• Miércoles, 11 de enero de 2017
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La vigilia sobre los desertores y sus cómplices

Fechado el 11 de enero, se publicó un nuevo bando que expresaba la pena de confiscación de bienes y cuatro años de presidio a quienes albergaran a un desertor. El director supremo Juan Martín de Pueyrredón dio instrucciones precisas sobre esta realidad que afectaba a las fuerzas militares.

Por Beatriz Bragoni - Incihusa - Conicet, Facultad de Derecho, UNCuyo

Los indultos prometidos a los desertores no colmaron las expectativas de San Martín sobre el número de reclutas que se habían presentado ante sus jefes para completar el adoctrinamiento militar en el campamento del Plumerillo.

Por tal motivo, una vez cumplido el plazo de presentación, el 11 de enero ordenó al gobernador Toribio de Luzuriaga que ante la deserción patente en el ejército, publicara un nuevo bando que hiciera expresa la pena de confiscación de bienes y cuatro años de presidio a todo aquel que por una sola noche diera abrigo en su casa a hombres desconocidos, aunque ignorara que fuera un soldado. 

Como antes, el bando fue expuesto en los muros de la ciudad y distribuido por los decuriones o alcaldes de barrio, quienes tenían a su cargo el control de los habitantes de los cuarteles urbanos y rurales desde los primeros años de la revolución.

No hay registro evidente sobre la eficacia de la medida, aunque no resulta extraño evaluar que la decisión sanmartiniana pretendía ajustar la cadena de obediencia entre jefes, oficiales y tropa para que el ejército preservara la unidad de mandos, y pudiera mantener la cohesión en el cruce cordillerano para descargar la fuerza militar contra los realistas en Chile tal como estaba calculado.

Para ello, había previsto que los soldados realizaran ejercicios doctrinales entre el 9 y el 13 de enero, días después al descanso que había seguido al desfile callejero y al ceremonial celebrado el 5 de enero, en vísperas de la Epifanía del Señor. 

Pero la vigilia sobre los desertores, y sus eventuales cómplices, obedecía también a otras razones no menos importantes, en tanto la guerra librada por la libertad de América enfrentaba a ejércitos integrados en franca mayoría por americanos, y en menor proporción por españoles-peninsulares.

Estos últimos, en Mendoza y en las ciudades cuyanas, habían sido objeto de minuciosos controles, y algunos con fuertes vínculos e intereses locales (como Juan Cobo, quien introdujo el álamo en Mendoza) habían solicitado la carta de ciudadanía para despejar cualquier duda sobre sus compromisos patrióticos.

Pero la sospecha no había desaparecido por completo, y por ello San Martín había ajustado la vigilancia sobre todo posible conspirador al sistema americano, para lo cual contaba con la asistencia de vecinos encubiertos, o espías, que le pasaban información de las conversaciones y operaciones que podían llegar a emprender aquellos que tenían desconfianzas sobre la empresa militar, y los revolucionarios.

Desde que San Martín había arribado a Mendoza, el brazo tutelar del orden de la Patria había caído sobre los curas contrarios a la revolución e incluyó al mismo párroco de la ciudad, por el tejido de relaciones e influencias que podían llegar a alcanzar. También San Martín había sido infranqueable con algunos jefes de milicias que no habían mostrado completa subordinación a los jefes y oficiales colocados a la cabeza de los cuerpos armados, y los había condenado al destierro en San Luis.

Aun así, la atención puesta sobre los desertores se inscribía en un fenómeno de mayor alcance en cuanto al tratarse de soldados u oficiales nacidos en América, la estrategia militar de los ejércitos en pugna utilizaba la deserción como recurso para descomponer las formaciones militares enemigas, fueran patriotas o realistas.  

