Opinión Martes, 18 de julio de 2017 | Edición impresa

Los setenta, nunca más

Es cierto que su generación-mi generación, la de los Setenta, es la que arruinó el país. No todos, ni con el mismo grado de culpabilidad, pero fuimos nosotros. De una Argentina imperfecta pero razonable en los Sesenta, a la violencia, el delirio absolutis

Por Fernando Iglesias - Periodista, especial para  Los Andes

 

La trayectoria del término “Errorismo de Estado”, una forma sofisticada de expresar el concepto “Macri, basura. Vos sos la Dictadura” equiparando los errores -graves o no, forzados o no, voluntarios o no- de un gobierno democrático y republicano al Terrorismo de Estado videlista, es significativo del rol que, conscientes o no, juegan hoy ciertos intelectuales que se dicen “independientes del kirchnerismo y el peronismo”. 

La primera mención que encontré del concepto aparece, salvo error u omisión, en la tapa de la edición del 17 de febrero de Pagina12, que declara haberlo recogido de las redes sociales. Sigue, tres días después y en el mismo diario, “El errorismo nunca se equivoca”, una nota del conocido Eduardo Aliverti. A cinco días de la invención original, Martín Caparrós la puso a jugar en las grandes ligas en el título de una nota que publicó el 22 de febrero en su sección del New York Times en español cuya frase central es "Lo más notorio que hace este Gobierno son sus errores". 

Un mes más tarde, la idea de ligar a Cambiemos con la Dictadura y a Macri con Videla fue llevada a la marcha del 24 de marzo, día del repudio al Golpe, en una bandera negra transportada a pulso por los manifestantes. El azar, la probabilidad, o la justicia poética, terminaron ubicándola debajo de un enorme helicóptero de cartón con el cual quienes participaban de una ceremonia dedicada, supuestamente, a honrar la Democracia y los Derechos Humanos, reivindicaban la destitución de De la Rúa y le auguraban el mismo final a Macri. “ERRORISTAS”, decía el cartel, con una gráfica siniestra y enorme, y más atrás estaba el helicóptero. 

Acá, los progres todos juegan para el kirchnerismo y, en última instancia, para el peronismo. Para decirlo con la expresión que tanto les gusta: “son funcionales”. Y se les nota mucho, a todos, las ganas de que Cambiemos fracase. Porque si triunfara, esa Izquierda ojo-de-bife -fracción argenta de la gauche caviar- debería revisar las presunciones en las que basó su vida política: un ejercicio de humildad imposible de aceptar para la mayoría.

Sobre todo, el triunfo de Cambiemos significaría que el país deje definitivamente atrás los Setenta, la peor década de la Historia nacional por lejos, de la que extrae aún hoy todas sus razones, todas sus concepciones, todos sus odios y todos sus amores, la Izquierda ojo-de-bife. Personas modernas en lo estético y artístico, muchas veces; gentes frecuentemente cosmopolitas y refinadas que sin embargo razonan políticamente con un provincianismo espacial y un atraso temporal extraído de un drama de periferia de cuarenta años atrás. 

Porque, como dijo el genial Joseph Brodsky, en una verdadera tragedia no es el héroe quien muere, sino el coro. Y -a cuarenta años del horror- quienes se creyeron héroes no pueden, aún, aceptar el rol destructivo que jugaron para el coro. Por eso no es extraño que les parezcan estúpidos, mediocres, honestistas, ingenuos o directamente malintencionados todos los intentos de salir del peronismo; porque el peronismo es la última fuerza política impregnada de las ideas del romanticismo populista, estatista, nacionalista e industrialista que marcaron los Setenta y que provienen, a más largo plazo, de la mayor tragedia intelectual argentina: el reemplazo del ideario cosmopolita y progresista de la Generación del Ochenta por el del Revisionismo Histórico. En otras palabras, el cambio de una matriz cultural cuyos valores centrales eran el futuro y el mundo por otra en la que prevalecieron, para nuestra decadencia, el pasado y la nación. 

