• Domingo, 1 de junio de 2014
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Un viaje a pie por los caminos del tren Trasandino

La consigna era recorrer las vías y los túneles abandonados del ferrocarril que hace 30 años dejó de circular. Un cronista de Los Andes se sumó a esta marcha de 20 km y regresó, fascinado, para contarlo.

Federico Fayad - ffayad@losandes.com.ar

Si se viera desde el cielo, la imagen sería sorprendente. Más de cien hormigas marchando entre dos líneas que se extienden, a derecha e izquierda, hasta donde se pierde la vista. En contexto, las montañas, los salpicones de nieve, la ruta 7 y el río Mendoza. 

Aunque no desde arriba, Eduardo Molina propone observar paisajes típicos de la provincia desde una perspectiva totalmente diferente. Al menos para quienes no pudieron hacer uso del Ferrocarril Trasandino, que operó hasta 1984 -aunque el último viaje con pasajeros fue a finales de la década del ‘70-, ahora tienen la oportunidad de hacerlo a pie. También es una buena excusa para los nostálgicos que sí pudieron hacerlo y que ahora se animan, pese a la edad, al deporte. 

La iniciativa para hacer esta salida diferente, que ya lleva cinco ediciones, es producto de la creatividad y la proactividad de Molina, quien junto a Roberto López, Rubén Barrera, Julián Castro y Naomi Kemelmajer, organizan esta excursión todos los 25 de mayo desde hace media década. 

Así, a unos 25 kilómetros de la entrada a Potrerillos comienza este trekking que recorre las vías del antiguo tren que partía desde Mendoza y llegaba hasta Los Andes, en el país vecino. Una experiencia que bien vale tener en cuenta, para celebrar a la patria de un modo diferente. 
Cabe aclarar que la nota a continuación es un relato presencial  y por lo tanto lo dicho será a partir de la experiencia personal. Por tanto, las descripciones señaladas aquí pueden llegar a diferir de la opinión personal del lector. Se trata, en suma, de dejar andar la imaginación sobre rieles durante 20 km. 

Botas bien puestas

El recorrido comienza en la mañana, alrededor de las 11, previo desayuno y logística para esperar a que los choferes puedan salir a caminar. Es que el recorrido es atípico ya desde su planificación, porque se entra por un punto y se sale por otro, por lo que quienes manejan los autos deben ir hasta el punto de partida, dejar a los caminantes, llevar el vehículo hasta la llegada y volver a subir (en tráfic) para participar del trekking. 

“La sociedad tecnológica y el know-how fueron dejados de lado este 25 de mayo.  Sigo convencido de que a la montaña le debemos parte de la alegría de vivir y la restauración de los misterios en un mundo que nos creíamos resabido, de un hollín de locomotora, de un puente en perfecto estado sin un mísero mantenimiento, de unos túneles abiertos y cerrados sacados de unas películas del oeste. Estoy seguro que hay cosas más importantes que todo esto, pero qué lindo es alejarse un día al mes a estos lugares de precordillera. ¿Nos prolonga la vida caminar? Quien sabe, solo que estamos enormemente agradecidos a las todas las personas que nos acompañaron”, dice Eduardo -más conocido como ‘Tuiti’- tras la experiencia.

Puestos en marcha, el camino emociona, traslada. Es fuente de nostalgia. Por más que las vías estén herrumbradas, la historia sigue viva.

Puestos en marcha, el camino emociona, traslada. Es fuente de nostalgia. Por más de que las vías estén herrumbradas, la historia sigue viva. Así pueden verse los clavos firmemente agarrados al suelo. Acaso, si se presta atención, puede escucharse el eco del golpe de los obreros sobre las cabezas de hierro en los túneles. 

La caminata es testigo de las historias de la vida cotidiana de los marchantes, de algún tropezón, de un suspiro de cansancio, de los bostezos por el “madrugón”. Pero nada empaña el paisaje que está presto a recibir al invierno. 

“Es gracioso cómo se nos ocurrió. Hace ocho años que organizamos salidas y para mayo no teníamos nada, porque es una época complicada debido a que ya hace frío y esto asusta, por lo que no podés ir muy alto. Entonces surgió la idea del tren”, comenta Tuiti, quien agrega que para la primera salida al Trasandino fueron solo 40 y que hoy ya se ha convertido en un clásico al estilo de la presencia de la Virgen de la Carrodilla en la Vendimia. “Ya no podemos dejar de hacer la excursión, la gente todos los años nos pregunta cuándo se hace”, deslizó.

Próxima estación…

Casi a mitad del recorrido, o quizás menos pero el cansancio confunde, se encuentra la estación Guido. Aquí es prácticamente obligatorio hacer un alto para aprovechar las oportunidades fotográficas. Galpones que se usaban para dormir, la recepción de la estación con el parquet comido por la nieve y el tiempo, y una bomba abandonada, un poco más alejada, constituyen los atractivos más llamativos. 
Emilio Soares da Costa no duda. “Soy un enamorado de la montaña. Ir desandando caminos está muy bueno, costeando el río. Bajo el sol. Por momentos bajo la sombra con la nieve al lado”, afirma el joven mientras salta durmientes y esquiva las ramas de la flora que invade el trazado. 

“Siento que no puedo dejar de hacer esta caminata porque es como mi historia personal porque he tenido momentos de sol, nublados, de oscuridad, subiendo entre rocas, pisando maderos firmes y otros flojos”, agrega. 

Selva Puebla, otra de las caminantes del grupo, describe: “El pisar los restos abandonados de una construcción faraónica para la época en que funcionaba, me imagino trasladada en el tiempo en vagones precarios pero sin tener conciencia por estar atrapada por el paisaje que me hipnotiza a través de la ventanilla”. 

Final del juego

Al caminar, es inevitable pensar en Julio Cortázar y su relato “Final del juego”. “Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido  entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato, que son los componentes del granito que brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde”. 

Y aunque el tren ya no pasa, como ocurría en ese universo cortazariano, los deportistas aún le hacen honor a aquella marcha laboriosa del Trasandino que hace 30 años se apagó, quizás, definitivamente. “Caminar por las vías del tren trasandino me permitió contemplar desde una perspectiva diferente lo que conozco de Potrerillos, no solo porque el recorrido lo hacés del otro lado del río y deteniéndote en aquello que concentre tu atención, sino también porque te remontás a una época distinta en la que ese lugar estaba poblado”, dice Natalia Italiano, y asegura: “Sin dudas volvería a ir, porque en la montaña se respira mejor y se llenan los ojos”.

El cierre de la salida no es menos emocionante. Luego de un día de intensa actividad, sobre un descampado, esperan entrañas memorables, chorizos chirriantes y porciones de berenjenas en escabeche que son el mejor premio que tras 20 kilómetros se puede recibir.