• Sábado, 3 de junio de 2017
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Los gestos de la voz

Osvaldo Baigorria reunió en “Poesía estatal” toda su obra creada y pensada para ser leída en público, escrita durante cuatro décadas en cuatro continentes. El resultado es maravilloso.

Augusto Munaro - especial para Cultura

Entre 1974 y 1993, el escritor Osvaldo Baigorria residió en Perú, Costa Rica, México, Estados Unidos, España, Italia y Canadá, llegando a vivir en una comunidad fundada por cuáqueros, en la cual había budistas, anarquistas, entre otros trashumantes. Época, también, en que conoció en la San Francisco State University a los beatniks Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti y Diane Di Prima, comenzando a escribir poemas permeables a elementos encontrados en el camino recorrido, en las lecturas y las escuchas. “Poesía estatal” (Iván Rosado) reúne buena parte de los versos escritos entonces, y luego, a través de cuatro décadas. Todos fueron elaborados para ser leídos en público.

Poesía en voz alta. Operaciones eclécticas donde dialoga la experiencia ácrata, una existencia proclive a la libertad creativa. 

Así, “Poesía estatal” muestra una poética que excede las nomenclaturas. Un libro que se desliza entre “el peso de las instituciones y la ligereza del deseo”, exenta de protocolos.

-Osvaldo, según cuenta la leyenda, “Poesía Estatal” tuvo su génesis en la placita Boris Spivakow del Museo del Libro y de la Lengua.

-En realidad, de ahí salió el verso que después dio título a este libro. Fue a partir del 2012, cuando estaba organizando un ciclo de lecturas de poesía en esa plaza gestionada por el museo, algo que nunca había hecho antes y a lo que me arrojé de cabeza, por usar una expresión antigua, para “vivir la experiencia”, hasta principios del 2015. Resulta que para una de esas famosas noches de los museos, publicitadas como “el mayor encuentro cultural de la ciudad”, me propusieron pensar alguna actividad para entretener a los fantaseados miles de visitantes que supuestamente pasarían por la plaza, y se me ocurrió convocar a un micrófono abierto. En los días previos estuve escribiendo algunas palabras de bienvenida para presentar el evento, y de repente vi que tomaba forma un largo verso que, entre otros balbuceos, intentaba tematizar el encuentro forzado entre el peso de las instituciones y la ligereza del deseo. Una primera versión de esa lectura la subí a la web y lo que ahora sale publicado es bastante más extenso. 

-La oralidad aquí tiene un protagonismo ineludible, puesto que casi todos los poemas han sido –bajo circunstancias diferentes- leídos en distintos países ante un público muy diverso. Hay algo performático al declamar poesía. Hablo, concretamente, del gesto corporal. ¿Cómo pensás que se complementan la voz y el cuerpo en el momento de la lectura en voz alta? ¿Podrías referirnos esa experiencia?

-A ver: alguien podría decir, desde el punto de vista de la recepción, que escuchar una lectura en público no es realmente una experiencia literaria, como sí lo sería una lectura privada, individual, en silencio. Para mí son solo experiencias distintas, sin jerarquizar, que se dan tanto en la escucha como en la declamación en voz alta, frente al espejo, ante la cámara o la mirada de los demás. Si uno cierra los ojos cuando alguien lee, percibirá esa voz de un modo muy diferente a cuando uno mira al cuerpo que la emite. Cada una de esas posturas cambia el texto. El carácter del público también, ya que si uno está atento podrá interactuar y construir el ambiente y modificarlo todo según la reacción de la audiencia. Pero aclaro que estoy lejos de ser un perfórmata, y que esas ocasiones de lectura en público en verdad fueron muy pocas, una docena de veces si seguimos la lista del libro. Es que tampoco me siento cómodo ante cualquier público. De hecho, tengo cierto nivel de pánico escénico.

-El libro, asimismo, es una cartografía de viaje. Autobiográfico, los poemas operan como testimonios de tus búsquedas permanentes. En “Cantito intraducible”, planteás la distinción entre melopea, fanopea y logopea, a través de un tono tan lúdico como reflexivo. ¿Cuál es tu opinión en cuanto a la poesía?, ¿cumple ella algún fin o se trata de un medio para expresarse? 

