Impreso el dia 29/07/2010 a las 23:50 hs

José María Borghello, héroe secreto

A más de tres años de su muerte, allí está su gran obra, que merece ser rescatada del olvido. En ella se aprecian su forma sesgada de mirar la vida y su laberíntica lección.

05/02/2005 | Cuando el diario La Nación organizó su primer concurso literario de cuentos, allá por el año 86, presenté una serie de relatos muy pobres, a los que yo atribuía, sin embargo, enormes atributos. Me precipitaban en la confusión la estupidez y cierta arrogancia juvenil. Recuerdo al menos a dos de los jurados: Isidoro Blaistein y Jorge Masciángioli. De manera tal que, como estaba seguro de mi triunfo, la noche de la publicación de los resultados me quedé despierto hasta las tres o cuatro de la mañana y corrí hasta un quiosco cercano a mi casa, en la esquina de Corrientes y Callao, para corroborar mi éxito. Por un momento pensé que había un error, pero rápidamente sobrevino el desencanto y la universal rabia: el ganador había sido Orlando Barone; el segundo, José María Borghello; el tercero, no lo recuerdo. Tal era mi estupor que llegué a interpelarlo a Isidoro Blaistein, en una remota feria del libro de aquellas que se hacían en el predio municipal aledaño a la Facultad de Derecho, para que me brindara una explicación razonable sobre lo que para mí era, a todas luces, una injusticia.

Cinco años después, un mediodía, entré a una pequeña librería que estaba ubicada en la calle Tucumán casi esquina Uruguay. Sonaba la música de El barbero de Sevilla, muy bajita. Quien atendía era un hombre de unos cincuenta y pico de años, con un leve amaneramiento viscontiano, aunque atender es un verbo completamente excesivo para este caso, dado que los clientes constituían para él un obstáculo que debía ser perentoriamente removido, siendo la venta sólo uno y no el mejor de los métodos de remoción. Por algún inextricable motivo no me fue aplicada la natural aspereza a la que era sometido todo curioso, interesado o comprador. Me contó que él era escritor y se asombró cuando, ante la mención de su nombre, le indiqué que había leído su cuento Escalera de Marsella en el Suplemento Literario de La Nación. Fue esa la primera de una larga serie de conversaciones, que en conjunto duraron siete intensos años de amistad. Era José María Borghello, la bondad al estado puro, un prócer de nuestro tiempo, a cuyo lado estuve el día que Darío Lopérfido le entregó el tercer premio municipal de cuento.

Primogénito en una sociedad pacata como la mendocina de aquellos años, no le bastó escandalizar así nomás. De adolescente, se vestía con ropas de mujer, se juntaba con lo peor del lumpenaje y se pavoneaba en la Plaza de los Lirios, nombre que años después diera título a una de sus grandes novelas (que relata su tormentoso amor con un albañil casado, que murió de parálisis ascendente). Tal fue la indignación de los padres por esas actitudes provocativas que, después de consultar a varios médicos de confianza, decidieron encerrarlo en un frenopático y aplicarle electroshocks, para que reaccionara o para que se olvidara de esas propensiones disolventes. José María contaba que, para no olvidarse de su pasado, antes de cada sesión se anotaba una frase en un papelito, que ponía debajo de su almohada, y cuando despertaba recordaba que tenía que leer el papelito y esa frase allí asentada -como la magdalena introducida en el té que refería Proust- era el hilo de Ariadna que le permitía reconstruir todo el pasado. Los padres empeñaron y comprometieron todo su patrimonio para llevar adelante semejante tratamiento y esa debacle siempre se la recordaron, a guisa de reproche retrospectivo. En uno de sus cuentos memorables reunidos en el volumen Las Razones del Lobo, cuenta la historia de un padre que, desesperado por las actitudes extravagantes de su hijo, diseñó un juguete extraordinario, que consistía en una suerte de caja de la cual siempre emergían distintos personajes, alternativamente. De uno de esos personajes se enamoró perdidamente el niño heterodoxo, pero ese personaje se replegó y no volvió a salir, despertando primero la ansiedad, más tarde el encono y por fin la locura del niño, que ante la terca reticencia decidió destruir la caja en busca del personaje recalcitrante. No le importó destruir el juguete con tal de rastrear al personaje, pero justamente lo extraordinario del juguete era que ese personaje aparecía sólo una vez. Sin embargo, cuando el padre se estaba muriendo, José María corrió hasta el lecho de agonizante y, cuando entendió que el padre quería pedirle perdón por la internación y los electroshocks, lo llamó suavemente a silencio.

