Viernes 10 de febrero de 2012 | 13:03 hs
El filme, de Simon Wells, no supera a la versión que dirigió George Pal hace más de cuarenta años.
jueves, 23 de mayo de 2002
Cualquier devoto medianamente informado de la ciencia ficción sabe que H. G. Wells no fue en realidad el primero en tratar literariamente los viajes en el tiempo. Ese honor le podría corresponder a L. S. Mercier con Lan Deux Mille Quatre Cent Quarante, de 1771.
Sin embargo, Wells resultó el difusor de mayor popularidad del concepto merced a su novela La Máquina del Tiempo, que no ha dejado de reeditarse desde 1895. Y que originó en 1960 una película inolvidable de George Pal, con Rod Taylor, que a menudo ofrece la televisión. Allí desaparecían, salvo en apuntes esenciales de imagen, las largas parrafadas sociales y políticas del escritor permaneciendo en la pantalla el sabor esencial de la grande y melancólica aventura.
La versión actual ha sido dirigida por Simon Wells, descendiente de H. G. Wells, lo que a priori no garantiza nada: vaya uno a saber cómo habrá incidido la carga del ilustre apellido en su bisnieto. Siguiendo una adaptación muy libre de John Logan, dejó en el olvido elementos esenciales, modificó o injertó otros y desaprovechó los caminos abiertos por Pal y compañía.
Quedaron en el archivo la deliciosa reunión del Viajero -que ahora se llama Alexander- con amigos y conocidos, desde donde viaja y regresa de su odisea y cuenta la historia. De yapa, se agrega esa plaga del interés romántico, atribuyendo a una tragedia derivada de éste el viaje temporal. Y por fin, para resumir, aunque hay otros desvíos, la pesadilla que encuentra en el futuro parece menos una profecía victoriana que una mala relectura estadounidense de El Planeta de los Simios: mucho efecto y una intriga muy pobre.
Igualmente, Alexander viaja hacia el futuro encontrando que 800.000 años más tarde, la Humanidad ha degenerado en dos razas, los semisalvajes Eloi y los antropófagos Morlocks que los emplean como ganado. Y donde Jeremy Irons viene a ser el jefe telepático, dominador y solitario.
Quizás la única y arbitraria similitud es que, como Rod Taylor, el nuevo protagonista Guy Pearce -que todavía convalece de las variaciones narrativas de Memento- es australiano. Pero sin el vigor ni el carisma de Taylor, lo que podría decirse de toda La Máquina del Tiempo. Que siendo del 2002, ya atrasa.
Simon Wells dejó el rodaje un mes antes de concluir la producción, que fue completada por Gore Verbinski, a quien se agradece en un título prominente. Se dijo que Wells estaba exhausto: quizás, remordimiento... / Aníbal M. Vinelli