Chalo Tulián, el resucitador

Chalo Tulián nos ofrece una nueva oportunidad de celebrar la particular ceremonia de su arte en la sala del ex Banco de Mendoza.

domingo, 24 de diciembre de 2000

por Raúl Silanes

Chalo Tulián nos ofrece una nueva oportunidad de celebrar la particular ceremonia de su arte en la sala del ex Banco de Mendoza. Resulta ocioso detallar el extenso curriculum de Tulián, con destacadas exposiciones dentro y fuera del país (Canadá, México, Chile, etc.), premios de relevancia y críticas importantes. Es por eso que en apretada síntesis intentaré retratar sus pensamientos centrales, alrededor de las cuales gira una obra netamente simbólica. En este sentido, tanto sus instalaciones como sus esculturas se convierten en punto de partida para la imaginación, pero también en altar donde las sensaciones se mezclan con las intuiciones, la memoria con el mito popular, la realidad con los sueños y el juego con la razón.

Su particular estilo, hecho de "creer en lo increíble", aporta los datos esenciales para dejarse llevar por una atmósfera propia, que se constituye en verdadero mapa. Sus "Cristos" acostados, sus altares llenos de héroes de plástico mezclados con pequeñas imágenes de santos, estampitas religiosas al lado de figuritas infantiles, semillas de bronce, rebelión de vegetales, nubes de angelitos, flores cubiertas de un simulado salitre, urnas como féretros del agua, constituyendo umbrales donde se practica la resurrección. Vida y muerte, pasado y presente, naturaleza y cultura, los sentidos nutriéndose de formas que sugieren energía contenida, vida incipiente, pero también testimonian la erosión de la intemperie acompañada por la erosión del interior del hombre, restos óseos que al mismo tiempo parecen embriones, latencias del surgimiento de un mundo nuevo.

Arte ceremonial, arte ritual, arte popular, rico en historias, en leyendas, en mitos de esos que circulan de boca en boca, de generación en generación. Ante cada una de las obras de Chalo Tulián, sentimos una influencia particular, donde la devoción y el enigma se enlazan abrazándonos. Recomiendo leer el excelente ensayo que sobre este artista ha escrito Sonia Clemente, bajo el acertado título de "El pasado que vendrá". Y los invito a compartir el pensamiento de Chalo Tulián, como una breve introducción a la profundidad de su obra, que nos hace sentir aprendices galopando sobre el esqueleto de nuestros sentimientos, allí donde sólo con la imaginación existimos, donde la resurrección tiembla encerrada en cada semilla que busca al hombre para ser su interior único, confundidas la vida y la muerte como si fueran los dos labios de la misma boca.


1. Niñez

Todo es una gran fantasía que mis padres me enseñaron a poner en práctica sin querer. Rezábamos juntos y después escuchábamos, en esa atmósfera religiosa, relatos que convertían a la realidad en una fantasía. Sin embargo, teníamos una vida muy sincera, muy directa, en permanente contacto con la naturaleza, como cuando había que matar un pollo para comer: mi madre ponía una especie de horqueta de palo en el suelo y le daba un tirón de las patas, así el pollo se degollaba. De inmediato corríamos nosotros a traer un balde para sacarle las plumas, en una ceremonia familiar donde los niños cumplían un papel. Mi deleite era pedir siempre el cogote del pollo, para hurgarle la cabeza y ver qué tenía adentro. Mi viejo sabía traer algún chivito de La Rioja y lo criábamos convertido en mascota, hasta que un día él nos pedía que le lleváramos la piedra de afilar. Entonces sabíamos que era el fin del chivito y que al otro día nos comeríamos la mascota. A veces a mí me tocaba sostenerle el hocico al animalito, uno de mis hermanos se encargaba de la olla para juntar la sangre y el otro le sujetaba las patas. Esa rudeza, esa primitividad del hacer, esa aspereza, es la vida. Pero una vida que es imposible traducir en muerte, una vida siempre presente en la memoria.


