Opinión Miércoles, 12 de julio de 2017 | Edición impresa

Señalar con los índices

Por Leandro Hidalgo - Sociólogo, especialista en Educación

Cuando hablamos de la “juventud”, de esa forma social imaginaria que se vuelve indefinida, y que toma distintas acepciones de acuerdo a todo el universo material y simbólico que podamos encontrar, se nos resbala de conceptualizaciones, entonces así queda libre y abre el grifo para todo tipo de posiciones al respecto.

La juventud siempre sintió con dramatismo, con sensibilidad, todas las inclemencias sociales que la fueron y la van atravesando. Pensar la poca participación de la juventud es, para mí irrisorio, y al menos cuestionable. Confiar siempre en el sentido adulto, en la percepción confortable, desde la seguridad que da tener un trabajo prestigioso para señalar, congela un universo sociocultural en continuo movimiento, que estará por siempre transformándose, por más que no lo entiendan o no lo vean. 

Hablar sobre la participación social de los jóvenes en la vida pública siempre trae el viejo humo decrépito del cementerio: los jóvenes no. Hay diferentes formas de insertarse y de participar en lo público, que desborda por ejemplo el hecho concreto de votar en las elecciones, o entrar en los estereotipos del quehacer ciudadano. También varían los escenarios donde se socializa, donde se construyen las nuevas subjetividades. Si no se encuentra ese mapa, no es culpa de los que caldean el tesoro.

Lo público es ya un espacio de comunicación, sea a través de instituciones o en las distintas maneras que adopta la sociedad civil. Distinto es pensar el sentido de lo colectivo. Y eso no tiene por qué ser parte de una problemática particular de la juventud. En una sociedad deliberadamente individualista, dirigida hacia un ideal único (la optimización del dinero y el rendimiento), con instituciones que fracasan, deslegitimizadas, con una desigualdad y una exclusión aberrante, con desempleo, es al menos superficial pensar que son los jóvenes los que no participan colectivamente. 

Las identidades también se construyen haciendo deportes, participando de talleres literarios, de teatro, desde las redes sociales, desde la música, desde la indumentaria, hasta del look. Eso también es convivencia, participación, construcción, deseo, crítica, comunidad. Uno incide en el mundo de múltiples formas, y por tanto también ofrece un sentido de lo político. 

Frente al vacío de representación que muchas veces dejan los “adultos”, la intervención también puede volverse crítica, tan crítica que queda silenciada por los aparatos de interpretación, al modo de una conciencia invisible, y a veces el silencio es la forma más poderosa de cuestionar a los que siempre señalan con el índice y con los índices.