• Sábado, 7 de enero de 2017
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O’Higgins, una relación que trascendió las fronteras

La amistad entre los dos próceres nació en octubre de 1814 y continuó aún en el exilio en el que ambos terminaron sus días.

Cristián Guerrero Lira - Universidad de Chile

En la mayoría de las cartas que Bernardo O’Higgins dirigió a José de San Martín suelen aparecer, al finalizar el texto, algunas expresiones que permiten calibrar la calidad de la relación que existió entre ellos.

“Sea usted feliz, como lo desea su amigo hasta la muerte”, “sea usted más feliz que su amigo eterno” o “es siempre su amigo y eterno y obediente servidor”, son algunas de ellas. En otras se manifiestan los parabienes familiares: “Mi señora madre y hermana saludan a Ud. con mil expresiones y me piden, como igualmente yo le suplico, salude en nuestros nombres a nuestra muy querida, su respetable hija doña Merceditas y su digno esposo”.

Los vocativos, por su parte, hablan por sí mismos: “mi amado amigo y compañero”, “mi querido amigo y compañero eterno”, “Señor mi amigo y compañero muy amado”,  o “Compañero y amigo el más amado”.

Por su parte, San Martín usaba vocativos como “Mi amigo el más amado” o “mi amigo y compañero amado”, y antes de estampar su rúbrica concluía con frases como “Adiós, mi amado amigo, hasta la muerte lo querrá su José de San Martín”, “Adiós, mi amigo amado, lo es y será eternamente de V. su José de San Martín”. 

Podría tratarse de simples etiquetas de buena educación y cortesía, pero al conocerse la historia que los unió entre 1814 y 1823 esa sospecha se disipa rápidamente y se comprende que son expresiones de sentimientos verdaderos y profundos.

Tanto como muchas de las acciones que en esas misivas se comentan, como el cobro y envío de las sumas correspondientes a las pensiones de San Martín en Perú, comentarios sobre la educación de Mercedes y varias más que solo indican gran cercanía entre ambos.

Una amistad que nació en esos complejos días de octubre de 1814 cuando, al fracasar los intentos revolucionarios en Chile, O’Higgins y muchos más se trasladaron a Mendoza.

Allí y en esas circunstancias de peligro ante una eventual invasión realista, O’Higgins se pone bajo el mando de San Martín para, en primer lugar, lograr controlar a José Miguel Carrera, líder de otra facción chilena que con sus acciones planteaba una división intestina que era urgente terminar.

Luego viene el período de preparación del Ejército de los Andes y su apresto para el cruce de la cordillera andina, el mayor obstáculo que San Martín visualizaba para tal empresa. O’Higgins asumió el mando de una de las divisiones de la columna principal y, junto a esas tropas, retornó a Chile a inicios de 1817.

Luego viene otra demostración de confianza, la asignación del mando de la segunda división que combatió en Chacabuco. Mucho se ha escrito sobre su accionar. Se afirma que O’Higgins se adelantó; se asevera que el general Soler se retrasó en su movimiento. Sin embargo, lo importante es lo factual, lo que ocurrió, lo que se logró: la derrota de la principal fuerza del ejército realista en Chile.

Del triunfo de Chacabuco se llegó a la más trascendente victoria en Maipú, pasando por el desastre, la derrota y el desconcierto provocado por los realistas triunfantes en Cancha Rayada.

La victoria en los llanos del río Maipo abría la posibilidad definitiva de seguir concretando el plan de San Martín. La independencia de Chile no era una meta, era un paso para un movimiento más trascendente aún, partir hacia el Perú, sede del poder realista. 

Para ello era imprescindible lograr el control del Pacífico. El gobierno de Chile, liderado por O’Higgins como Director Supremo, tomó este desafío como uno de los grandes retos. Era necesario, además, reforzar a las tropas expedicionarias, formar nuevos oficiales, crear una escuadra y preparar una gran expedición.

Los triunfos de la marina de Chile, al mando de lord Cochrane, fueron abriendo el camino para la Expedición Libertadora del Perú. Ésa fue la labor principal del gobierno chileno y a ella se supeditaron todos los esfuerzos entre 1817 y 1820.

El compromiso del gobierno chileno con la causa fue total, e incluso en ello pueden encontrarse algunas de las raíces del movimiento que terminó por lograr la abdicación de O’Higgins en 1823. Muchos fueron los que, de un modo u otro, manifestaron su contrariedad ante la presencia de tropas trasandinas en Chile y también con la influencia de la Logia Lautaro, sentimientos que se ahondaron con el fusilamiento, en Mendoza,  de los hermanos Juan José y Luis Carrera en 1818 y luego con el de José Miguel en 1821.

Luego viene la etapa del gobierno peruano. San Martín, Protector del Perú, manifestó su inclinación hacia un gobierno monárquico. Esta situación, por lo general, es vista con algo de escándalo por los historiadores y estudiosos actuales. Sin embargo, debe aclararse que se trataba de una opción política que en cierto sentido se ajustaba a la realidad social del Perú y, por otro lado, un asunto de mayor importancia: se trataría de una monarquía constitucional.

Como fuere, lo concreto es que la idea no fue más que eso, una proposición que incluso los enviados de San Martín -Juan García del Río y Diego Paroissien- hicieron extensiva a Chile al presentarse ante O’Higgins, quien la rechazó diplomáticamente. Esto viene a demostrar que el gobernante chileno no era una suerte de marioneta cuyos hilos estaban en manos de San Martín.

Con pocos años de diferencia se inició, para ambos, la época del exilio, una época de dificultades y también de recuerdos de la gesta independentista. Años en que, obligados por las circunstancias, vivieron alejados de la Patria enfrentando problemas económicos que comentaban entre ellos, estando siempre dispuestos a realizar trámites de diversa índole para socorrer al amigo.

Así, O’Higgins estaba pendiente de las remuneraciones que el Perú debía cancelar a su cada vez más anciano libertador y San Martín agradecía profundamente esos gestos. La situación general de América y las ocurrencias que se producían en el Río de la Plata, Chile y Perú, eran también tópicos reiterados en sus cartas, en las que también, cada uno, se sinceraba con el otro respecto de la situación imperante en la patria respectiva.

Esta amistad entre hombres importantes en Chile y Argentina ha quedado grabada indeleblemente en la memoria de los chilenos. Chile fue el primer país en manifestar la idea de rendir un homenaje a San Martín erigiendo una estatua, pero fue el segundo en develar el monumento en cuestión.

Muchas avenidas en las ciudades chilenas llevan su nombre, al igual que la carretera que conduce desde la Capital hacia la zona andina por donde cruzó el Ejército de los Andes, varias escuelas públicas de primeras letras, e incluso la Escuela de Infantería del Ejército de Chile. 

Con O’Higgins ocurre lo mismo. En la provincia de Buenos Aires existe una localidad que lleva su nombre y en Palermo encontramos la Plaza República de Chile con un monumento ecuestre en su honor. En Mendoza, ciudad mucho más cercana a los eventos que unieron a estos hombres, y a muchos más, también existe la plaza Chile y el monumento dedicado a la Amistad Inmortal, que representa a ambos generales de pie, uno al lado del otro. 

Sin duda se trataba de una unidad admirable que fue pieza importantísima en la independencia de América.