Estilo

Entrevista

Libertad Leblanc: Una mujer libre

A una edad que jamás revelará, la Diosa Blanca dice por qué hace honor a su nombre. Para ella, el amor debe ser breve, pero intenso. Le gusta leer y cultivar plantas.

miércoles, 16 de enero de 2002

Los años nunca erosionaron esa piel blanquísima -jamás expuesta al sol- ni los labios entreabiertos en tono carmesí. "¿Quieren beber algo?, pregunta, mientras Dulce, una pequinesa con moñito en la cabeza, se lanza sobre los muslos del fotógrafo y del periodista aferrando una maraca con sus dientes. “¿Sabes? Esta nena es tremenda: a las mujeres ni les da bolilla, pero ve un par de hombres y se vuelve loca”, asegura su dueña. Dulce tiene sus juguetes y su cama junto a la de Libertad Leblanc, que es de dos plazas, está cubierta con almohadones y exhibe una foto de 1,80 por 1,50 de la actriz en la cabecera. En la mesa de luz, se mezclan La Insoportable Levedad del Ser, de Milan Kundera, con La Impura, de Guy des Cars. En la pared, enmarcadas, hay una moneda con el perfil de Evita y dos estampillas con las caras del Che Guevara y de la Madre Teresa. "Me gusta la gente que vive y muere sin traicionarse, dice, antes de mostrar con orgullo una dedicatoria de Ernesto Sábato y una carta que le envió el escritor Norman Mailer.

En Buenos Aires, la Diosa Blanca escribe (ficción o reflexiones), visita amigos, cuida sus plantas, descansa y se ocupa de algunas rentas. "Me gustaría hacer algo como actriz. Pero armoniosamente: no quiero perder la tersura de mi piel al hacerme problemas”.

Rehúsa ir a la televisión si no le pagan. Al final del verano, viajará a España -es dueña de un departamento en Madrid y de otro en la costa catalana-, a Suiza -donde viven su hija Leonor y su nieto, de 5 años- o a Francia, donde la espera Philipe, un cardiocirujano que fue algo así como su pareja en los últimos diez años.

En Europa, Leblanc guarda sus nutridas memorias, un libro que podría ser definido como la primera "autobiografía no autorizada. "No voy a permitir que sea publicado si la editorial no se hace cargo de los juicios que vendrán. Tuve una vida muy intensa, viajé mucho y menciono a cada persona con nombre y apellido”.

-Usted dice que el amor es breve...

-Depende del tipo de amor: hay gente que lo basa en el compañerismo. Esa variante no me interesa. Prefiero el amor-pasión, que es breve: dura unos pocos años, unos meses, o una noche sola. Hay gente que continúa una relación por costumbre. Yo prefiero estar sola, leyendo un libro. Mi soledad es una soledad lograda.

Una chica guerrera

Libertad María de los Angeles Vicich nació en Río Negro en una fecha que nunca revelará. Su padre, que administraba campos, fue asesinado antes de que ella cumpliera un año: Libertad nunca supo el porqué. "Fue todo muy extraño. Lo único que sé es que él sabía hacer negocios y no se dejaba manejar. El me puso Libertad, nombre con el me identifiqué y que me marcó para toda la vida.

-Cuando su madre volvió a casarse, usted fue pupila a un colegio de monjas

-Estuve en el colegio María Auxiliadora de Trelew, donde no fui feliz. Recuerdo que me fajaban el busto. Y yo pensaba que tener busto grande era muy malo, hasta que entendí que no, que era al revés. En esa época era muy brava. Le tomaba el vino que aún no estaba consagrado al cura; se lo mezclaba con agua. Les tiraba tinteros a las monjas. Fui echada cuatro veces. Pero mi abuela hacía donaciones y volvía.

-¿Ya imaginaba lo que sería?

-No. Sólo quería escaparme con los chicos del colegio Don Bosco a ver películas de Pedro López Lagar. Muchos decían que era yo la que los arrastraba a ellos por malos caminos. Di bastante guerra de chica.

-¿Lamenta haber vivido todo aquello?

