Opinión Domingo, 16 de julio de 2017 | Edición impresa

La miseria de la política (I)

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

 

Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio

En épocas electorales se suele dar una paradoja: precisamente porque se trata de ganarse la voluntad del pueblo, los dirigentes deberían mostrar lo mejor de sí mismos y ofrecer ponerlo al servicio de los demás. Pero ocurre lo contrario: es justamente en estas etapas cuando los políticos muestran sus facetas más deplorables, ya que más que explicar porqué la suya es la mejor oferta, sólo les interesa expresar que la de sus adversarios es la peor. 

Así acaba de empezar esta campaña, cada candidato se está ocupando de demostrar lo porquería que son los otros.

Se van acabando los giles

A través de los siglos, y aunque fuera por simulación, los políticos más hábiles tuvieron en claro que lo esencial de su profesión era que el resto de los mortales creyeran que estaban dedicados al interés general, y no al interés personal o grupal como lo estaban todos los demás hombres. El político podrá hacer canalladas, ser cruel o lo que fuera, pero sus miras siempre eran colectivas, no individuales. Al menos esa era la creencia que le permitía a los dirigentes subirse y mantenerse en la cima del poder. Y aún con sus dudas, la gente todavía les creía. El poder investía con un aura especial, medio mística, a quien se vestía con sus ropas. 

Pero en la actualidad, con la masificación de las comunicaciones todo se ha igualado y las masas populares han descubierto como nunca antes que los políticos sólo piensan en su propio interés y que el bien común es sólo una coartada para mejorar sustancialmente sus vidas individuales. 

De allí que ha nacido un fuerte sentimiento antipolítico donde en el momento en que mayores elementos técnicos existen para fomentar la participación de los ciudadanos, estos se retraigan cada vez más, hartos de la miseria de la política.

No robo para mí, robo para la causa

Sin embargo, hoy como ayer y como siempre, la sociedad anda en busca, para ser conducida, del buen político, que debe contar con determinadas actitudes, pero la primera de todas es acabar con esta invasión de desesperados que han asaltado el poder político para tomarlo como un botín personal. Esa es la gran pelea de nuestra época.

Bien lo sabe aquel personaje de la época de Menem que orgullosamente decía robar para la corona. Es que lo único imperdonable en política en robar para uno mismo, por eso cuando la corrupción era inocultable, al decir que se robaba para  el rey es como que uno se quisiera cubrir diciendo que afanaba por una causa que lo excedía, y de algún modo lo justificaba.

Del mismo modo la pareja que nos gobernó hasta hace un par de años sostenía la inevitabilidad de tener mucha plata, pero no para enriquecimiento propio, sino para poder hacer política y evitar así que la política la hicieran solo los ricos. Pero devinieron multimillonarios. O sea que la política la siguieron haciendo los ricos, aunque fueran otros ricos.

El ya legendario Josecito López, el de los bolsos millonarios que le quiso entregar a las monjitas, la única excusa que hasta ahora atinó a decir es que la plata no era de él sino de la “política”. Al no ser para él, el pecado se supone menor.

O sea, en nombre de causas generales o colectivas, que es para lo que desde siempre se supone es la política, los principales dirigentes de estos tiempos aprovechan para transformarse el recontramultimillonarios. Y de allí que el odio popular se incrementa cada vez más.

Tiranos, oligarcas y demagogos

Esta miseria de la política que siempre existió pera que ahora se ha universalizado, ya la previó Aristóteles en su “Política” cuando dijo que cada sistema de gobierno tenía su propia desviación corrupta: la monarquía se corrompía en tiranía; la aristocracia en oligarquía y la república en demagogia. ¿Y que tenían en común estas tres desviaciones?: que la tiranía solo tiene por fin el interés personal del monarca, la aristocracia sólo el interés particular de los ricos, y la demagogia  el interés de los que se hacen ricos en nombre de los pobres. Y finalizaba Aristóteles: “Ninguno de esos gobiernos piensa en el interés general”. 

No casualmente hoy el mundo está lleno de tiranos, oligarquías y demagogos de izquierda y de derecha que no cesan de enriquecerse a costo del erario público, pero de muy pocos líderes, elites o repúblicas que representen los intereses de todos.  ¿La respuesta popular? La antipolítica, que es la rebelión de los que odian y desprecian desde la indiferencia.

La democracia oligárquica

El gran intelectual francés Raymond Aron, comentando a Max Weber, se pregunta si un político debe anteponer la verdad al éxito y responde así: “Un político debe ser al mismo tiempo convencido y responsable. ¿Pero cual es la elección moral cuando es preciso mentir o perder, matar o ser vencido? La verdad, responde el moralista de la convicción; el éxito responde el moralista de la responsabilidad. Las dos elecciones son morales con tal de que el éxito que este último quiere sea el de la ciudad y no el suyo propio”.

Estamos en lo mismo: a veces el político debe tomar decisiones que lo alejan de su moral particular, pero lo esencial es en nombre de quien las toma. Algo que no es difícil en el político auténtico porque la vocación de éste es la de pensar en el éxito de la ciudad aún a costa incluso del suyo propio. Lo que pasa es que la conducción del Estado ha sido tomada por advenedizos de todo tipo en este tiempo de igualaciones. Así como en las épocas pasadas el poder era ejercido básicamente por los ricos para defender los intereses de los ricos, en la actualidad pueden llegar al poder con más facilidad que antes personas de las clases medias y bajas. Lo cual es una clara democratización del poder; el problema es que la mayoría de los que llegan apenas se hacen cargo de sus atributos, los ponen al servicio de sí mismos. Lo cual es una  reoligarquización del poder.

Los dilemas de don Abraham

Para quien quiera entender bien la dicotomía entre verdad y éxito, entre convicción y responsabilidad, entre moral y política, le aconsejamos ver o rever el film “Lincoln” de Steven Spielberg cuya trama gira casi enteramente acerca de este conflicto: el gran presidente norteamericano en plena guerra de secesión no tiene la cantidad de votos suficientes para abolir la esclavitud y para lograrlos necesita corromper a ciertos diputados dispuestos a vender su voto por prebendas. Entonces, a cambio de incorporar una mancha sucia a su moral, Lincoln cede para conseguir la mayoría necesaria. 

Pero en todo momento queda claro que no existe en su actitud ni la menor conveniencia personal, que todo lo que hizo lo hizo en nombre de la paz de su nación y de la libertad de los esclavos.

¿Cuántos hoy podrían decir lo mismo?

La próxima semana la segunda y última parte de esta nota.