Cuando la naturaleza comienza a retacear sus energías, la medicina provee sus encantos para que la vida se renueve, y cuando la medicina pierde rumbos, la vida concurre pronta e incesantemente para orientar la noble ciencia. Los años de médico producen un curioso fenómeno: Su vida resulta dominada por la medicina, pero la medicina termina, y esto es lo bueno, impregnada de vida.
A propósito de ello, a continuación relataré, a mi modo pero en tono confidencial, el más sincero y el más íntimo de todos, algunas memorias de viejo galeno.
He recorrido ya un largo camino, con sus matices de alegrías, ansiedades y desvelos, con sus éxitos y con sus fracasos, pudiendo comprobar que los escasos conocimientos que poseo los he logrado simplemente con una larga experiencia, procurando ahuyentar de mi lado la vanidad. Creo que muchas veces “el éxito” puede ser regalado por la casualidad y no un premio a la tarea. La capacidad para la ofrenda en el nombre vale más que los títulos. El valor del tiempo no se mide por los años, sino por la obra lograda. La profesión médica, la más humana, obliga a multiplicar los tiempos.
Cuando estamos próximos al final del camino (¿o al principio?), es obligatorio hacernos estas tremendas preguntas: ¿Hemos cumplido muestro deber? ¿Nos hemos desempeñado con pericia, con ciencia, con amor?
Para el médico que dedicó más de la mitad de su vida a la docencia siempre es bueno establecer el significado de la diferencia entre profesor y maestro. El maestro enseña, irradiando luz; su título es de alta jerarquía; los que lo rodean son sus discípulos, muy identificados con él. Un simple profesor, en cambio, es un “enseñante” que tiene alumnos, pero no discípulos. Un solo discípulo convierte al profesor en maestro.
Unas pocas palabras sobre la vocación en medicina, la que puede obedecer a inclinaciones sin mayor acento afectivo. Otros más sensibles, en cambio, se acercan por razones morales, priorizando las satisfacciones del corazón. Como fuere, debemos ser médicos enteros y no fragmentados, pues es doloroso ver la más noble de las profesiones transformada en el más egoísta de los oficios, que cobra una tarifa sin control y, sobre todo, sin humanidad, la que siempre es prevalente en el acto médico, ofreciendo sin alardes ni mezquindades distribuir su capacidad con amor.
Los planteos médicos actuales imponen una revalorización moral, cometido que corresponde a la ética, rama de la filosofía que nos conduce a la Bioética y su rama, la Deontología, que enseña acerca de lo que es justo y conveniente. Es que a través de la historia de la medicina hemos podido observar un proceso de humanización y otro de deshumanización del arte de curar.
Algunos ejemplos de humanización los encontramos en la permanente lucha contra el dolor, sea aliviando o eliminando los sufrimientos del paciente; en la prevención derivada de la era de las vacunas, con la consiguiente disminución de enfermedades infecciosas; en los trasplantes de órganos, en las intervenciones quirúrgicas de alta complejidad y en los procedimientos técnicos para el diagnóstico, por citar casos.
Aproximarse al hombre por la ciencia médica y tratarlo con amor en sus necesidades físicas y espirituales, constituye el humanismo médico. Como dice Gregorio Marañón: “Al fondo de la ciencia se llega con el espíritu templado en el humanismo”. Y ¿quién puede y debe ejercerlo en primer término sino el médico? Es que “en los libros se encuentran las cenizas del dolor, en la vida el dolor mismo sin máscara”.
Del otro lado, las principales manifestaciones de la deshumanización se encuentran, entre otras, en la microespecialización, con su tendencia a olvidar que las especialidades y subespecialidades deben forjarse por agregación y no por una disgregación contra el acto médico.
Ello no implica reproche de especialidades sino a cómo se lleva a cabo muchas veces la enseñanza de las mismas, cometido que puede generar un desplazamiento de la clínica y una actitud despectiva para con el médico internista, clínico general o médico de familia, quien supo ser no sólo el profesional sino el consejero confidente, árbitro de muchas situaciones médicas y no médicas, nivelador de angustias que orientaba sobre la necesidad o no del concurso del especialista adecuado. Bien se ha dicho que “el médico general debe ser un especialista no especializado”.
Desde otra perspectiva y sin mengua de sus bondades, conspiran también contra la humanización de la medicina las obras sociales, limitando más allá de lo aconsejable el tiempo para la comunicación vital que redunde en un examen integral y personalizado del enfermo; lo propio ocurre con el despliegue exagerado de la tecnología, que enfría el corazón del profesional resintiendo la denominada “relación médico-paciente”, vínculo que debe establecerse inmediatamente y con la sola presencia del médico y, finalmente, el desprejuiciado manejo de la verdad técnica que niega todo proyecto de esperanza.
Estas reflexiones son de carácter personal y, se basan como mencioné, en una experiencia vivida, pudiendo enriquecerse con un debate de altura y nobleza. Nobleza que obliga a un viejo médico a confesar su ya plena y definitiva convicción de que en la relación médico- paciente, en última instancia siempre medió otra intervención. Aquella que hizo proclamar a Ambrosio Paré: “Yo lo cuidé, Dios lo curó”.