2. Hurgar

De niño me gustó hurgar, abrir para ver qué hay. Si comíamos pollo, le buscaba el interior de la cabeza. Si comíamos zapallo, hurgaba adentro con la cuchara. Así aprendí a darle importancia a la vinculación entre lo de afuera y lo de adentro, no por casualidad muchas culturas representan el alma con el esqueleto. Tal vez de allí que mis figuras se presenten con las manos en la nuca o apoyadas en una pared imaginaria, como cuando nos detenía la policía y nos pedía los documentos, obligándonos a adoptar esa posición. Mis figuras están como poniendo el pecho, para que las puedan hurgar sin resistencia.


3. La luz

De noche mi mamá encendía un farolito a querosén para que viéramos y a veces, en algunas ocasiones especiales, cuando mi viejo venía contento, le daba presión al sol de noche y prendía su luz: eso era un lujo para nosotros. Recuerdo el candil de mi mamá, una vez que estaba acostado por obligación, enfermo de sarampión. Ese candil me enseñó dibujo: en su ascensión el hilito de humo del candil dibujaba figuras en el techo. Guiado por esa luz cariñosa y lenta, cuando aprendí a leer, me llenaba los ojos con un libro que explicaba e ilustraba el origen de las especies.


4. Juego con angelitos

Soy un coleccionista de basura. Adonde voy encuentro algo pidiéndome que me lo lleve a mi casa para resucitar a su manera. De repente me aparecen los significados en la cabeza y los uno con los recuerdos, formo ideas con el material hasta sacralizarlo. Además está la imagen propia del objeto, la del angelito, por ejemplo, relacionado con los difuntos: yo tenía unos seis años y mi papá me dijo que era hora de conocer al resto de la familia. Me llevó a Ulape, un pueblito muy chico. Llegamos allí la noche del 6 de enero. Cada casa tenía un pesebre humilde que ocupaba la mitad del comedor, donde dejaban dormir a los niños más chicos. Allí me desperté al otro día con el ruido del canto de una vidala. Me asomé a la calle y vi que pasaba un grupo de gente cargando un cajoncito blanco. La imagen me impresionó: era una fiesta el entierro. Ese día mi padre me llevó al cementerio: indicándome unas lápidas, me dijo: "Este es el tío tal, este es el primo tal, este es el compadre tal". De repente levantó una tapita del suelo, me mostró el interior, donde había un esqueleto, y murmuró: "Este es tu abuelo". De esa manera conocí la existencia de una realidad muy parecida a un sueño.


5. Las llaves del Cielo

Hilando pensamientos, las cosas desechadas para mí tienen un valor que sólo puedo descubrir al formar la obra. Un día caminando por el barrio Sanidad, cerca de mi casa, vi que estaban cambiando las antiguas tapas metálicas del agua potable, para poner las nuevas cajas plásticas de los medidores. Conseguí muchas. Poco a poco ese desecho, esas tapas que estaban tiradas en un rincón, fueron tejiendo imágenes en mi cabeza, hasta que después de muchas idas y venidas se convirtieron en esas llaves del cielo. Así terminé vinculando lo superficial de la vida con los secretos que nos esperan abajo. De niño me gustaba abrir esas puertitas de metal que ocultaban las llaves del agua, que en un lugar desierto como el nuestro serían como las llaves del Cielo.


6. El altar

Me apasiona la narración de la historieta Dragon Ball, porque el personaje de acuerdo a las circunstancias se hace viejo o se hace joven, se muere o resucita. Con mi hijo menor, que tiene diez años, hace un tiempo llenamos un álbum de esas figuritas. De allí nació la idea de sacralizar esas imágenes en una especie de enfrentamiento de culturas. De chico me enteré de las sensaciones que brotan de las imágenes de los santos, porque casi me hago monaguillo; y luego, ya de grande, en mi afán de resucitar desechos, pude rescatarlos como una representación del enfrentamiento de creencias, junto con la idea de vivir una niñez permanente, con sus descubrimientos y sus inquietudes, sin un plan establecido de antemano, obteniendo las ganancias que significa compartir las cualidades del juego infantil, para poner todo eso en un altar donde cada uno pueda ofrecer su ceremonia.


