Estilo Jueves, 1 de junio de 2017 | Edición impresa

La fiestas de los chicos como megaeventos: cuando la celebración en exceso daña

Cumpleaños, pijama party u otros festejos se transforman para los padres en verdaderos eventos de alta producción para contentar a sus hijos. Sin embargo, esta exacerbación de estímulos y puestas en escenas pueden perjudicarlos. Los sí y los no de esta in

Por Analía de la Llana - adelallana@losandes.com.ar

“Mami, a Bautista le alquilaron ponys para su cumple... ¡Yo quiero lo mismo!”, pide Pablito ante la mirada azorada de su madre; justo cuando las cuentas de los servicios de la luz y gas llegan a sus manos.

“Papi, papi, quiero un equipo de karaoke y una pantalla para ver películas con las chicas para mi pijama party”, apunta Micaela; mientras su papá la mira turbado, cuando llega con los colchones inflables alquilados para las amiguitas de su hija. Un gasto extra que emprendió como gesto de cariño, y no sabe ni cómo.

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos en los que los niños se transforman, con el tiempo y la permisividad de algunos padres, en verdaderos tiranos que redoblan la apuesta que antes les estimularon sus mayores.

¿Acaso está mal festejarle un cumpleaños o fiesta a los hijos? Para nada, el problema aparece cuando una celebración normal, para compartir y enriquecer a los pequeños con sus pares, se transforma en una verdadera puesta en escena de regalos y artilugios varios; casi casi, como si se tratara del “Cirque du Soleil”.

Entonces aparece el fenómeno de los hijos ‘híper festejados’, y las consecuencias que más tarde les acarreará en su crecimiento y desarrollo tal falta de límites.

En este sentido María Zysman, psicopedagoga y escritora (directora y referente del libro “Libres de Bullying”) explica: “asombra ver el despliegue que muchos padres realizan para un cumpleaños de 4 años, como si se tratara de una fiesta de 15; lo que habla de un límite rebasado, sumado a que existe todo un contexto que colabora en este sentido, ya que si algún compañerito hace este tipo de festejos desmesurados, el resto no quiere quedarse al margen. Muchas veces he tenido pacientes que le rogaban a sus padres que les hicieran sus cumpleaños en determinados lugares, que eran completamente inaccesibles desde lo económico. Lo positivo es que esos papás pudieron sentar posición y decirles ‘esto no lo vamos a hacer’ (aunque pudieran incluso económicamente) soportando el enojo de los hijos, algo que no es sencillo para los padres, pero que en definitiva a los hijos les suma y les hace bien”.

- Lo que se dice: poner un freno...

- Tal cual, hacerlo y acotar lo que es la vida familiar a lo que son los eventos de cada uno de sus integrantes. Si una familia tiene que endeudarse durante diez años para hacer una fiesta, resulta incomprensible y hasta ridículo. Esto está pasando en los cumpleaños de niños cada vez más chicos, y no sólo eso, sino hasta en las piyamadas.

Pasaron de ser un encuentro espontáneo en el que los chicos se tiraban con sus almohadas y colchas a charlar, compartir y dormir, a ‘eventos’ donde incluso hay gente que se encarga de organizarlas a niveles risibles en cada detalle: carpas, regalos, y hasta objetos personalizados para cada uno de los invitados.

- ¿Qué genera a futuro, en los chicos, esta manera excesiva en que sus padres se relacionan con ellos y la demostración de afecto material?

- No logran disfrutar de las cosas, o les cuesta el disfrute de cada logro o momento. Les genera ansiedad, insatisfacción y falta de deseo. Esto, por supuesto, cuando cualquier festejo se torna abundante y excesivo a nivel objeto, al igual que las fiestas de Navidad o Reyes; en las que se los colma de regalos y cada cosa va perdiendo (en esa actitud extrema) el valor de lo que se tiene. 

Por otro lado, me parece que implica fomentar muchísimo el narcisismo de los pequeños, como si se tratara de “su majestad el niño”. No tiene nada de malo en festejos especiales y más únicos en la vida. El hecho de apostar a lo mejor que se pueda no es malo en sí, pero lo exagerado aplaca nuestra posibilidad de desear como seres humanos. 

Cuando uno tiene ‘tanto’ desde chico, no hay espacio para ese deseo ni para la falta... El deseo es un motor muy importante ya que uno se mueve siempre por lo que no tiene o quiere lograr. Llenarle la agenda a un chico, colmarlo de cosas que ni siquiera sabe que existen, es como no permitir el vacío; que es el que en definitiva permite que él pueda ver qué quiere o necesita. De lo contrario se le genera un bloqueo del deseo. Esto está dentro de ese orden.

Una cosa es un bautismo, o el primer año de vida de un hijo, o los 15 años de una adolescente; y algo muy diferente que cualquier festejo se transforme es una puesta en escena desmesurada y de manera constante; ya sea porque lo hacen otros compañeritos o porque la nena o el nene “quieren”.

- ¿Cómo se lo explicás al niño?

- Explicándoles que, como padres, no estamos de acuerdo en esa modalidad de festejo del amiguito. Que él, o ella, son nuestros hijos, y que le podemos brindar a su vez opciones para un festejo diferente, ya que existen otras maneras de celebrar muy hermosas. Las mismas tienen que ver con fiestas llenas de amor, amigos y diversión, ya que como familia se tiene una manera de festejar diferente a otras personas.

Como padres hay que aguantar el enojo de los chicos, o sus frases de “no te quiero más”, porque aunque sea difícil ponerles límites, es la mejor manera de amarlos y ayudarlos a crecer.

 

En primera persona

“La crianza de los hijos no es tarea fácil, y mucho menos poner límites regulados por uno mismo, cuando a su vez se está aprendiendo a ser padre y madre a la vez, como es mi caso. Quizá fue eso lo que me llevó a no tener un equilibrio respecto a mi hijo en los primeros años de vida. Recuerdo su cumpleaños de 4, cuando me ganó la desmesura y terminé armando casi un circo en casa: con payasos, malabaristas, y hasta un inflable... No sólo me endeudé excesivamente, sino que seguí en el ritmo de complacer a mi hijo en lo que me pedía hasta los 5 años. Fue en ese momento cuando vi que con mi falta de límites estaba criando a un tirano, al que ni mis amigos querían tener en su casa. Reaccioné. Pedí ayuda a una amiga psicopedagoga y trabajé en el día a día para inculcarle la importancia de valorar lo que se tiene, al igual que compartir con amigos. Fue desandar un camino difícil, pero valió la pena”. (Agustina, cosmetóloga, 45 años)

“Desde siempre le inculcamos con mi esposo a nuestros hijos, que aún teniendo el dinero o las posibilidades las cosas costaban, y lo que más valía eran los lazos y momentos que compartíamos en familia y con amigos. Por supuesto que les festejamos cumpleaños hermosos y hasta ahorramos para pagarle la fiesta de 15 a nuestra hija mayor; pero siempre dentro de nuestras posibilidades. También tuvimos que decir ‘no’ a lo que nos pedían, cuando nos parecía absurdo. A ningún papá le gusta ver que su hijo o hija se enoja por una negativa, pero con el tiempo fueron esos límites lo que nos hicieron criar niños felices, que valoraban cada cosa que tenían, o cada meta por lograr”. (Nora, docente 50 años)