Vecinos Sábado, 24 de septiembre de 2016 | Edición impresa

Un agradecido de la música, por Godoy Cruz y la Cuarta

El autor recorre los vecindarios donde vivió su infancia en territorio tombino y su adolescencia en parte de la ciudad, con el hilo conductor de su pasión musical. Las primeras clases de piano, los discos a medias con su amigo Tito...

Por Por Marcelo López - Músico y abogado

La música siempre ha estado en mi vida, en mi barrio; con mis amigos disfrutábamos de la música, que me acompaña desde que nací. Ya venía de familia, mi padre era cornetista de la banda de San Vicente Ferrer. Mi tía Lola, que a los 96 años dio su último recital de piano.

Mi abuela paterna, Inés Landreau, vivía en la calle Tomba, de Godoy Cruz, y allí tuve acceso por primera vez a un piano y enfrente de esa casa vivía Alberto Thormann, reconocido artista plástico que falleció en mayo de este año. Nos hicimos amigos a los 4 años y siempre nos vimos, incluso el año pasado hicimos un recital juntos. 

En esa casa de Godoy Cruz aprendí a escuchar en el combinado la música por instrumentos. El equipo, los discos tenían muy buen sonido y podíamos diferenciar el bajo, la guitarra, el violín, cada instrumento.

Tenía un amigo, Gustavo Álvarez, con él íbamos a Casa Benito, que cerró hace unos meses porque se incendió. Con dinero -que para mí era una fortuna- compramos el disco de “Si lo sabe cante”, el histórico programa de TV de Roberto Galán.

Allí estaban las versiones de los temas de moda y con ‘el’ Gustavo, que en aquel entonces teníamos entre 7 y 8 años, ya nos poníamos a escuchar esta música de los discos del programa de Galán y discos de Sandro de América en el living de esa casa de calle Tomba 135.

Allí, en pleno centro de Godoy Cruz, empecé a ir a piano; recuerdo a mi profesora: Noemí Spivakoff. Era muy chiquito todavía, no quería ir y me acuerdo que en vez de entrar a la clase, me quedaba en la plaza.

Fueron mis primeras sincolas, porque una hora de piano me parecía una eternidad y en plena siesta en la plaza los minutos también eran eternos. Le pedí a esta señora que me enseñara, pero que no me exigiera tanto como para rendir y pasar de año. En realidad yo quería ir a jugar con la música. 

 

 

Como a los 30 años de aquella época me encontré a esta profesora en la calle Rioja y Don Bosco, donde vivía su hija, que es de apellido Kotlik. “¿Se acuerda de mí, profesora?”, le dije, y ella me contestó: “Sos el único que al menos sé que sigue tocando el piano. Sí, me acuerdo de vos”. 

En el año ’70 nos vinimos a la Cuarta Sección, a la calle Rioja casi Alberdi, y ya teníamos piano Spinetto, Wagner Leipzig. Y ahí tuve la suerte de tener como vecino muy cercano a Tito Dávila (tecladista original de Los Enanitos Verdes), que me enseñó a tocar con los acordes.

Allí, como buenos adolescentes, comenzó una prolífica etapa de “sacar temas”, que consistía en escuchar los temas detenidamente, practicar con los instrumentos hasta sacarlos lo más parecidos posible. Eran temas de Sui Generis, Pastoral.

A la vuelta de casa vivía en ese entonces el director de Radio Nacional Mendoza, Ángel Gallego, y tenía muchísimos discos que terminaban en manos de sus hijos y en las nuestras. A principios de los ’70 escuchamos Conesa, de Pedro y Pablo; muy pocos tuvieron la oportunidad de tener el disco.  

Como todos los chicos, siempre teníamos tiempo para jugar, al fútbol especialmente, y en la Cuarta habíamos formado una banda que se llamaba Dameral, integrada por 7 amigos, entre los que estaban Tito Dávila, Daniel Haiek y Daniel Rodríguez.

Teníamos la buena costumbre de juntarnos a escuchar música alrededor del combinado. A esa altura ya poníamos Génesis, Yes, King Crimson, ya éramos fanáticos de estos grupos ingleses, hasta los autos de nuestros padres llevaban el nombre de los músicos o del grupo. 

Mi padre tenía un Chevy y le decíamos Fripp, que era el guitarrista del King Crimson. Al Citroën 3cv de Tito le habíamos puesto Hackett, que fue uno de los guitarristas de Génesis. También en ese momento trabajábamos para Charly Wilson, un amigo nuestro que vive en Buenos Aires que compró dos Renault Gordini.

Al blanco le pusimos Collins y al rojo Lennon. Es que Charly es un fanático de Los Beatles y, seguramente, todavía debe tener un programa de radio dedicado a ellos, en Villa Domínico, Buenos Aires.

Después se pusieron muy caros los discos y con ‘el’ Tito comprábamos a medias y los escuchábamos en su casa de calle Alberdi 32.

También nos juntábamos a leer la revista Pelo, infaltable entre los chicos de esa época.

La música me ayudó muchísimo en una etapa muy triste a los 15 años. Vino el golpe del ’76 y a dos meses mi padre murió. De él me quedan sus discos, entre los que se destacan los de Dorival Caymmi. Y su fanatismo por el Tomba, aunque entre los jugadores era hincha de Bernabé Ferreyra (goleador de River), que nombra el tango “El sueño del pibe”.

Recuerdo al barrio de la Cuarta y al resto de la ciudad como lugares oscuros en todos esos años convertidos en un cuartel. La música fue mi refugio, y a pesar de que no soy religioso, me abrió una ventana a Dios. Agradezco esa posibilidad que la música me ha brindado.