Opinión Sábado, 16 de septiembre de 2017 | Edición impresa

Ella no es una persona, es atmosférica

Por Por Silvana Vignale - Doctora en Filosofía, Investigadora del CONICET

¿Quién es Esther Díaz? Ensayar su presentación por el "semblante" es querer captarla por lo ilusorio de su "identidad personal", como si fuera una, siempre y la misma Esther. 

Durante dos mil años el dispositivo de la persona -como lo señala Roberto Espósito- ha sido una máquina teológico-política de poder, que se ha servido de la separación de lo que somos en dos naturalezas: una racional e inmaterial, otra corpórea y animal. Como se sospecha, la última ha quedado subsumida por la primera, que se presenta como "superior", y por la que el cuerpo ha oscilado siempre entre la persona y la cosa. Objeto de desprecio de la moral por veinte siglos, sin embargo, es el lugar propio de las resistencias políticas.

El cuerpo es político, y Esther, que sabe de esto, sabe también que es el propio cuerpo el que nos tensiona a pensar de otra manera. Porque la filosofía no es una disciplina para aprender "lo que conviene conocer", sino para alejarse de uno mismo.

El ejercicio de la filosofía no debe ser el de legitimar lo que ya se sabe sino el cuestionar el propio pensamiento, para saber si es posible pensar de otra manera, llegar a ser otros de los que somos. Y también es, si interrumpimos todo dualismo entre cuerpo y alma, no sólo la invitación a otro pensamiento posible sino también a otro cuerpo.

No se puede entonces presentar a Esther por su semblanza, cuando ella misma se ha ocupado de deshacer los rostros y de jugar con las máscaras de las tragedias griegas. Para quienes hemos estado y estamos cerca de ella, aprendimos -con trabajo, con el trabajo que entraña deshacerse de rostros- que la filosofía y que las clases de filosofía son, cada vez, una celebración, una fiesta del pensamiento. Que no podemos dejar el cuerpo al costado del escritorio y de nuestros libros, que en él reside la potencia del pensamiento. 

Tal vez haya una forma de presentarla, y es la forma en que Deleuze percibía a Foucault, uno de los amores filosóficos de Esther, como ella misma lo cuenta. Parafraseándolo, podríamos decir que se trata de uno de esos raros casos de ser humano que al entrar en una habitación, cambia la atmósfera. Esther no es sólo una persona.

Entra a dar sus clases y cambia el aire. Esther es atmosférica, es una emanación de múltiples fuerzas que se precipitan en un escenario -porque, por otro lado, siempre se trata de un escenario-. Es un viento, una constelación de ideas que se encadenan de una forma palpable. 

El mejor encuentro con ella es verla en sus clases, leerla en sus textos. Por otro lado no hay mejor encuentro que aquél en que no hay presentaciones.