Sup. Cultura Sábado, 15 de julio de 2017 | Edición impresa

Jane Austen, osada pionera de las letras inglesas

El 18 de julio se cumplirán 200 años de la muerte de Jane Austen (1775-1817), afamada escritora de la época de la Regencia inglesa. A partir de un libro de John Mullan se establece este análisis sobre su escritura.

Por María Eugenia Berio - Magister en Literatura en Lengua Inglesa-UNCuyo

La idea de este análisis sobre la técnica y la obra de Jane Austen es compartir con los lectores una mirada sobre su osadía experimental en las letras británicas. 

Un libro maravilloso escrito por John Mullan en 2012 (“What matters in Jane Austen? Twenty Crucial Puzzles Solved”), entre muchos otros temas, nos ilumina sobre el grado de ‘atrevimiento’ presente en las obras de esta solitaria mujer. 

Jane Austen sabía que sus novelas eran diferentes. Esto se puede ver en su “Plan de una novela de acuerdo con indicios de varios cuartetos”, que escribió alrededor de 1816, no mucho después de haber publicado “Ema”.

Este plan está basado en los “indicios” (con los que se refería a pedidos o solicitudes) de relaciones particulares o conocidas, pero también es una lista de ingredientes aprendidos por las muchísimas novelas que había leído. En su tiempo, no había duda de lo que se esperaba de una protagonista femenina: “la heroína debía ser un personaje intachable en sí misma, totalmente buena, muy tierna y sentimental pero no por eso menos inteligente.

Las características buenas serán intachables en todo aspecto y no habrán flaquezas o debilidades excepto con los personajes malvados que serán totalmente depravados e infames”. Agrega el autor que la idea de que una heroína no debe tener ninguna mancha, lo que suena tan improbable en nuestra época,  habría sido completamente familiar para un ávido lector de novelas de ese período. Pero Jane Austen no coincidía con esta forma de construir a la protagonista. “Las imágenes perfectas, como saben, me enferman” escribió en una carta a su sobrina Fanny Knight, unos pocos meses antes de morir (“Letters”, 155). El interés de Austen en las fallas y errores de sus heroínas era, en sí mismo, algo extraordinario en la ficción.

Sin embargo, sostiene Mullan, la novedad que ella iba a introducir en las letras del período de la Regencia, iría más allá pues desarrolló técnicas para mostrar las contradicciones o, más aún, la oscuridad de las motivaciones de sus protagonistas. Austen les dio a sus lectores un sentido completamente diferente de la vida interior del personaje, pero a través de una nueva clase de narrativa en lugar de nuevas percepciones de la naturaleza humana. El manejo de la atracción entre Darcy y Elizabeth Bennet, por ejemplo, es un triunfo tanto de la técnica como de la sutileza psicológica. Elizabeth es una creación sin precedentes no sólo por su inteligencia y su aire de superioridad, sino porque Austen puede darnos una visión de la propia ignorancia de la heroína como así también de la de Darcy.

La innovación más poderosa de Jane Austen, según Mullan,  fue incluir esta falta de autoconocimiento de los personajes en la mismísima voz de la narración. Mucho más tarde, los críticos del siglo XX llamaron a esta técnica “discurso indirecto libre” y es la técnica narrativa más importante utilizada por novelistas tales como Gustave Flaubert, Henry James, James Joyce y Franz Kafka, entre otros. Una narrativa en tercera persona se hace cargo de los hábitos de pensamiento o del discurso de un personaje particular.

 

La innovación más poderosa de Jane Austen, según Mullan,  fue incluir la falta de autoconocimiento de los personajes en la mismísima voz de la narración.

 

Es un estilo en el cual “la forma de decir de la narración imita y se distancia continuamente de la forma de ver del personaje”. Nada es más importante en la ficción que los medios por los cuales la novela reproduce los pensamientos del personaje. La crítica austríaca Dorrit Cohn asegura que “el mundo real se convierte en ficción solamente al revelar el lado escondido de los seres humanos que lo habitan” y reconoce a Jane Austen como la primera gran practicante de lo que llama “monólogo narrado”, lo que no es otra cosa que el discurso indirecto libre.

Mullan asegura que los críticos han tratado de encontrar ejemplos del uso de este estilo en novelas anteriores y contemporáneas a Austen; autores que hayan insertado los pensamientos de sus personajes en la narrativa sin usar comillas. Pero, extraordinariamente, Jane Austen no sólo descubrió la posibilidad de usar el discurso indirecto libre, sino que produjo en “Ema” un ejemplo de su uso que casi no ha podido ser igualado. Mullan afirma que Austen se sentía tan segura de su control de la técnica que hizo que el argumento de la novela dependiera de ella.

Cuando Harriet le cuenta a Ema que se siente atraída por otro hombre, Ema piensa que sabe lo que su protegida está diciendo. En “Ema”, la narrativa se refracta casi por completo a través de la percepción de un solo personaje, Ema. Tanto en “Orgullo y prejuicio” como en “Mansfield Park”, el acceso a las mentes de muchos personajes diferentes está permitido, aun cuando predominan las heroínas. Mullan sospecha que era un deleite especial de Jane Austen inmiscuirse en las opiniones de algunos de sus personajes y cita como  ejemplo el pasaje en el que Charlotte Lucas, en “Orgullo y prejuicio”, reflexiona sobre su éxito en convencer al señor Collins de que le proponga matrimonio, el que ella acepta gustosa.

El crítico estadounidense Harold Bloom compara a Jane Austen con Shakespeare en el sentido de que, a su entender, ningún otro autor/a nos ha dado figuras centrales y periféricas totalmente consistentes en su modo de hablar y de su percepción de la realidad circundante y, al mismo tiempo, intensamente diferentes unos de otros. Bloom asegura que Jane Austen aprendió la lección más difícil de Shakespeare: manifestar simpatía hacia todos los personajes, aún hacia los menos admirables, mientras se separa, inclusive, de su favorito, Ema. 

Para concluir esta ínfima mirada a la técnica desarrollada por Jane Austen nos hacemos eco de las palabras de Bloom sobre por qué la leemos, “porque ella parece conocernos mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos; y parece que nos conoce tan íntimamente por la sencilla razón de que ayudó a determinar quiénes somos tanto como lectores como seres humanos”.