Al respecto, las “Instrucciones” enviadas por el director supremo, Juan Martín de Pueyrredón, al Jefe de la expedición fueron explícitas al disponer que la deserción de las filas enemigas debía ser priorizada como herramienta de guerra, tal como había sido utilizada en las campañas militares al Alto Perú. En sus palabras: “La mayor parte de la fuerza del enemigo se compone de americanos, por consiguiente el General tocará todo arbitrio para introducir el descontento y la división con la que proceda de España, y Lima, reduciéndola si es posible a tres partidos. El contagio de la deserción será propagado por agentes, y habrá liberalidad en los premios a los primeros desertores. Al principio de la campaña los soldados patricios al servicio del enemigo serán tratados con benignidad, pero con extremada cautela”.  

Asimismo, la proclama que dirigió el mismísimo Pueyrredón al momento de anunciar la expedición a Chile de las Provincias Unidas del Río de la Plata volvía a apelar al pase o deserción de los “americanos” de los ejércitos realistas, y también a los salarios que se ofrecían en caso de hacerlo.

La incitación a abandonar el pendón real y enarbolar la bandera de la Patria resulta sumamente ilustrativa en el siguiente fragmento: “Trocad, Americanos, esas banderas, que os degradan, haciendo atrevida jactancia de vuestro abatimiento; por los decentes estandartes de la libertad, en que se divisan el honor y la gloria de vuestro país. Venid para vuestra parte en nuestra madre común.

Oficiales militares, Os esperan para vuestra heroica resolución un grado efectivo, y sueldo, sobre el que dejéis. Los soldados se premian con veinticinco pesos; son libres de enganche forzado: recibirán doble el valor de las armas, que pasen: y se atenderán particularmente si se realistan de voluntad”.

A su vez, el “pase” de oficiales a través de la publicitación de los salarios a percibir estuvo en la agenda de los jefes militares del bando realista que buscaron quebrar la disciplina o unidad de mandos del ejército que habría de vencerlos en la cuesta de Chacabuco.

En suma, las deserciones (como otros desafíos a la autoridad) resultaron fenómenos frecuentes en las guerras de revolución e independencia, y esa razón explica la relativa laxitud del sistema punitivo, el cual si bien no eludió la aplicación de castigos y suplicios ejemplares, exigió a los gobiernos y jefaturas militares limitar sanciones, suspender procesos o sumarias, absolver de los cargos a los acusados de deserción, fuga o conspiración, conceder indultos, decretar amnistías de manera periódica y condonar penas en vista a restablecer la autoridad y capacidad militar.

 

Silueta biográfica

Juan Martín de Pueyrredón 

Origen. Nació en Buenos Aires en 1777, y como hijo de un rico comerciante fue enviado a Cádiz para ensayar el oficio. 

Luchador. A su regreso en 1805, y luego de apreciar la debacle de la flota española en Trafalgar, se involucró de lleno en las luchas porteñas que expulsaron a los ingleses en 1806 y 1807. El virrey Liniers lo envió a Madrid y regresó a Montevideo una vez producida la invasión francesa a España: estuvo preso por orden del gobernador Elío y se fugó a Buenos Aires, donde fue nuevamente tomado prisionero por conspirar contra el virrey Cisneros. 

Funciones políticas. Desatada la Revolución de Mayo, ocupó funciones políticas de relieve que lo erigieron, en 1816, en el candidato preferido para conducir los destinos de las Provincias Unidas del Río de la Plata poco antes de declararse la independencia en Tucumán. 

Apoyo a la gesta. Mantuvo con San Martín una fluida relación de cooperación que permitió financiar el ejército y restaurar la libertad en Chile. 

Ideas. Partidario de sistemas centralizados de gobierno, y entusiasta promotor de la monarquía constitucional, activó con énfasis la concentración del poder, promovió la sanción de la Constitución de 1819 e hizo gestiones para coronar a un príncipe francés en el Río de la Plata. Sus concepciones políticas, y el fracaso de la guerra librada contra los federales del Litoral, lo obligaron a renunciar. 

Fin. Murió en 1850, en Buenos Aires.