• Lunes, 20 de marzo de 2017
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Ese encantador infierno del descontrol

“Esta vez pasó en Olavarría, pero algo similar -aunque infinitamente más trágico- ya había pasado en Cromañón. Y no aprendimos nada.”

Por Néstor Sampirisi - nsampirisi @losandes.com.ar

 

¿Son por acaso ustedes, 
hoy un público respetable? 
¿Pueden acaso beber el vino por ustedes envasado? 
¿Puede alguien decirme? 
- ¡Me voy a comer tu dolor! 
Y repetirme 
- ¡Te voy a salvar esta noche! 

 
El infierno está encantador esta noche 
(del álbum Gulp, 1985) 
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota 

Siempre vamos a llorar sobre la leche derramada. Parece. Acostumbrados al “lo atamo con alambre”, al “aguante”, a que la “cultura fierita” campee lo más rampante. Siempre vamos a llorar sobre la leche derramada, cuando ya nada se puede hacer, cuando ya es tarde. 

Esta vez pasó en Olavarría, pero algo similar -aunque infinitamente más trágico- ya había pasado en Cromañón. Y no aprendimos nada. Hay que decirlo: en los recitales del Indio Solari, salvo la performance arriba del escenario, todo pende de un hilo. Según la liturgia de la “misa ricotera”, la policía no debe estar para que no se enojen “las tribus”; “las bandas” saben que entran aunque no hayan pagado sus tickets; el alcohol y la droga corren como el agua desde días antes del espectáculo. No hay mejor caldo de cultivo.

“El sold out (entradas agotadas) para mi público no existe, van igual”, le dice el Indio Solari a Mario Pergolini en la entrevista que forma parte de “Tsunami, un océano de gente” (el documental de Vorterix estrenado a fines del año pasado) que retrata el show de Tandil del 12 de marzo de 2016, al que se calcula que asistieron 200 mil personas. La clave de la pesadilla parece estar en otra respuesta, ironía mediante, que suena casi a un anticipo de lo que vendría: “Vamos a explicarle a Mick (Jagger) que se haga de abajo. Empezó a joder con el pogo más grande del mundo. En la misma noche 160 mil personas, no es lo mismo que en tres días. Un pogo de 160 mil personas no es sopa”. El Indio disfrutaba de estas cosas y la organización de sus recitales las estimulaba.

Sería tranquilizador que los culpables fueran el intendente de Olavarría (Ezequiel Galli), la empresa organizadora En Vivo SA (relacionada con el Indio desde 2005) y el propio Solari. Muy tranquilizador. Y seguramente sean los principales responsables de lo que pasó, aunque en distinto grado. Porque no tomaron las previsiones de seguridad ni dispusieron del personal suficiente ni se plantearon que un show para 200 o 300 mil personas es una enormidad inmanejable y peligrosa. Claro, así es más barato. No es lo mismo alquilar un predio, sonido, escenario, baños químicos y contratar personal para dos o tres días que mantenerlo una o dos semanas para una serie de shows más chicos a los que, en total, asista la misma cantidad de gente. Se gasta más, se gana menos.

Sería tranquilizador que sólo el intendente, los hermanos socios de la productora (Marcos y Matías Peuscovich) y el músico fueran los culpables. Será justo que se investigue, se juzgue y se establezcan las penas que correspondan. Es lo que debería suceder.

Tranquilizador salvo por un detalle: una vez más, nos eximiría de responsabilidades a los demás, a lo que hacemos los demás. A los que van con niños y los exponen a riesgos inusitados en esos lugares. A los que van sin entrada pero igual entran. A los que viajan sin boleto de vuelta o sin alojamiento. A los que toman alcohol hasta el desmayo. A los que delinquen aprovechando el genuino gusto por la música de la infinita mayoría. A los que hacen su “agosto” vendiendo merchandising trucho, drogas, comida sin control bromatológico o fletando transportes de dudosa legalidad. Todos absueltos. Una tranquilidad.

Así, como en Cromañón, y en tantas otras ocasiones trágicas, evitaríamos mirarnos. Evitaríamos reflexionar sobre la “cultura del aguante” y sobre adónde nos ha llevado la ‘barrabravisación’ del rock que tiene un origen, quizás involuntario, en los Redonditos de Ricota e incluye a Los Piojos, La Renga y Callejeros como destacados continuadores. Seguir a la banda adonde vaya, llevar banderas con sus colores, saltar y cantar consignas contra otros grupos (el “que se muera Cerati...” de los ricoteros es emblemático) es parte de ese folclore. Todo parece un juego, una diversión adolescente, hasta que de verdad mueren personas.

Así tampoco indagaríamos en esa subcultura “fierita” que lentamente nos fue narcotizando como consecuencia de la pauperización social y cultural del país, de la pérdida de calidad educativa, de la relativización de valores, de la mala prensa que tienen los límites y las exigencias, de la desaparición del concepto de autoridad y de la extinción de verdades aceptadas como universales. Eso que el sociólogo Zygmunt Bauman describió como la “modernidad líquida” pero que en la Argentina se traduce en la más absoluta negación de cualquier ley o convención social ordenadora, por razonable o moderada que sea. “¡Sacate la gorra!” es la frase que fulmina.

Y desde hace años, en la cúspide del poder político y económico del país parecen disfrutar de eso. Tal vez para estupidizar y manejar mejor a la clientela. Tal vez por irresponsables y corruptos. Tal vez por inescrupulosos. Gobiernos que vota la mayoría, que no son marcianos, son lo que elegimos. Claro, también es más fácil y tranquilizador creer que esos dirigentes son excepciones a la regla porque nosotros, el pueblo, la gente, nos han convencido, somos maravillosos.

“No crean todo lo que se dice. Los medios están vendiendo pescado podrido”, fue lo primero que comunicó el Indio Solari tras la tragedia de Olavarría. Típico, la culpa, siempre, pero siempre, la tiene otro. Genial artista, tan argentino.