• Martes, 24 de febrero de 2015
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Un Nunca Más republicano

Participante de la marcha del 18F en compañía de Juan José Sebreli, Iglesias nos habla del segundo Nunca Más de nuestra presente democracia, esta vez para defender la República que el poder quiere que se caiga a pedazos.

Por Fernando Iglesias - Periodista - Especial para Los Andes

 

“Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ¡Nunca más!”.

Así cerraba su alegato el fiscal Strassera en el juicio contra los nueve integrantes de las Juntas Militares que habían gobernado la Argentina durante el Proceso, cinco de los cuales fueron condenados a prisión perpetua. Se cerraba así, para siempre, el período más terrible de la historia argentina y quedaban sentadas las bases sobre las que la democracia podía crecer y fructificar. 


Han pasado treinta años desde entonces y la naciente y esperanzada democracia con la que se comía, se curaba y se educaba, se ha transformado en esto que tenemos hoy: un régimen en el que el Poder Ejecutivo se arroga todos los poderes; un país en serio que parece sacado del Satyricon de Fellini; una presidenta que dice ser de todos los argentinos y no para de hablar de “nosotros” y de “ellos” y unas cuentas corrientes de funcionarios que crecen desmesuradamente gracias la redistribución de la riqueza. 


Completando este cuadro desolador, después de treinta años de democracia sin república, nuestro país es hoy aún más pobre, atrasado y socialmente injusto que el que dejó la peor de las dictaduras.

Sin embargo, pese a todo, más allá de nuestras miserias e incapacidades como sociedad, el Nunca Más de la Conadep y del fiscal Strassera tuvo éxito: nunca más hubo un genocidio en la Argentina y nunca más un grupo de militares iluminados se hizo con el poder remplazando con sus tanques el voto de los ciudadanos. 


Es ésta, despojada de toda aspiración mística y reducida a su expresión mínima, la definición de la palabra democracia: gobierno de la mayoría y sucesión en el gobierno por métodos no violentos basados en la elección de una nueva mayoría.

Porque la violación más grave de la dictadura no había sido la violación de la democracia, que todas las dictaduras anteriores habían violado, sino la violación de la República: es decir la violación de la ley, del Estado de derecho y de los derechos humanos. 


Entonces pasaron treinta años y la violencia volvió a las primeras planas; los servicios secretos se convirtieron otra vez en actores del tablero político, y una triste madrugada de enero alguien que desafió al poder fue hallado muerto, y ya nada fue lo mismo.

 Lo que ayer era mirado con indiferencia por millones se volvió un nudo en la garganta de cientos de miles, y el discurso republicano, que para muchos era sólo un tema adecuado para el té con masitas, se hizo carne en millones. Un incesante río de paraguas desafió al mismo tiempo al poder y a la tormenta, se derramó por la Avenida de Mayo y ya nada fue lo mismo. 


Fue otro Nunca Más el que resonó en el silencio atronador de la multitud que empleó más de tres horas en recorrer las doce cuadras que van desde Congreso a la Plaza de Mayo; entre las que no se vio una bandera partidaria ni se escuchó una consigna ofensiva, para decepción de quienes siembran vientos porque desean cosechar tempestades.

Algún grupo que cantaba el Himno; algún ¡Nisman, presente!; un batir de palmas ocasional y dos breves consignas que volvieron a decirlo todo, como entonces: una, Verdad y Justicia. La otra, Nunca Más. 


Marché entre ese raro ejército golpista y desestabilizador, lleno de ciudadanos preocupados pero no resignados, empuñando mi amenazador paraguas acompañado por el general Sebreli.

Marché, marchamos, cabizbajos y pensativos. Con una alegría calma y una furia contenida. Nos acompañaban simbólica o fácticamente los pequeños grupos de las redes sociales y los intelectuales (Kovadloff, Sarlo, Aguinis, Sabsay, Romero, Oyhanarte, Salas) que tiraron la primera piedra que abrió el camino a la convocatoria de los fiscales. Iba con nosotros, desde la terapia intensiva de una clínica, el fiscal Strassera.

Marchábamos otra vez por Verdad y Justicia. Y mientras marchábamos, mientras nos empapábamos, sentíamos que la lluvia lavaba la inmundicia arrojada por un gobierno extraviado en sus desvaríos; un gobierno que había perdido hasta la memoria de las acusaciones esgrimidas por la dictadura contra las organizaciones de derechos humanos: violentos, conspiradores, hipócritas, antiargentinos; y que por haberlas olvidado, o acaso por no haber estado nunca allí, las repetía por boca de sus bufones. 


El del #18F fue un nuevo Nunca Más; un Nunca Más republicano. Un Nunca Más que no niega sino que complementa el anterior Nunca Más. Un Nunca Más a la muerte como parte de la política; un Nunca Más a la acumulación del poder en una sola persona; un Nunca Más a la destrucción de la Justicia; un Nunca Más a la reducción del Congreso a escribanía; un Nunca Más a la transformación degradante de las agencias de control del Estado en oficinas vaciadas de poder, y de la Verdad en Relato.

