• Martes, 11 de octubre de 2016
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Néstor y Cristina, un Shakespeare nac&pop

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para  Los Andes

 

Hace semanas que estoy intentando entregar mi próximo libro, que no será sobre el peronismo sino sobre su hijo pródigo: el kirchnerismo; pero me falta cerrar el primer capítulo, y no es fácil. Mi idea original era la de hacer una semblanza personal de sus máximas figuras, Néstor y Cristina. Le di muchas vueltas a la cosa. Al principio, pensé en pintarlos como Macbeth y Lady Macbeth. Ya saben, la gran tragedia shakespereana sobre el poder por el poder, la ambición desmedida y sus consecuencias. 

Me pareció, por un tiempo, una gran idea. Más por Cristina que por Néstor, lo confieso; ya que de él -desde el principio- era imposible esperarse algo más que una patada, mientras que Cristina, diputada y senadora, la jugaba de inocente que nunca se había enterado de quién era el marido y posaba de cuadro peronista con vuelos intelectuales, que hablaba sin comerse las eses y sabía quién era Montesquieu. 

Lo tenía todo bien pensado. Shakespeare era, sin dudas, lo más adecuado para hablar de políticos peronistas; es decir: de la política reducida a mera disputa por el poder, sin valores y con principios mutantes: anteayer, el neoliberalismo; ayer, la revolución; la semana que viene, quién sabe. Esa parte de la política, la lucha pura y dura por el poder, que ocupa un tercio de la política en los países avanzados pero que en la Argentina que parieron los generales elitistas y el general populista ocupa el entero espectro político, expulsando la discusión sobre valores y principios al terreno de lo religioso. 

Por eso es que si Shakespeare viviera no encontraría a su Hamlet en Copenhague, donde el Gobierno está a punto de caerse por una diferencia de opiniones con su propia mayoría parlamentaria sobre la velocidad de cambio hacía una economía basada en energías renovables. Si Shakespeare viviera encontraría a Hamlet en Quilmes, donde de lo que se trata es de quién muere y de quién llega a rey. 

Volviendo a Macbeth, quedaba a medida para Duhalde el rol de Duncan, rey de Escocia; que agradecido por los servicios prestados por uno de sus gobernadores de provincias, Macbeth-Kirchner, intentaba premiarlo y terminaba siendo apuñalado por él. Imaginaba ya las tres brujas, las Hermanas Maléficas, saliéndole al cruce a Macbeth-Kirchner en una curva de la Ruta 3 para anunciarle que un día sería rey y advertirle que Franco Macri-Banquo, también sería padre de reyes. Se me hacía irresistible imaginar a Cristina-Lady Macbeth deambulando por los pasillos a las cuatro de la mañana vestida como Morticia Adams, viendo la oportunidad del poder absoluto y planeando cómo convencer al marido e inducirlo al magnicidio. 

Tenía ya preparado el discurso de las brujas, reapareciendo ante Macbeth-Kirchner ya rey, para anunciarle que ningún hombre parido por la Facultad de Derecho o el Partido Justicialista podría jamás arrebatarle el reino. Y el monólogo de Lady Macbeth sonámbula era fácil. Sobraban frases para elegir. ¿Sería mejor que Cristina-Lady Macbeth dijera: “Las cosas que principian con el mal solo se afianzan con el mal”, o “Para engañar al mundo, toma la apariencia del mundo. Procúrate el inocente aspecto de una flor, pero sé la víbora que se oculta detrás de ella?”.

Después, planeaba poner a las aguas de la provincia de Buenos Aires en el lugar del bosque de Dunsinane (“Serás rey hasta que el océano avance sobre la tierra y sus aguas lo cubran todo”, podrían profetizar las brujas ante un Macbeth-Kirchner descreído), y luego el Salado y el Luján subirían por la Provincia hasta acabar con su reinado. Estaba todo listo y cocinado, como ven, cuando me di cuenta de que a la tragedia de los Kirchner como Macbeth le faltaba un ingrediente indispensable: el remordimiento, la culpa. Las manos temblorosas restregándose bajo el agua, intentando borrar la sangre de un crimen sin lograrlo; el suicidio expiatorio de Lady Macbeth. 

