• Martes, 17 de febrero de 2015
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Un poder psicopático y mitómano

Por Fernando Iglesias - Periodista - Especial para Los Andes

 

Narrar las desventuras de  un país a través de la experiencia personal es una operación de alto riesgo, en la cual las inevitables distorsiones de la percepción se ven inevitablemente duplicadas.

La Presidenta de la Nación ha abusado infinitamente de este recurso en sus interminables alocuciones por cadena nacional en las que parece que la Historia argentina es una mera anotación al margen de la saga de la familia Kirchner. Y sin embargo, no encuentro una manera mejor de describir el poder psicopático y mitómano que nos gobierna que la de narrar un episodio personal que me ha ocurrido esta semana. 


El miércoles pasado escribí este twitt: “Hola, Kumpa. No me corras con ‘Marchás con la Pando’. Las Madres marcharon con Astiz. Son cosas que pasan cuando no te quedás en casa, genio”.

De inmediato, el vasto aparato de propaganda que se financia con nuestros impuestos se puso en movimiento al grito de “Iglesias agravió a la Madres”.

Llovieron amenazas e insultos por Twitter, los medios no hegemónicos se hicieron eco de todas las maneras posibles del escándalo y hasta se abrió una página de repudio en Facebook desde la cual execrar a mi desagradable persona. Aún peor, recibí miles de lecciones sobre los derechos humanos y sus organizaciones de gente que nunca marchó por ellos y con ellos durante la dictadura.


Ahora bien, se puede discutir mi sentido de la oportunidad al redactarlo, pero cualquiera que lea mi twit sin mala leche comprende enseguida que era cualquier cosa menos una acusación a las Madres.

“Son cosas que pasan cuando no te quedás en casa” dice, sin ambages, eso. Cuando te organizás y marchás, hay cosas que no podés controlar. Las Madres marcharon con Astiz no porque quisieran sino porque no pudieron evitarlo, y eso mismo es lo que me pasa a mí, y lo que siento yo, cuando marcho y veo que en la marcha está Cecilia Pando. 


Los pocos mensajes bienintencionados que me llegaron, y que contesté, señalaban esta diferencia: las Madres no sabían quién era Astiz, vos sabés quién es Cecilia Pando. Parece una diferencia fundamental, y no lo es por dos razones.

La primera razón es fácil de explicar haciéndose una simple pregunta: ¿qué hubieran hecho las Madres si hubieran sabido que Gustavo Niño era el Capitán Astiz, el ángel de la muerte? 


¿Lo hubieran echado, denunciado, agredido? ¿Hubieran dejado de marchar para evitar marchar con Astiz? ¿O simplemente hubieran seguido haciendo lo que hicieron en aquellos tiempos: marchar por la vida y seguir pidiendo verdad y justicia? La respuesta me parece obvia: las Madres hubieran seguido marchando aun si hubieran sabido que Astiz era Astiz, de la misma manera que quienes el miércoles 18 marcharemos defendiendo la vida y exigiendo verdad y justicia para Nisman y las víctimas del atentado de la AMIA. 


La segunda razón es más compleja de explicar, pero igualmente importante. Al menos, para instruir sobre lo que pasaba en las movilizaciones de derechos humanos durante la Dictadura a los dos grupos mayoritarios que componen el kirchnerismo: la de los chicos que eran demasiado pequeños para estar, quienes merecen todo mi respeto, y los adultos que no estuvieron porque miraron para otro lado o porque estaban muy ocupados persiguiendo deudores hipotecarios como para ir o presentar un hábeas corpus, al menos, por uno de los muchos compañeros desaparecidos que dicen haber tenido durante la dictadura quienes -en mi opinión- no merecen ningún tipo de respeto. 


La explicación es ésta: las reuniones de las organizaciones de derechos humanos, y ni qué decir las marchas, estaban infestadas de servicios. Todos lo sabíamos, y mejor que nadie las Madres, que perdieron a Azucena Villaflor y su primera dirección por la infiltración de Astiz (de hecho, muchas de ellas sospechaban de él mucho antes de que desaparecieran a sus principales dirigentes).

Nos reuníamos con ellos y marchábamos con ellos y pensábamos -al menos yo- lo mismo que dice mi twit: “Son cosas que pasan cuando salís de tu casa”. Porque no podés controlar con quién marchás, porque no sos tan antidemocrático como para impedir marchar a nadie y porque el reclamo de Verdad y Justicia está por sobre todo; como ahora. 


Pero lo que más me interesaba de esta anécdota es destacar el carácter mitómano y psicopático del poder que nos gobierna. Mitómano, porque ha construido un mito que poco y nada tiene que ver con la realidad, al que llamamos Relato. Psicopático, porque construye poder sentando sistemáticamente al otro, ése que es la Patria, en el banquillo de los acusados. 


¿Qué otra cosa que perversión psicopática es intentar paralizar al adversario político invocando el nombre de Cecilia Pando, que nunca cometió un crimen, mientras se apoya un gobierno que ungió al frente de las Fuerzas Armadas a un general imputado de crímenes de lesa humanidad como Milani? ¿Cómo llamar a un gobierno que clama ser la encarnación de los derechos humanos y descalifica marchas con los mismos argumentos que la dictadura: el crimen no existió, la intención es política, detrás se esconden oscuros intereses, poderes extranjeros conspiran y confabulan a través de ellos? ¿Por qué está mal marchar al lado de Pando y está bien abrazarse a Milani y saludar con sonrisas y muestras de estima al indultador Menem, como han hecho en estas semanas Hebe de Bonafini y Estela Carlotto? ¿Qué otra cosa que psicopatía es decir “Les dejamos el silencio. Siempre les gustó el silencio”; como dijo la misma Presidenta muda ante las familias de las víctimas de Cromañón, de la masacre de Once y de la familia de Nisman? ¿Qué menos que perversión es que en la misma emisión de cadena nacional denuncie un supuesto intento de golpe contra ella y se burle de que De la Rúa haya tenido que huir en helicóptero? 


El poder peronista, que durante el gobierno de otra mitómana, Isabel Perón, anilló el obelisco con la leyenda “El silencio es salud”, sabe dónde golpea.

El mismo lunes posterior a la muerte de Nisman, importantes figuras de la oposición, reunidas a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, discutieron si sumarse o no a la marcha espontánea que los ciudadanos habíamos organizado por las redes sociales y que, a pesar de la falta de toda convocatoria de la oposición, reunió a miles de personas. La discusión era encendida hasta que un argumento la cortó de raíz: “No hay que ir. A ver si va Cecilia Pando…”. 


De manera que marchemos. Marchemos por la vida, por la verdad y por la justicia. Marchemos por lo que queremos reivindicar antes de que sea demasiado tarde. Marchemos con todos los que vengan. Y si viene Cecilia Pando, son cosas que pasan cuando salís de tu casa.

¿Qué otra cosa podríamos hacer? No vamos a enviarle a ningún Luisito Delira para persuadirla a trompadas de no marchar; porque no tenemos ningún Luisito Delira y porque no sabríamos hacerlo.

Como no sabemos dar golpes, ni duros ni blandos. Los que sí saben darlos son los que desde hace años vienen gritando ¡Al lobo! ¡Al lobo! Los mismos que en 1989 y 2001 pidieron la renuncia de Alfonsín y De la Rúa y organizaron los saqueos y las puebladas que interrumpieron la normalidad democrática para instaurar la dictadura del partido único que sabe gobernar, aunque a veces se les escapen las tortugas y los espías.