Sup. Cultura Sábado, 28 de marzo de 2015 | Edición impresa

Federico Moccia, un escritor encadenado al amor

En su libro “Tengo ganas de ti”, el autor italiano inventó el rito de poner candados en los puentes, que hoy miles de enamorados cumplen en todo el mundo.

Por La Voz del Interior

¿A qué se deben tantos candados amarrados al Puente de las Artes, en París; al Vecchio, en Roma; al Luzhkov, en Moscú; al de la Mujer, en Buenos Aires, o al Puente Uruguay, en Carlos Paz, entre tantos otros de todo el mundo?

A una historia de ficción. A un libro. Es que el escritor italiano Federico Moccia, autor de “Tres metros sobre el cielo”, escribió una novela en la que un joven violento se enamora, sentimiento que funciona como un antídoto y transforma su corazón y su vida.

Pero no es en esos párrafos donde aparecen los famosos candados sino en la segunda parte de la historia: “Tengo ganas de ti”. Los pequeños objetos de metal se vuelven protagonistas y terminan por liberarse de esas páginas para inundar los puentes de varias ciudades del planeta.

El propio Moccia, de reciente visita a la Argentina para presentar su última novela, “Ese instante de felicidad”, explica cómo nació la idea: “Quería encontrar algo que no manchara las paredes”, como sucede con los grafitis que se dedican los enamorados y que era el recurso romántico que utilizó Moccia en “Tres metros sobre el cielo”.

“Pero me di cuenta de que en Roma no existía ningún símbolo de amor. En un tiempo se usaba ponerle un pañuelo a la estatua de Venus, en Aventino. Pero la estatua acabó por romperse. Entonces me acordé que, en Italia, cuando uno terminaba el servicio militar, se llevaba el candado de recuerdo (ya que era un objeto muy utilizado; siempre a mano).

Y me pareció que en lugar de relacionarlo con la guerra, era mejor unirlo al amor. Una semana antes de publicar el libro, fui al puente Milvio –que para entonces estaba fuera del circuito turístico– para, como sucede en la novela, colgar un candado. De modo que si algún lector se acercaba, podía confirmar que allí estaba”, revela el novelista.

La sorpresa fue grande cuando, según él, una semana después de que el libro saliera a la venta, había unos 400 candados colgados. Lo interesante es que ese objeto trivial “ha cambiado su significado”. Antes se relacionaba con una bicicleta, una moto o el clásico armario de los gimnasios mientras que ahora, “si alguien te regala un candado, es que está enamorado de vos”, asegura Moccia.

–¿Pero no es contradictorio que algo que sirve para atar o retener sea sinónimo de amor, cuando ese sentimiento tiene que ver con una elección libre de dos personas de compartir sus vidas?

–Es cierto. Pero para mí, no necesariamente debe ser visto como falta de libertad; sí como una promesa de unión. Es como decir “te amo”. Imagino que hay un compromiso de no fijarse en otra persona. Es un sello de amor. El candado tiene que ver con esa unión. De todas maneras, es tu corazón en el que, en su libertad, elige cada día a una persona.

 

Aventuras a pedido
Lo cierto es que Moccia ya lleva publicados siete libros. Todas novelas románticas, de una narrativa clara en la que los diálogos están absolutamente presentes y que atraen, sobre todo, a un público joven (como los protagonistas de sus historias), aunque no de manera exclusiva.

En “Ese instante de felicidad”, el escritor italiano incluye a una protagonista argentina. Aunque, si el texto se comprara en alguna librería de España, aquella chica encantadora será, en realidad, oriunda de España.

Así, Moccia parece escribir a pedido o, por lo pronto, atendiendo los supuestos deseos de los lectores. De hecho, la nacionalidad de ese personaje femenino se adapta a otros países como Colombia, México, Serbia, Montenegro y, en breve, Polonia.

En Italia, sin embargo, la chica es estadounidense. Es que debía ser extranjera.

Y así, Moccia toma otro desafío: escribir una segunda parte llamada Tú, simplemente tú. En ella, los dos amigos romanos que habían conocido a dos turistas argentinas en Roma, son los que las seguirán hasta Buenos Aires.

