Entre las viñas y el Sol Naciente

Llegó desde Japón al puerto de Buenos Aires en 1931. A los dos días, ya estaba trabajando en una chacra de Real del Padre. Apenas habla castellano, come arroz con palitos y escribe haikus, pero conoce los secretos de la tierra sureña, donde formó su familia. Se mantiene lúcido y activo gracias a su ancestral filosofía oriental.

lunes, 07 de enero de 2002
Entre las viñas y el Sol Naciente
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Por Mario Rudyk Foto: Mauricio Sureda

Apareció por el umbral de la cocina de su casa caminando rapidito, con su espalda algo encorvada por el paso de los años y con la sonrisa permanente que es su sello distintivo. Yukiko Shiratori es un japonés de 98 años que llegó a la Argentina en 1931 para quedarse. Su historia es similar a la de muchos inmigrantes que habitan en San Rafael y General Alvear, aunque Yukiko se destaca por ser el más antiguo de la provincia y, sobre todo, por tener un don que sólo unos pocos poseen: es poeta.

Desde joven, aún antes de embarcarse en su aventura argentina, escribe versos sobre la vida cotidiana, verdaderos tesoros literarios muy ligados a la cultura oriental. Practica el ancestral arte del haiku, un poema breve que concentra significados filosóficos, y también otras formas poéticas. Pese a sus siete décadas en Argentina, aún mantiene vivas esas y muchas otras tradiciones orientales, como algunas comidas y las oraciones inspiradas en el budismo.

En su encuentro con Los Andes, una cálida tarde del verano alvearense, Yukiko y su esposa Fukuko Morita (95) saludaron cordialmente con una reverencia. Se sentaron en un amplio sillón del living de su casa y contestaron nuestras preguntas con la ayuda de su hija Liria, que ofició de traductora.

Es que, a pesar de sus 70 años en el país, aún les cuesta hablar claramente nuestro idioma. No se resignan a olvidar su lengua, rara a nuestros oídos y llena de dulces inflexiones.

Yukiko llegó al puerto de Buenos Aires el 15 de junio de 1931. A los dos días, ya estaba en Real del Padre, un pueblo que geográficamente pertenece a San Rafael pero con fuertes lazos con General Alvear. Allí pasó casi toda su vida. Recién hace 7 meses, se instaló en la ciudad de Alvear, por un problema de salud de su esposa.

Cuando joven, Yukiko puso sus ojos en nuestra tierra gracias a los consejos de su amigo Tamura, que por entonces ya llevaba 15 años viviendo aquí. Su compatriota le hablaba de un lugar de “abundancia y paz”. No lo dudó un instante. En Japón había padecido las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Con un baúl cargado de ilusiones, con su mujer Fukuko a su lado y con Norito, su hijo de 4 años, se subió a un barco para empezar una vida cargada de emociones y amor.

“Tener unos padres como estos, es una felicidad tan grande que no podemos describirla”, contó Liria, la hija menor de la pareja.

Los 98 años que “Don” Shiratori parece cargar en sus espaldas no se notan en su cara, la cual devuelve a la vista una envidiable imagen de paz interior. Un sosiego que tal vez está ligado a su pasión por la agricultura. Siempre trabajó una finca de 15 hectáreas en Real del Padre y, hasta mayo del año pasado, mantuvo impecable su huerta, que debió abandonar para irse a vivir a la ciudad. Su debilidad es la poesía y de su mano salen a diario frases perfectamente hilvanadas, con la lucidez de un talentoso.

Por la mañana, se sienta en el florido patio de la casa y deja que la pluma fluya. Escribe en japonés y luego Liria las traduce. “La riqueza de la persona es la que se atesora cada día con perseverancia, honestidad y cariño. En cuanto a la formación intelectual, el mejor alimento es cultivar diariamente la lectura: sólo así aunque el cuerpo envejezca, la mente se mantendrá lúcida”, escribió hace unos años, en un poema que recibió un premio especial del gobierno japonés.

La pareja tiene 5 hijos: Norito (72) -quien continuó la tradición y se casó con un mujer de Tokio-, Julio, Catalina, Miguel -que actualmente reside en Japón- y Liria, la menor, la consentida.

Yukiko se ha convertido en el inmigrante japonés más antiguo de la zona. No ha olvidado las comidas, las tradiciones y su religión budista. En su vida ocupa un lugar preponderante la jornada anual de silencio en homenaje al holocausto de Hiroshima.

Pero respetó la voluntad de sus hijos de ser bautizados en la fe católica y constituir matrimonios con cónyuges occidentales. Es más, se aferró fuertemente a todas las cosas propias de la Argentina. Tal es así, que en su único viaje de retorno a Japón, en 1961, se llevó consigo varias cajas de yerba y su infaltable equipo de mate. Su hija Liria agrega: “Nos enseñaron que cuando se escucha el Himno Nacional es motivo más que suficiente para que toda la familia se ponga de pie, con la reflexión y la enseñanza de una canción a la que se le debe silencio y respeto”.

Se podría escribir un libro con la vida de este personaje. Con sus 98 años, demuestra “cuerda para rato”. No toma ningún tipo de medicamentos y en sus chequeos médicos anuales los índices de colesterol le dan más bajos que los de sus hijos.

“No quejarnos de cosas nimias y ser feliz por todo es lo primordial, por una gota de rocío, o un rayo de sol. La naturaleza nos regala sus dones permanentemente”, dice Yukiko a través de su hija Liria. Y concluye: “Soy un agradecido de la vida y ese es el principal motivo de mi longevidad y mi felicidad”.

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