7. Los atropellados

Hace un tiempo me interese por los cenotafios, esas casitas que hay al borde de los caminos, esas tumbas sin cuerpos que son representaciones de los atropellados. Un día estaba sacando fotos de lejos a una tumba de esas y observé una pareja de viejitos jugando con soldaditos en ese lugar. Me llamó la atención. Esperé que se fueran y luego me acerqué: los viejitos habían estado jugando sobre el nicho de sus dos hijitos muertos cuando niños, cuarenta años atrás, muy chicos. Era una tumba limpita, prolijita, a la que los dos viejitos iban todos los días, para mantener viva la idea de sus difuntitos, prolongando en el tiempo un juego que no habían podido jugar con los hijos vivos.


8. Las semillas

La idea de las semillas de bronce encierra la metáfora de la vida y la muerte, y también se relaciona con mi madre, que tenía la habilidad de la huerta, con sus choclos, sus tomates, su trajín en el cuidado del crecimiento de las plantas, la colocación de las cañas de sostén, la preparación de los plantines en cajitas de cartón. De allí salía gran parte de nuestra comida. Mi madre era muy bromista y vivía inventando cosas, para alegrarnos y alentarnos la imaginación, mostrando que esa era la actitud frente a todo. Las semillas son eso, consecuencias de un juego testimonial, como radiografías o fotos de momentos especiales, señaladores de caminos. La rebelión de las semillas es la rebelión del pensamiento. Por eso simbolizo la cultura actual con esas mesas rotas, que a su vez son el fracaso de la razón frente a la naturaleza, la lucha donde se encuentra la esencia de la poesía humana. Es como una serpiente que ha comenzado a devorarse la cola: cuando se haya devorado la cabeza, siento que volverá a salir el sol.


9. El cazador

Siempre busco piezas, objetos, como un cazador, pero para darme la posibilidad de resucitarlos. Si en la calle encuentro un pájaro muerto, me lo llevó a mi casa y lo estudio para ver si lo puedo rehacer en otro material: cuando termino de trabajar, me sale un rinoceronte. Ahí descubro que no era un pájaro lo que a mi fantasía le interesaba, sino el parentesco posible entre un pájaro y un rinoceronte, el mismo parentesco que existe para mí entre el sueño y la realidad. Y aunque fracasara en mi intento, sé que con sus restos se formará otro mundo. Y otro. Y otro más. Y así sucesivamente, hasta el infinito. Si todo esto nunca llegara a existir, tengo la certeza de que sí existe el sueño. Eso justifica el esfuerzo de montar formas expresivas, cuya existencia es momentánea pero a uno le queda de eso un recuerdo similar al que deja la vida en los hombres. Como las historias que contaba mi madre al anochecer. Ella me mostraba con sus relatos todos los paisajes, vistos desde la emoción y desde el miedo, bajo una tormenta o después de un incendio, con calor o con frío. Allí nacieron mis fantasmas, que crecieron junto a la sombra de los remolinos, cuando dibujan el perfil del Diablo sobre la falda de la montaña.


10. Santuarios

Desde chico tuve alucinaciones que me estimularon y que nacían de la carencia. Mi hermano me enseñó a armar juguetes con pedacitos de madera, trenes con corontas de choclo, un mundo entero a partir de lo que parece inservible. La pobreza material me enriqueció espiritualmente: tuve que hacerme mis propios juguetes y compartir la etapa de la elaboración. Tal vez por eso tengo tan presente mi infancia. Cuando iba a la escuela pasaba frente al santuario del gaucho José Dolores: ahí veía un río de velas derretidas que salía a la vereda y se desplazaba hasta la acequia. Presenciaba el dolor y la desolación de los vivos buscando consuelo, esperanza, curación o éxito. Esos santuarios son verdaderas instalaciones colectivas, anónimas, en constante crecimiento, que nos transmiten un mensaje con sus obsequios a la intemperie, el olor de las velas ardiendo y las figuras azarosas de la cera derretida. Para su construcción es necesario el viento, la lluvia, el sol que decolora y resquebraja, el polvo que unifica los objetos y las telarañas que conectan entre sí a las nuevas formas para la ofrenda.

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