Sup. Cultura Sábado, 28 de mayo de 2016 | Edición impresa

La experiencia de la lengua

La escritora y psicoanalista Vanesa Guerra trae una novela innovadora por donde se la lea: “Síndrome del montón”. “La sociedad es incapaz de pensar la angustia”, sostiene.

Por Augusto Munaro - Especial para Cultura

La escritora y psicoanalista Vanesa Guerra acaba de publicar “Síndrome del montón” (Tren en Movimiento/El 8vo Loco ediciones), novela con un importante sesgo innovador. Una prosa que parece estar más allá de los géneros, corrosiva, paródica, deliciosamente bien escrita, Guerra se aventura al adentrarse en lo real de la escritura como experiencia reveladora.

Una de sus premisas más interesantes es considerar a la teoría como ficción (y viceversa). Mecanismos, operaciones metatextuales que activan -a través de una lúcida ilación verbal- otras napas de narratividad con los sucesos y personajes. Coral, por momentos crudamente arltiana, “Síndrome del montón” es una firme apuesta afincada pura y exclusivamente en la lengua y sus intersticios. 

-¿Qué síndrome es el que ataca a los personajes de esta historia?

-Síndrome del montón es el nombre que toma la novela a fines del año pasado cuando la decisión de publicarla asume la fuerza para convertirla en un hecho. Este trabajo se conoció y estuvo colgado un breve tiempo en la web bajo el título Amanece arañado; era un nombre justo para los años en los que fue compuesta, la década de los 90. Para entonces, algo amanecía bajo una luz compleja, anómala, cierta cosa de la postmodernidad que supimos leer en Lyotard y Baudrillard hincaba su diente en este país pobre, disfrazado de ricachones que viajábamos con un dólar de baratija a cualquier lugar del mundo… ay, ¡costos antropofágicos!

En esos días, el pannick attac era una especie de virus, los profesionales de la salud, entre otros, diagnosticaban con ligereza tranquilizadora un Ataque de Pánico en quien tenían al lado, enfrente, abajo, arriba, en fin, recuerdo cómo se le arengaba, cómo se bajaba línea desde los medios, y cómo, por efecto, pululaban seres obedientes que apenas salían de la casa porque se mareaban, levitaban, vomitaban, se ahogaban, sudaban, deshidrataban el alma de forma repentina; en Todos, de algún modo, se gestaba la amenaza de una implosión existencial, recuerdo -muchos lo harán- cómo los acompañantes terapéuticos y contrafóbicos, más los grupos de confrontación multiplicaron ganancias y quehaceres, ¡Dios! eran tantos que habrían colmado innúmeros estadios; creo que fue una de las sintomatologías peor trabajada y considerada de la historia, por eso se volvió un producto de mercado que logró su gloria mediática, banal y arrasadora, esto último sobre todo, porque nadie cuestionaba nada, era un tapón y aún un tampón, toda una sociedad incapaz de pensar la angustia, de habitarla, de hacer algo con los restos, con los pliegues, de atender mínimamente a las señales, a lo que venía, todos muertos de miedo, un horda de zombies en la liviandad de la pizza y el champagne, del clonazepam y la sertralina, del talk show como formato de los primeros realities, y, mientras el desierto crecía con indiferencia abrumadora, deambulábamos hacia un reiterado origen de otra desdicha.

Hoy ya estamos amanecidos, rodeados, absolutamente enredados en las redes. Por eso creí que era mejor tomar el nombre Síndrome del montón, GSM (Grupo Síndrome del Montón) donde los personajes -unos cuantos extraviados- hacen lo que pueden (poco y con alto costo) con sus rasgadas  existencias. Síndrome del montón es un estado de horror en el que se habita ignorándole.

-¿Qué te permitió explorar a través de esta forma de narración “astillada”, donde se mezclan las subjetividades narradoras?

-Adoro las escrituras corales, polifónicas, mi cabeza funciona de esa manera (digo mi cabeza para que se entienda, en verdad nunca la siento mía, siempre la voy perdiendo) estoy habitada por diversas voces, por diversos puntos de vista; esa coexistencia me habilita a más conexiones con los otros, ilumina la discontinuidad existente en el todos y aun: entre yo y yo.

