blanco perfecto. A la DGE le saldría más barato pagar un sereno que arreglar lo que rompen.
Como en todos los colegios, los alumnos del César Casiva de Las Heras se reúnen a la hora de inicio de clases para saludar y cumplir el clásico acto. Pero desde julio, no pueden izar la bandera porque los malvivientes que por las noches toman las instalaciones se han robado hasta el cable del mástil. Tampoco están los matafuegos, y los armarios y ventanas han sido rotos y saqueados.
El problema se agudizó desde el mes de julio, tras las vacaciones. Una patota de jóvenes, a la que los vecinos tienen identificados pero temen denunciarlos, porque son amenazados, se meten saltando paredes y hacen del colegio un aguantadero.
El panorama que descubrieron los celadores la mañana del lunes -los daños de siempre, más el robo de sillas y bancos- fue la gota que colmó el vaso. Frente a la barbarie, surgió una respuesta positiva de los más chicos: alumnos de 9° enviaron una nota reclamando a la subcomisaría de la zona. Gracias a ella, mañana a las 12.30 padres, maestros, alumnos e incluso policías solidarios, harán una marcha por el barrio 12 de Junio para dejar expreso su repudio.
Según comentan los vecinos, el hecho de que las autoridades del colegio prohibieran a un grupo de adolescentes -entre los que se encontrarían alumnos y ex alumnos- jugar al fútbol en las instalaciones escolares, motivó una violenta revancha en forma de vandalismo y saqueo.
Pero, según cuenta, con angustia, la regente Raquel Sánchez, “por miedo, nadie quiere hablar. En mi caso, realizan llamadas anónimas a mi domicilio para decirme que están viendo lo que hacemos en la terraza.
El moderno edificio del colegio se inauguró hace dos años. Allí estudian unos 450 chicos de barrios aledaños a los que la policía considera poco conflictivos. Pese a ello, cuando a las 20 se retira el celador la escuela parece tierra de nadie; sólo se salvan las aulas que tienen alarma, como la de informática y la biblioteca.
“Es el colmo. Quizá sean chicos que no estudian, pero tampoco nos dejan hacerlo a nosotros”, dijo, dolido, Martín Lombar, de 4° año.
Los últimos meses la imagen de la escuela cambió por completo. El quiosquero cubrió su local con rejas de todo tipo y las aulas están vacías de muebles y artefactos.
La profesora de inglés tuvo que dejar su aula porque el pizarrón estaba todo pintarrajeado. No tenía sillas y los armarios estaban destruidos porque son usados, de noche, como pasadizos para trepar hasta el tanque de agua. Incluso, suelen encontrar bancos, escritorios y paredes con excrementos y orina.
Los directivos optaron por dejar de reponer las luces de emergencia, los reflectores y los equipos contra incendio. Es un gasto inútil. “Supimos que unos niños estuvieron vendiendo los elementos robados por el barrio”, contó el celador Manuel Medina.
Meses atrás, solicitaron a la Dirección General de Escuelas un cargo de sereno para evitar más daños, pero sin obtener respuestas.
El titular de Recursos Humanos de la DGE, Carlos Migliosi, sostuvo que evaluarán la posibilidad de traspasar el cargo desde otra escuela.