¡A los Kirchner les faltaba el costado más humano de los Macbeth! Nadie me iba a creer que Néstor sintiera remordimiento y culpa, ni que se frotara frenéticamente las manos para lavar la sangre que había derramado en abundancia. Y Lady Macbeth de Tolosa suicidándose era menos creíble que Pablo Echarri en el papel de San Martín. Lo de ellos era acariciar cajas mientras susurraban “Éshtashish!” con ojos desorbitados, o pesar bolsas de euros en la trastienda de un cabaret. Así no había Shakespeare que aguantase. 

Lo cierto es que Néstor y Cristina jamás sintieron culpa de nada. Eran mucho más pequeños que los Macbeth; incapaces hasta de esa mínima grandeza del que mira el mundo, comprueba lo que hizo, y se suicida; o al menos pide perdón en vez de seguir insultando. Al contrario de los Macbeth, los Kirchner estaban y están orgullosos de sus pecados y se vanaglorian de ellos por cadena nacional, apenas pueden. Se sienten (se sentía, Él; se siente, Ella) fuertes, invencibles, vencedores. Hay que entenderlos. Siendo los mediocres que siempre fueron y que siempre supieron ser, ya que estúpidos no son; estando conscientemente por debajo de la media en casi todo menos en el único talento demostrable que tienen: el de acumular poder y dinero, esa otra forma del poder; deben haberse sorprendido por el increíble éxito que la sociedad argentina les otorgó a costa de su propia sangre y de la de sus hijos. 

De ser rechazado en un examen para dedicarse a la docencia, a intendente, gobernador, presidente. De las dificultades para terminar la carrera de abogacía a diputada provincial, diputada nacional, senadora nacional, presidenta de la Nación. Millones de chicos que se asomaban a la política y a la vida los adoraban. Un coro de poderosos amanuenses los aplaudía. Los artistas populares escribían canciones y obras de teatro para ellos. Los empresarios hacían cola para rendirse a sus pies. 

Deben haberse creído dioses, y así se convirtieron en lo que eran antes de ser: dos megalómanos mediocres con delirios de omnipotencia, dos delirantes que creyeron que la política podía torcerle el brazo a la ley de gravedad. He allí la frase de Macbeth que habrían debido recitar, ambos: “La confianza es el mayor enemigo de los mortales”. Recordaron siempre que Dios vomita a los tibios, pero se olvidaron de que también ciega a quienes quiere perder…

Así se perdió Néstor. Dueño de millones verdes, y de millones azules, y de millones blancos, y de millones negros; gravemente enfermo pero nunca dispuesto a abandonar el poder y la lucha por el poder, nada le costaba tener permanentemente a su lado un equipo de resucitación cardíaca para eventuales emergencias. Pero, ¿qué podía pasarle a él, si casi sin nada había logrado casi todo, si con un solo talento había llegado tan lejos como se puede llegar? 

Así se perdió Cristina, también, arrastrando con ella a sus hijos, implicados hoy en causas de hoteles vacíos con facturaciones millonarias y cajas de seguridad repletas de fajos termosellados. Ya era Presidenta. Su esposo había acumulado una fortuna. Sus hijos eran grandes.

Cuando se murió Néstor hubiera podido decidir terminar su mandato en 2011 y retirarse triunfadora, como viuda sufriente y sacrificada que todo lo había entregado al país; con una imagen muy alta, un acuerdo de impunidad con un sucesor peronista elegido por ella y un lugar eterno en el corazón nacional y popular. ¿Para qué más? Mírenla ahora y verán una Lady Macbeth sin suicidio, porque sentir remordimientos no es de buen peronista. Sorry. Faltaba más. Bad information.

¿Cómo terminará la saga de los Macbeth-Kirchner? Nadie puede decirlo con precisión, ya que las vías del Señor con infinitas; pero sí se puede saber algo con certeza. Terminará mal, como terminan mal todas las obras de Shakespeare. Probablemente, terminará peor, ya que no se trata de un Shakespeare verdadero sino de su imitación berreta: un Shakespeare ensamblado en Tierra del Fuego; un Shakespeare nac&pop.