Eso tiene que ver con la experiencia identitaria, recuerdo lo que conversé con Juliana Corbelli -que escribió los paratextos para esta novela (ella es una interlocutora hermosa)- recuerdo que le dije: mirá Juliana, en general no digo que SOY psicoanalista, digo que me dedico al psicoanálisis, a la escritura; porque la identidad se me escapa todas las mañanas, desde lo básico. Me despierto y tengo que pensar de nuevo: soy mujer, soy hombre, qué soy; despierto y soy una especie de alma, esa es mi identidad; y ahora, Augusto, agrego que la experiencia de identidad es una fragmentación polifónica atonal.

En mi cabeza el formato yoico ha caído, está hecho trizas y eso me ha liberado: entre el desamparo y la felicidad hay un tris, un suspiro. No tolero (me aburren) las historias sin puntos de fuga, las vidas no tienen nada que ver con ese afán de completud cronológico-lineal, mi vida y la de muchos es más etérea, suele ser un disparate, una disrupción permanente.

-Si nos dejamos guiar por el prólogo de la novela, la historia comenzó a escribirse hace más de dos décadas; hacia fines de los 90, comienzos de siglo. ¿A qué se debió esa particularidad?

-La primera versión se compuso en la década de los 90,  y es esta que presento (hay más de veinte);  en el 2000  quedó finalista en un concurso que organizó Alfaguara & el foco.com, en México, después durante algunos años intenté llevarla sin demasiado ánimo a distintas editoriales, y si bien fue leída y recibida con cierto interés, nunca se publicó hasta ahora en que Ana Ojeda y Alejandro Schmied la alojan en la Colección Fuera de Serie, editada por El 8vo loco y Tren en Movimiento.

La demora no fue intencionada, sin embargo, me cierra más que el libro aparezca en este tiempo que en aquel momento; Mariana Docampo sugirió que volviera al ruedo con este asunto textual que, por cierto, había dejado como a la deriva, como sin destino, pero con demasiada presencia porque este trabajo siempre estuvo orbitándome como un deja vu; conversando largo, larguísimo con ella supe que este era el buen tiempo para Síndrome del montón.

-Hay capítulos completos construidos a base de diálogos. ¿Pensás que eso te permitió favorecer la acción del hilo narrativo?, ¿por qué?

-No sé si favoreció, lo que sé es que no pude ni quise resistirme a esas voces, no eran narrables, eran cuerpos sonoros, bodoques robustos, ocupaban mucho espacio... yo hubiera querido que esas zonas del libro fueran grabaciones, audios.

Y si bien una versión de la novela fue concebida de esa forma, finalmente creí que era más cauto que la voz del lector, esa voz tan íntima  y tan imposible para un otro, digo esa voz con la que alguien se lee a sí mismo, con la que alguien se habla o se piensa, o hace hablar a otros en sí en medio de una fantasmagoría, quedara solo irradiada solo por la letra, por la palabra impresa, o virtual.

-¿Según tu criterio, ¿existen otras escrituras rioplatenses que hayan explorado zonas cercanas al Síndrome del montón?, ¿acaso algún autor que venga a tu memoria?

-Posiblemente las haya y lamentablemente son libros que aún no he encontrado; en aquellos años leía de manera apasionada a Macedonio Fernández, era mi autor argentino preferido, y mis autoras amadas entonces eran Pizarnik (en sus modos más narrados y delirantes) y Silvina Ocampo.

Esa era mi Santísima Trinidad Literaria Argentina. Sé cuánto mordió, cuanto irradió, del mismo modo que sé que este trabajo está decididamente cruzado por Lyotard Baudrillard Freud + el conde de Saint German y Almodóvar + ciertas ideas de escuelas de psicología del yo, en particular las neoconductistas + el Homero (o LA Homero – Samuel Butler insistió que la obra fue compuesta por una mujer) de la Ilíada y la Odisea; ese cóctel fue un vuelo. Es verdad que me divertí, necesitaba un exorcismo, estaba aterrada, porque los 90 eran impunes y sensuales y todo el mundo caía o se zambullía en la trampa.

-¿Algún adelanto sobre tu esperado libro sobre Robert Walser?

-Estamos en eso, ya sale, en cualquier momento.