-Creo que en todos mis libros aparece lo autobiográfico de modo fragmentario, en astillas, en los pliegues más cercanos a la superficie. Para el “Cantito” me apropié de un versito infantil que escuché de labios de niños de la comunidad rural en la que vivía, en la falda de una montaña canadiense entre los años 70 y 80, y le di una vuelta de tuerca que el azar determinó diferente. Allí el uso de “thunk”, un sinónimo bastardo y campesino de “thought” en participio pasado de “to think” se agrega a la imagen del zorrino que se sentó sobre el tocón de un árbol y pensó que el tocón apestaba pero el tocón también pensó que el zorrino apestaba, y sin embargo en la versión impresa quedó como que el tocón pensó que simplemente el zorrino pensaba o pensó. Esa marca la implantó una errata sobre un verso que de otro modo hubiera sido una copia casi exacta de lo que escuché de aquellos ecos montañeses. En cuanto a la distinción que hizo Pound, me sirve para recordar no solo que hay textos más intraducibles que otros sino que hay una potencia, una energía que puede emitir una voz extranjera aunque no se entienda lo que diga. La voz como instrumento sin sentido, que desvía o destruye el sentido, que trasmite su electricidad sin proponerse comunicar ni ser inteligible. Eso que nos acerca siempre a la música.

-“Poesía Estatal”, además de ser el poema más extenso, hacés con él una crítica al establishment. Leemos: “porque mejor  que escuchar es leer,/ mejor que presenciar es proponer,/ mejor que asistir, organizar,/ y mejor que prometer es realizar”. Se tiene la impresión que hasta en la poesía “hay burócratas de la frase”, y por ello mismo, no es lo mismo leer en voz alta, que en voz baja... ¿De qué modo sentís que el Estado puede llegar a regular la respiración del poeta?

-Depende. Lo que hoy puede llamarse establishment comprende diversos aparatos de captura en planos sociales distintos, en los mercados literarios, académicos, militantes, etc. Por suerte también hay fisuras, agujeros por donde pasan las fugas de esos aparatos. Y lo de “burócratas de la frase” o “poetas estatales” es un rescate irónico de la figura creada por los infrarrealistas en los años 70 para repudiar a las mafias de escritores que en México cobraban sueldos del Estado y se beneficiaban de sistemas de consagración y difusión institucional gracias al PRI, un dispositivo que en la Argentina del siglo XX fue casi inexistente y que recién empezamos a conocer en los últimos años, en medio de la inestabilidad y cambios de 180 grados que caracteriza la historia de este país. Aquí hay un burocratismo precarizado y tal vez poca plata para repartir pero igual crecen plantas trepadoras que luchan por imponer su supremacía sobre otras, mediante ardides clásicos como el oportunismo, la chupada de medias, la adulación y el ninguneo. Todo eso quita oxígeno, corta la respiración. Sin mencionar esas escrituras que explotan el sufrimiento de ciertas víctimas para sacar réditos o acumular un poder simbólico que eventualmente también puede llegar a convertirse en plata. Es un sistema que se ha extendido y naturalizado tanto que parece que ya no podemos soñar con suprimirlo ni escapar del todo, salvo en el gesto extremo del borramiento y el silenciamiento voluntario, a lo Néstor Sánchez. O que el sistema se suicide mediante la guerra, otra opción indeseable en la medida en que nos arrastra a la auto-aniquilación. El problema sigue siendo qué hacemos con el deseo en medio de instituciones que nos exceden, de las que no podemos huir y que nos imponen servidumbre. Una posibilidad es la parodia y la sobreactuación, como acudiendo al Llamado por los malos poetas de Fogwill: que cada cual se arme con su librito de mierda y sus pensamientos imbéciles para hacer una poesía de la mendicidad de las instituciones que pueda reírse del rey o la reina y ofrecer su bálsamo a los sujetos.  

-¿Reconocés cierto aura beat en estos versos?, ¿por qué?

-Siempre me ha gustado incluir elementos encontrados en el camino, en las lecturas y las escuchas. Según Byung-Chul Han, la copia en la antigua tradición china funciona como señal de aprendizaje, respeto y alabanza a los maestros pero con la paradoja de que cuanto más venerada es una obra original, más cambia su aspecto. Se superponen inscripciones, la obra no descansa. Me gustaría poner a dialogar a Ginsberg con Perlongher y a Bataille con Viel Temperley, proceder como un DJ que usa y enlaza materiales que se encadenan o se deslizan unos dentro de otros para armar cierto recorrido personal. Soy ecléctico y hay tantas obras preexistentes, tanto texto e intertexto que hoy no puedo producir sino a través del montaje, recorte, copia,  apropiación y desvío de todos los materiales que me atraen. Incluso de los que no me atraen, porque como enseñaba Cage, si algo me hace ruido o me produce aversión, mejor me pregunto por qué y espero unos minutos mientras continúo escuchando a ver si termina siendo de mi interés.