En ocasión de ser despedido de la librería Galerna, por falta de trabajo, me preguntó varias veces cuánto le correspondía, y discutió con los patrones la indemnización, en una negociación que parecía sinuosa e interminable, llena de regateos y fintas, hasta que se cansaron y le pidieron que fijara de una buena vez qué era lo que quería, a lo cual José María respondió con un latigazo: "Yo sólo quería saber si me tenían confianza".

La famosa noche del 31 de diciembre de 1999 la pasó en mi casa. Los festejos a los azares del sistema métrico decimal eran excepcionales, pero José María estaba mustio, muy enfermo, aunque nosotros no lo teníamos claro. Había estado unos días internado y volvería a estarlo a los pocos días. De esa segunda internación se escapó gracias a la ayuda de mi mujer, a la que un viernes llamó invocando un alta inexistente y la hizo ir a buscar los documentos y un peine hasta su departamento de la calle Castro Barros y Rivadavia, que le prestaba en esos últimos tiempos la viuda de Alfonso Antinucci. Ese sábado lo vi por última vez. Estaba amarillo, débil, pero seguía revolviendo las fojas sueltas de una novela inconclusa: Las enanas también toman taxi. Cuando me estaba despidiendo, me preguntó cuándo volvía del viaje que emprendería al día siguiente, por Europa, y al responderle que en quince días estaría de vuelta me miró con infinita tristeza y me dijo que quizás no nos volveríamos a ver, a lo que le respondí con una leve reprimenda. A los cuatro días murió. Cuando compré a un buquinista del Sena el libro sobre Marlene Dietrich, la alemana que le fascinaba casi tanto como Gloria Swanson en Sunset Boulevard, pensando en regalárselo, ya estaba muerto. Cuando filmé una calle empedrada de Galicia que se llamaba Princesa, y dije que lo hacía para José María porque así se llamaba uno de los inolvidables personajes de su novela, estaba muerto. Entre sus papeles, los familiares y amigos encontraron infinitas órdenes de análisis médicos sin cumplimentar, respecto de los cuales nos había informado, en los últimos meses, los resultados detallados. Mi mujer, que tuvo el privilegio de estar en el velorio, junto con María Angélica Bosco y otros grandes amigos, me refirió que entre todos fueron reconstruyendo, como un rompecabezas, el gran embuste de un suicidio programado, compuesto de lentas omisiones y heroicas borracheras. Murió fulminado por una cirrosis que se le convirtió en alguna de esas hepatitis irrecuperables y en un tumor al hígado. Así, cobraban sentido las interminables ingestas de vino y vodka, en las altas noches de inconsciencia y literatura, desde aquellas notables que supo compartir a la salida del diario Los Andes, con el gran Antonio Di Benedetto, hasta las últimas, mucho más humildes desde el punto de vista del prestigio poético, conmigo.

Los hermanos cremaron el cadáver, se llevaron las cenizas a Mendoza y, según me dijeron, las esparcieron en las montañas. A más de tres años de su muerte, allí está su gran obra, que merece ser rescatada del olvido en el que la sume la ausencia de albacea. Allí está para mí su recuerdo, su forma sesgada de mirar la vida, sus indeterminaciones, su vergüenza, su laberíntica lección. El poeta Juan José Hernández, que había sido un gran amigo, pero del cual estaba distanciado por tonterías en esos últimos años, me ayuda cada tanto a recordar sus mohines, sus giros inesperados, su firme hombría.Nació en el año 1940 en Buenos Aires, pero vivió periódicamente en Mendoza. El 21 de enero se cumplieron 5 años de su fallecimiento.

Dramaturgo y novelista, autor de: "Que los niños huyan de mí" 1973. "Las Razones del lobo" 1974. "Plaza de los lirios" 1985. Como dramaturgo: "Cremor Tártaro". Su cuento "El ropaje" fue incluido en la Antología "Así escriben los duros". Recibió el Premio Literario Nación en 1986..

URL http://www.losandes.com.ar/notas/2005/2/5/cultura-143160.asp
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