-No, hay cosas que agradezco. Es difícil aprender a estar sola, a bastarse por sí misma. Yo lo aprendí en ese colegio. Me sentía como una isla. De alguna manera, sigo siendo isla; todos lo somos, aunque no lo querramos. Compartimos, amamos, pero somos islas.

-¿Es religiosa?

-No, soy agnóstica. Aunque respeto todas las religiones.

Era muy joven cuando se casó con Leonardo Barujel, al que nunca nombra. El matrimonio duró apenas un par de años. "Al separarme quedé en una situación muy difícil. Mi familia no me mandaba un peso y mi ex marido me presionaba para que volviera con él. Me decía: ‘Vas a volver por hambre’ y yo le respondía: ‘Voy a ser una estrella internacional y ganaré mucho dinero’.

Leblanc tomaba clases con Alejandra Boero, pero entendía que con el teatro independiente no cumpliría sus sueños. Con su hija de meses, pasó tiempos difíciles. "Aprendí a desmontar las alhajas que me había regalado mi ex marido. Vendí las joyas para sobrevivir.

Hizo fotonovelas, se filtró, con inmensos escotes, en todas las fiestas de la farándula que pudo.

Hasta que un viaje a Venezuela le cambió la vida. “Allá conocí a unos organizadores de un festival de cine. Ellos me invitaron, aunque yo no había hecho casi nada en cine. Me llevaron de colada. Llevé una bikini a lunares para robar cámara. Yo no quería ser Elsa Daniel, Graciela Borges ni Gilda Lousek. De hecho, mientras Graciela Borges les hablaba de Cannes a los periodistas en el hotel, me saqué el vestido y me subí al tobogán de la piscina. Atraje la atención de todos.

-¿Y así empezó en el cine?

-Gracias a mi cuerpo, fui portada en varios diarios. Algunos distribuidores empezaron a pedir películas mías. Entonces, un productor argentino ofreció hacer negocios juntos. La Flor del Irupé fue mi primera película como protagonista: ahí aparecí desnuda. El éxito de taquilla resultó increíble. Desde entonces, hice más de cuarenta películas acá y afuera, teatro en Nueva York, televisión en Venezuela... Además fui productora.

-¿Tuvo que pagar precios altos por ser una mujer osada e independiente?

-Sí. Además, en ese tiempo todos los empresarios eran hombres. Cuando acá se hizo La Cigarra No Es Un Bicho, Daniel Tinayre me había llamado para hacerla. Le pedí un cierto dinero y el cartel. Debatimos y no llegamos a un acuerdo. Así fui siempre: nunca tuve representante, yo misma vendí mis películas.

-En sus comienzos usted se comparaba con Isabel Sarli.

-Eso me provocó muchas peleas con Armando Bo. Pobre, él tenía razón: yo me apoyé mucho en Isabel. Cuando fui a presentar La Flor del Irupé a Venezuela, no teníamos un peso para la publicidad. Entonces hicimos un afiche en el que decía: Libertad Leblanc, la rival de Isabel Sarli, que en ese momento era la reina de toda América. Isabel no dijo nada. Pero Armando estaba hecho una fiera. Me dijo: "Te apoyaste en el éxito de Isabel. Y yo le contesté: "Sí, porque no tenía dinero.

-Usted y Sarli parecen la antítesis.

-Ella siempre dependió de Armando; todavía lo ama. De alguna manera se ató a un hombre para siempre. Es buenísima persona, pero somos totalmente distintas.

-¿No tienen nada en común?

-A ambas nos gustan mucho los animalitos; en mi caso, especialmente los hombres. Hay veces en que le digo a Isabel: "Vos gastás mucha plata en tus animales. ¿No te saldría más barato tener un chico de veinte? Ella se indigna.

-Libertad, ¿se arrepiente de algo?

-No, mi vida ha sido muy caliente e intensa. Y espero que lo sea hasta el final. Yo no sé qué hay más allá. No creo en un Dios que me vaya a proteger o premiar. El único premio es lo que llevamos dentro. Y yo tengo paz interior. Mi premio es apoyar la cabeza en la almohada cada noche y quedarme dormida sin problema. / Miguel Frías.
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