Fueron las ideas y acciones basadas en el Revisionismo Histórico las que orientaron los actos del nacionalismo elitista y el nacionalismo populista, dando origen a los dos grandes aparatos políticos que los encarnaron: el Partido Militar y el Partido Populista, en los Veinte y los Treinta. Juntos nacieron, y de la misma cuna: el Ejército Argentino. Juntos dieron los golpes de 1930 y 1943. Y fue la batalla entre ambos que comenzó en 1955 la que ensangrentó y desbarrancó al país. Juntos también hundieron, finalmente, a la última Argentina razonable, la que desde 1958 a 1966 intentó salir otra vez al futuro, y no la dejaron despegar. 

Con Cambiemos se abre, por tercera vez en la Historia después de las frustraciones de los Ochenta y los Noventa, la posibilidad de dejar definitivamente atrás los Setenta. Intentémoslo reivindicando, en primer lugar, el país que lo precedió, el de los Sesenta; la última Argentina razonable de que se tenga noticias. En efecto, si alguien me preguntara por algún antecedente histórico del gobierno de Cambiemos la respuesta sería difícil, ya que Cambiemos es más un proyecto que una tradición. Y sin embargo, forzado a responder, afirmaría sin dudar que si hay algún antecedente histórico de Cambiemos es la Argentina de los Sesenta; la de 1958-1966 para ser precisos; la que parió Frondizi y plasmó Illia y se acabó con Onganía, el Cordobazo y el asesinato de Aramburu. Motivo por el cual no es extraño que quienes estuvieron entonces a favor de destruirla sean tan decididamente opositores a Cambiemos hoy. 

Y bien, la oposición visceral del peronismo a todo intento de consolidar la naciente Argentina del siglo XXI tiene en las viudas de los Setenta su contraparte intelectual. “Definir que Fulano es corrupto y Mengano roba no define nada en política”, sostuvo Caparrós en una discusión sobre el honestismo que mantuvimos en televisión; pero la experiencia de la sociedad argentina durante el cuarto de siglo de hegemonía peronista transcurrido expresa exactamente lo contrario: la honestidad es apenas el piso de una política genuinamente progresista, pero si no está presente, se hace imposible toda otra construcción. Bastó que cambiara el gobierno para que el valor del kilómetro pavimentado por el Estado bajara un 40%, con un ahorro aproximado de us$2.000 millones solo en 2016. Adivinen a quiénes afecta más el 40% de obra pública que se llevaron en los bolsos y no está…

“Envejecer es descubrir que ya no serás otro”, cierra Caparrós la primera frase de una extensa y reciente nota en la cual, con la excusa de hacer mea culpa, acusa a toda una generación. Pero se equivoca, creo. Ser viejo, y no el acto inevitable de envejecer, es descubrir que ya no querés ser otro. Ser viejo es renunciar a cambiar. Porque, como escribió Pavese, vivir es comenzar. Es cierto que su generación-mi generación, la de los Setenta, es la quearruinó el país. No todos, ni con el mismo grado de culpabilidad, pero fuimos nosotros. De una Argentina imperfecta pero razonable en los Sesenta, a la violencia, el delirio absolutista y la crueldad de los Setenta. A lo que siguió. ¿Queremos seguir ahí o salir de una vez por todas? 

Acaso no sea demasiado tarde y podamos aún reparar una parte del daño que hemos hecho, apostando esta vez por una sociedad no perfecta pero formada por seres humanos y no para improbables hombres nuevos, actualizando los valores que rescatamos del incendio a los códigos del siglo XXI, aceptando humildemente las lecciones de la Historia universal acerca de lo que funcionó y de lo que salió mal, queriendo para el país lo mismo que queremos para nosotros: los niveles de vida y los principios políticos que a pesar de la crisis rigen hoy en los países democráticos, republicanos y avanzados, y no las pesadillas que supimos conseguir. Democracia, República, integración regional, capitalismo avanzado, estado de bienestar. Y los Setenta, Nunca Más.