• Domingo, 19 de junio de 2005
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El escritor que rescató a Di Benedetto

Con la muerte de Juan José Saer, nuestro país perdió a uno de sus escritores esenciales. Era santafesino pero vivió en París los últimos treinta años.

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La muerte de Juan José Saer ocurrida hace poco más de una semana significa para este país ni más ni menos que la pérdida de uno de sus escritores más sólidos y brillantes. La noticia, sin embargo, pasó casi desapercibida, salvo por las breves semblanzas y comentarios de ocasión aparecidos en algunos diarios y suplementos. No es extraño, si uno lo piensa bien, en un país que hace rato puso en remate, entre otros tesoros, su rica tradición cultural y que en la actualidad sobrevive a las malas extraviado en una de sus peores adicciones: mirar en la TV las groserías de la TV y las trapisondas sin fin de su clase dirigente.

El santafesino Juan José Saer, nacido en 1937 en el pueblo de Serodino, estuvo siempre en las antípodas del abrumado país que decantó de mediados de la década de los '70 a la fecha. Vivió en Francia desde el '68 pero, como Cortázar, siempre se mantuvo ligado a los sucesos habitualmente difíciles que ocurrían aquí. Su carrera literaria se inició en 1960 con la publicación de “En la zona”, una colección de cuentos en la que empezaba constituirse lo que luego sería reconocido como “el sistema saeriano”, con lugares y personajes de su Santa Fe natal que iban a reaparecer una y otra vez en sus obras posteriores: “Palo y hueso” (1965), “Unidad de lugar” (1967), “La Mayor” (1976), entre las colecciones de cuentos; y en muchas de sus numerosas novelas como “Responso” (1964), “El limonero real” (1974), “Nadie nada nunca” (1980), “El entenado” (1983), entre otras.

Pero Saer también escribió poesía (“El arte de narrar”, de 1977) y fue un penetrante ensayista, lo que se puede apreciar en sus libros “Para una literatura sin atributos” (1988), “El concepto de ficción” (1997), “La narración-objeto” (1999). Entre ellos hay que agregar, y destacar sobre todo, “El río sin orillas” (1991), un espléndido ensayo con el Río de la Plata como personaje central, que Saer escribió por encargo al despuntar los '90 en uno de sus regresos al país.

Quizá hoy, cuando Argentina busca una “salida del infierno” como gustan decir algunos de sus políticos más conspicuos, sería muy oportuno que en colegios y universidades se recomendara la lectura de esta obra, en especial del capítulo “Invierno”, en el cual Saer revisa lo ocurrido en nuestro país en las últimas décadas.


Saer y Di Benedetto

Los mendocinos tenemos razones más que suficientes para tributarle un reconocimiento a este escritor santafesino, dado que en épocas (1973) en que empezaban a abundar el exitismo y la tilinguería literaria (aunque un poco menos que ahora) fue capaz de ver y de reseñar en uno de sus textos críticos, los valores excepcionales de la obra de Antonio Di Benedetto, en especial de su novela Zama.

En un texto de 1973 anota Saer entre otras cosas: “Si los críticos de habla española hablaran de los buenos libros y no de los libros más vendidos y más publicitados, de los libros que trabajan deliberadamente contra su tiempo y no de los que tratan de halagar a toda costa el gusto contemporáneo, Zama hubiese ocupado en las letras de habla española, desde su aparición, el lugar que merece y que ya empieza, de un modo silencioso, lento y férreo, a ocupar: uno de los primeros. Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama”.

Saer despotrica en ese texto contra lo que era en esos tiempos la “moda literaria”, en la que estaban incluidas muchas de las obras del llamado “boom latinoamericano”. Y agrega un poco más adelante: “Zama no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde el siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la condición profunda de América...”

Esta opinión sobre Zama y la alta ponderación que hacía de Antonio Di Benedetto (“hay un estilo Di Benedetto” escribe en el mismo texto), Juan José Saer los va a confirmar dos décadas después (1995) en una nota aparecida en el suplemento Primer Plano del diario Página 12 para saludar la reedición de Zama. Allí escribe: “El rigor de Zama está presente en los otros grandes textos de Di Benedetto. Cuatro novelas -El pentágono, Zama, El silenciero y Los Suicidas- y una quincena de relatos de diferente extensión, constituyen un universo narrativo de primer orden, por su unidad estilística y formal y por su lucidez sin concesiones.”

El tramo final de este texto sobre Di Benedetto tiene un regusto amargo y quizá pueda provocar más de un sobresalto por estos lados: “Los que tuvimos la suerte de ser sus amigos -lo que no estaba exento a veces de afectuosas dificultades- sabemos además que en la obra estaba presente la integridad de la persona, hecha de discreción, de penetración amarga, de abismos afectivos, de nobleza y de ironía. En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad...”

En los bordes de lo real

Así como Saer destacaba que la obra de Di Benedetto resultaría ineludible por su calidad, lo mismo puede decirse ahora sobre Saer, cuyos libros apenas hace poco más de una década han empezado a ser reconocidos. Es que, agobiados por una realidad mezquina y torpe, los argentinos tardamos demasiado tiempo en llegar a estas voces que han reflexionado con altura y profundidad sobre nuestro destino como país.

La realidad, lo real, es justamente el tema de fondo en la literatura de Saer, y él era un buscador minucioso e insobornable. Quizás en la relectura alerta de sus ficciones sea al fin posible encontrar los avisos de esa otra realidad que necesitamos construir.

El camino de Saer. (Serodino, Santa Fe,

1937 - París, 2005)



Juan José Saer fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, y en 1968 se radicó en París. Su vasta obra narrativa, considerada una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea, abarca cuatro libros de cuentos, “En la zona” (1960), “Palo y hueso” (1965), “Unidad de lugar” (1967) y “La mayor” (1976), y diez novelas, entre las que se destacan “Cicatrices” (1969), “El limonero real” (1974), “Nadie nada nunca” (1980), “El entenado” (1983), “Glosa” (1985), “La ocasión” (1986, Premio Nadal), y “Las Nubes”. En 1991 publicó el ensayo “El río sin orillas”, con gran repercusión en la crítica. Su obra ha sido traducida al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.