El artesano que llegó desde el Sur a todo el mundo con sus cuchillos

Sus obras son piezas únicas, que suelen adquirir coleccionistas de todo el mundo, entre ellos la empresa Benetton. Se cotizan hasta en 2.000 pesos.

Edición Impresa: lunes, 26 de marzo de 2001
El artesano que llegó desde el Sur a todo el mundo con sus cuchillos

El artesano que ahora vive en Las Paredes nació hace 32 años en Capital Federal, y antes de venirse al Sur vivió en El Bolsón. Su primer cuchillo, lo hizo con una hoja de elástico de suspensión.

Por Martín García

San Rafael


“Sólo fabrico cosas de calidad, y si lo que voy a hacer no va a servir, directamente no lo hago”. Estas palabras resumen 15 años de experiencia de Pedro Gibert, un artesano autodidacta que fabrica cuchillos originales y exclusivos, que los compradores llegan a pagar hasta 2.000 pesos.

Entre los clientes más famosos de este ya famoso sanrafaelino por adopción, se encuentra la familia Benetton, los creadores de moda y dueños de varias marcas de ropa, cosmética y hasta autos de competición.

Tal es así, que en cada una de las estancias que los Benetton tienen en la Argentina, hay, al menos un juego de 12 cuchillos y 12 tenedores, como así también cuchillos personales. Además, Gibert diseña cuchillos para los regalos empresariales de la firma multinacional.

Este joven de 32 años, nació en Capital Federal, pero se crió desde chico en El Bolsón (Chubut) y, desde hace 10 años vive en San Rafael. Está casado, tiene tres hijos, y ahora reside en Las Paredes.

Su afición por la artesanía comenzó, precisamente, en esos lugares paradisíacos donde se crió. Pedro, apasionado de la naturaleza, cuenta que “iba mucho a la montaña y siempre llevaba conmigo la cortaplumas, pero nunca un cuchillo. Me quise comprar uno y era una locura lo que me pedían. Así que decidí que yo mismo me iba a hacer los cuchillos”.

Aunque suene simple la forma en que comenzó su oficio, el tiempo demostraría que lo suyo era cosa seria. “Entonces, fui a ver un amigo que hacía carpintería metálica. Me cortó un pedazo de hoja elástica de un auto viejo, lo enderezó en la fragua y me dijo: ‘acá tenés las herramientas’. Así fue como hice mi primer cuchillo”.

Tiempo después, hizo el servicio militar. Allí, Pedro conoció una persona que hacía cuchillos en San Martín de los Andes, quien le enseñó algunos secretos sobre este trabajo artesanal. Después se compró libros sobre el tema y hasta vendió su moto para adquirir máquinas básicas del taller. “A mí no me educó nadie para este oficio, lo únicos que me enseñaron fueron los libros y la práctica. Y el problema es que cuando tuve que decidir si iba a estudiar o no, me dije a mí mismo: ‘Voy a vivir de lo que me gusta hacer’. Esa es la razón por el cual me sale bien fabricar cuchillos”, manifestó el artesano.

Por eso, a la hora de hablar no duda en decir que “muchos piensan que mis artesanías son caras pero, por ejemplo, un auto que cuesta 20.000 dólares, nunca puede valer esa cantidad porque no tiene horas de trabajo que lo justifiquen, la cuestión es que la gente se acostumbró a estos precios. Hay que educar a las personas para que valoren los trabajos artesanales”.


Artesanías exclusivas

En el país hay sólo dos artesanos de cuchillos que hacen piezas de calidad para colecciones internacionales. Entre las artesanías de Pedro, se destaca la línea “Rosa de Mayo” que tiene un historial de más de 400 cuchillos originales, que cuestan entre 400 y 1.000 dólares. Estos se realizan artesanalmente, con “el mejor acero para cuchillería del mundo en este momento, que son los que provienen de Austria”, explicó Gibert.

Pero también existe una gama más barata, que es la línea “Roble” donde se utiliza el láser para cortar el acero, comenzó el año pasado como “algo serio” y lleva hasta el momento cerca de 100 ejemplares de ese estilo. Cuestan entre 45 y 240 pesos.

Para terminar, aclaró que no cree haber llegado a su punto máximo como artesano: “Cuando pueda comprar más máquinas, agregaré más detalles a mi trabajo; por ejemplo, ahora me compré un horno que me costó $ 10.000 pesos acá, cuando en EE.UU. cuesta U$S 1.500. Hay herramientas que aquí no se fabrican, que hay que suplir con ingenio”.
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