El escritor revela que el libro está casi listo. “Aún me falta terminar de delinear la atmósfera, las costumbres y modismos locales. Y definir, por ejemplo, a qué lugar irán a comer. En este libro, tomarán subte. No así en el de Colombia, porque no hay”, indica.

 

Historias de corazón
De algún modo, Moccia se ha vuelto especialista en relaciones amorosas, por lo que es ineludible consultarle por su mirada acerca de ellas. Opina que la tecnología ha modificado “las formas de expresión y la comunicación del amor. Si antes te ibas de vacaciones, extrañabas a tu novia porque no tenías manera de llamarla, como sí tenés ahora gracias al teléfono celular. Pero la amabas igual.

De la misma forma, escribías una carta de amor a mano y esperabas días y días para recibir una respuesta. En la actualidad, por más que estés en Australia, recibís un correo aunque sea extenso. De todos modos, el dolor, la desilusión y la belleza que tiene el primer amor, permanecen iguales. Cambia todo, pero no las emociones”, concluye.

–¿Qué aspectos del antiguo modo de relacionarse extraña y cuáles de los actuales tienen ventajas?

–Extraño mucho la carta escrita a mano. Porque la letra de quien te escribía te abría un mundo sobre su personalidad y sus particularidades. De hoy me interesa mucho la capacidad digital. El poder subir la foto enseguida y poder compartir lo que está viviendo el otro al instante. A pesar de estar lejos, te sentís cerca de esa persona.

–¿Por eso el surgimiento de las relaciones a distancia?

–Claro. Es muy lindo ver una mente abierta y responsable pudiendo vivir una relación a distancia sin necesitar tener control sobre el otro. Pero tienen que ser dos personas que tengan la misma mentalidad y que amen de la misma manera.

–Es un desafío…

–Eso es porque estamos acostumbrados a cierto sentimiento de desconfianza. Podés estar muy bien con alguien pero, en su lugar, terminar eligiendo a otra persona por tener la facilidad de encontrarse. Tiempo atrás, cuando los soldados iban a la guerra, las distancias no se podían resolver con aviones. Pasaban años sin verse. Y aún así amaban profundamente a sus mujeres.

–¿Qué es lo que más disfruta de escribir sobre el amor?

–Primero que el amor tiene muchas capacidades. Te hace mejor persona. Además, es el componente mágico que tiene una historia. En Tres metros sobre el cielo, el protagonista era un chico violento porque sufrió una gran desilusión con su madre, pero cuando se enamora de una chica muy diferente a él, comprende que la violencia no es el camino. 

 

Hacerse la película

Moccia, quien solía trabajar como escenógrafo en cine y como guionista en televisión, no tuvo éxito cuando quiso publicar su primera novela. Fue rechazado por las editoriales.

Pero con una necesaria cuota de optimismo y un poco más de autoconfianza, se ocupó de gestionarse la impresión de la novela que, a partir de la aceptación de un considerable número de lectores, atrajo, finalmente, el interés de quienes lo habían ignorado inicialmente.

La masividad llegó a tal punto que algunas de sus novelas saltaron a la pantalla grande de Italia y España. Y si bien reconoce que le gusta participar de esas adaptaciones, también señala que “es difícil” porque cada director pretende tomar sus propias decisiones.

Por eso, en definitiva, de “lo único que me ocupo es de que respeten el libro y que no vayan en contra de los personajes. De todas maneras, cuando veo la película, la tomo como algo independiente del libro”.

Y cuenta una anécdota: “cuando vi la película ‘Tres metros bajo el cielo’, me resultó extraño que la protagonista fuera morocha cuando en la novela es rubia, de ojos claros”.

De hecho, el personaje está basado en la ex mujer de Moccia: “Cuando ella leyó el libro, me llamó y me dijo ‘me gustó mucho; pero la protagonista no se parece a mí en nada’. Y pensé ¿con quién estuve entonces si no se parece a ella? Y ahí entendí cómo somos capaces de proyectar en una persona otra película”.

Lo cierto es que, a la hora de escribir una nueva novela, Moccia lo hace sin pensar en la posibilidad de una posterior versión en el cine. De otro modo, sentiría limitada su creatividad ya que, cuando se trata del séptimo arte, las exigencias son otras. Pensaría: “Esto tiene un alto valor; esto no se podría hacer. Y lo bonito es que cuando escribís nadie te puede decir que algo no puede suceder”.