Fue un Nunca Más que recogió todas y cada una de las anteriores tragedias causadas por la falta de República. En especial: la masacre ferroviaria de Once y su principal testigo, el maquinista Andrada, el que había entregado el tren y podía testificar sobre el estado de sus frenos; masacrado de cuatro balazos en la espalda mientras esperaba el colectivo en un oscuro rincón del conurbano. Muerto de normal sensación de inseguridad, según su propio sindicato y la Policía. 


Aquel Nunca Más de los Ochenta de Strassera no fue el fruto de una iluminación sino producto de una década de amargas reflexiones sobre los trágicos errores cometidos.

Porque el horror no había empezado con la dictadura sino mucho antes; cuando la mayor parte del país se dejó convencer de que la democracia era una simple máscara sobre el rostro feroz del enemigo. Una máscara creada para confundir y despistar al pueblo, sin ningún valor para los pobres que el de confundirlos.

Así lo creía la Juventud Maravillosa, y así lo repetían sus jefes, oficiales y perejiles. Con esas palabras apoyaron el Golpe que los masacraría. “Cuando el falsamente democrático gobierno de Isabel caiga, y la máscara de la democracia caiga con él, la verdadera contradicción se hará evidente y el pueblo peronista repelirá al régimen militar y edificará el socialismo”, decían. Así de locos estaban. Y millones, con ellos. 


Fue así que la democracia cayó y que la Historia dio su veredicto y ofreció sus lecciones a quien quisiera tomarlas: aun esa payasesca democracia de Isabel, con su decreto de aniquilación de la subversión, su nombramiento de Videla como jefe de las Fuerzas Armadas, su Triple A desaparecedora y sus matones y sus López Rega, era una muralla que defendía a los más desprotegidos de la ley de la selva.

Cuando se cayó, nada quedó en pie y, como indicaba la lógica más elemental, fueron los más vulnerables los que pagaron el precio más alto. Corría 1976 y faltaba casi una década para que comprendiéramos el valor de la democracia y fuéramos capaces del primer Nunca Más. 


Pero entonces los herederos del mismo movimiento que nos había llevado al desastre de 1975 encontraron la manera de meter al país en otro callejón sin salida. “La democracia es sustancial, pero la república es formal”, dijeron. Y agregaron: “La justicia social es cosa independiente y hasta contraria a la República”.

Fue así que tuvimos presidentes que se creyeron monarcas; funcionarios que confundieron el voto ciudadano con un cheque en blanco. Y tuvimos también nuevos líderes repitiendo la habitual promesa populista: “Denme todo el poder, el poder sin límites, que yo redistribuiré la riqueza”.

Les dimos amplias mayorías para que fueran por todo y aquí estamos, al final de la que debió haber sido la década del despegue argentino; con tasas de pobreza iguales a los Noventa; mayor proporción de gente sin trabajo que la España del paro; la energía que falta, la educación que retrocede, la infraestructura que se cae a pedazos y la oposición, la Justicia y la prensa independiente vigiladas y apretadas por espías. Con un cadáver que genera preguntas y un Poder Judicial que no brinda certezas. 


Y fue entonces que un río de paraguas abrió camino a una respuesta. La falta de república mata. Es la falta de república y el mal funcionamiento de sus instituciones la que permitió la corrupción y el saqueo que llevaron a Once.

Fue la falta de república la que promovió que los servicios secretos se hicieran patrones de sí mismos. Es la falta de república, las policías corrompidas y la política cómplice las que nos matan por la calle todos los días y las que mataron a Nisman.

Son la falta de república y el sueño de un líder populista que repartiera la riqueza lo que nos dejó en la miseria. Porque el que concentra el poder, concentra la riqueza; aquí, y en la China.

Y porque la república es un gran aparato de distribución del poder, que separa sistemáticamente en tres poderes y espacialmente en veinticuatro provincias; y por lo tanto, es también un formidable aparato de distribución de la riqueza. No sólo la democracia sino, fundamentalmente, básicamente, la república. 


Si la democracia es sustancial, la república no lo es menos. No habrá distribución de la riqueza sin Justicia y Parlamento independientes; ni sin federalismo ni sin Estado de derecho y respeto de la ley, esas cosas que por años subestimamos como cosas de ingenuos.

No puede haber seguridad para nadie en un país donde el fiscal de la causa más importante de la historia nacional muere de un balazo en la cabeza cuatro días después de haber acusado a la Presidenta.

Es esto lo que decía el río de paraguas de la Capital y los miles de argentinos reunidos en las plazas de todo el país. Ojalá que alguien los haya escuchado. Ojalá que haya un antes y un después de la muerte de Nisman.