nada más.
El resto del poder se dividiría, al mejor estilo del reparto de esferas de influencia, entre los jefes corporativos. Para lograr de una vez por todas el sueño mayor de las dirigencias argentinas: que el país sea una suma de tribus sin más ligazón entre sí que los intereses de cada uno de los caciques.
El intento es desmesurado, pero a la luz de lo que ha pasado este año en la Argentina, no parece imposible.
Se trata de algo más que retornar a la década o al siglo pasado. El deseo oculto es el de reconstruir la América precolombina del Sur.
Para estar a tono con el retroceso económico-social en el que nos sumergieron en menos que canta un gallo.