Opinión Martes, 30 de diciembre de 2014 | Edición impresa

El sesgo peronista

En una Argentina en recesión y con una situación social mucho peor que la de los dos diciembres precedentes, esta vez no hubo puebladas, ni fracasadas -2012 y 2013- ni exitosas, como en los gobiernos de Alfonsín y De la Rúa. Están cerca las elecciones de

La noticia de este fin de año es que no hay noticia. Es decir: no hay saqueos. Los prestidigitadores del Relato han dado debida cuenta de ello haciendo que los medios K pasaran de la épica de la revolución redistributiva a la más modesta pero más eficaz epopeya de “El país aún no explotó”.

Más problemático resulta el indagar las razones de la ausencia de saqueos en una Argentina que lleva un año largo de recesión, en la que la pobreza afecta ya a un tercio de la población y en la que la situación social es mucho peor que la de los dos diciembres precedentes, en los que sí hubo saqueos.

Nada cuesta por lo tanto relacionar la ausencia de saqueos de 2014 con la cercanía de las elecciones de 2015, y de un posible acceso al poder del peronismo sin necesidad de destitución vía puebladas como las que fracasaron en 2012 y 2013, con el peronismo en el poder, y tuvieron éxito en 1989 y 2001, con el peronismo en la oposición. Vaya uno a saber por qué.


Mejor no. Mejor seguir pensando que los saqueos son una manifestación de indignación social. Mejor seguir creyendo que vivimos en una democracia y no en un régimen de partido único.

No vaya a ser que descubramos que en un país en el que un solo partido puede gobernar la democracia se acabó y los Reyes Magos nos dejen sin regalo. Mejor seguir cerrando los ojos invocando los motivos enumerados por Wystan H. Auden: por miedo a que veamos dónde estamos, perdidos en un bosque de fantasmas; niños temerosos de la noche que no han sido nunca felices ni buenos.


No sólo no hubo saqueos. El decimotercer aniversario del 20 de diciembre de 2001 tampoco pasó inadvertido. Cientos de manifestantes circularon por las calles glorificado la gesta del “Argentinazo” y rememorando los caídos en combate contra las fuerzas del Mal.

Lo sé, que la Corriente Clasista y Combativa, el Partido Comunista Revolucionario y la Corriente Estudiantil Antiimperialista salgan a las calles no constituye motivo de escándalo.

Lo que sí es un escándalo es que una sociedad supuestamente madura e informada esté convencida de la misma versión de los hechos que la Cuarta Internacional; a saber: que en diciembre de 2001 treintaiocho héroes populares que intentaban salvar al país fueron fusilados en la Plaza de Mayo en la salvaje represión ordenada por el radicalismo, la Alianza y el neoliberalismo internacional. 


Y bien, no. Según fuentes escasamente elitistas como la agencia periodística Paco Urondo y la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi), de los 38 muertos en los disturbios de diciembre de 2001 la mayoría no cayeron en manifestaciones políticas sino en saqueos, y sólo tres (Benedetto, Almirón y Riva) murieron en los alrededores de la Plaza de Mayo.

Junto a otros cuatro muertos en la ciudad de Buenos Aires, que cayeron lejos del centro de la Plaza, son siete y no treintaiocho los caídos en el único distrito argentino bajo jurisdicción exclusiva del Poder Ejecutivo Nacional encabezado por De la Rúa, en tanto los restantes treintaiuno cayeron en las provincias, donde la intervención del peronismo fue decisiva tanto en el impulso de los saqueos como en su represión a manos de policías provinciales comandadas por los gobernadores. Peronistas, en casi todos los casos, desde ya. 


De manera que la leyenda del pueblo peronista en las calles y las fuerzas represoras oligárquicas no es más que eso, una leyenda. Una leyenda que ha servido para ocultar que lo sucedido en diciembre de 2001 fue un capítulo del manual destituyente que el peronismo ha aplicado con éxito contra los gobiernos de la oposición.

Quien mejor describió lo sucedido fue el tucumanísimo viñetista de El País, Bernardo Erlich: “Fueron los vecinos saqueando al vecino con almacén, aunque el kirchnerismo, en su afán de revisionar la historia, lo narre como la épica de los desposeídos contra el ajuste neoliberal. Épica las pelotas. La larga noche del 2001 fue un vale todo.

Era el territorio nacional transformado en zona liberada por los punteros del partido que terminó empujando a De la Rúa al helicóptero, con la colaboración de la policía que se retiró y dejó hacer.

Y cuando volvió a escena fue para proteger a los hipermercados, abandonando los comercios de barrio a la buena de Dios. Y Dios, esa noche, estaba en otra cosa.

En ese momento me volví un escéptico absoluto sobre el futuro argentino. Si la cana se retira de las calles y tu vecino, porque te puede chorear sin que nadie lo detenga, va y te chorea, sobre eso que se acaba de instalar como norma no podés construir nada. Y no se vuelve, hermano. No se vuelve nunca más”. 


Para quienes no crean en las palabras de Erlich están las de una Cristina Kirchner en pánico, pronunciadas por cadena nacional cuando creyó que iban por ella en diciembre de 2012: “Este es un manual para saqueos, violencia y desestabilización de gobiernos que tiene su historia... se inauguró el primer tomo de este manual en el final del gobierno del doctor Alfonsín.

Más allá de la situación económica y social... sectores políticos, y fundamentalmente sectores del Pejota, todos lo sabemos perfectamente... Y la verdad es que tampoco fueron espontáneos los saqueos que terminaron con el gobierno del doctor Alfonsín. Todos lo sabemos”.

Y después, en un crescendo a toda orquesta: “Lo mismo pasó en 2001. Más allá de los terribles errores y horrores del estado de sitio de De la Rúa y las 38 muertes... Sabemos cómo se organizó eso. Sabemos quiénes eran los actores. Sabemos que comenzó en la Provincia de Buenos Aires... bueno, toda la vieja historia que ya conocemos los argentinos”.

Lamentablemente, la Presidenta que tanto sabía nunca aclaró por qué no había denunciado estos hechos en 2001, como era su obligación de senadora, en vez de pedir la renuncia de De la Rúa... 


Ahora bien, es imposible que una versión tan distorsionada de los hechos de diciembre de 2001 se haya transformado en el registro histórico prevalente sin la colaboración de importantes sectores de la dirigencia nacional. Se trata del sesgo peronista.

Un sesgo permanente en la percepción de lo que sucede en la Argentina del que son responsables las agachadas de los políticos opositores, de los intelectuales y de los medios de comunicación.

Es que en la Argentina nadie se mete con el peronismo, ni con la vieja. Y nadie se mete con el peronismo porque el que se mete es crucificado por gorila, vendepatria y agente del imperialismo internacional.

Orwellianamente, es ese sesgo peronista de la información y la memoria el que ha permitido que el peronismo gobierne el país veintitrés de los últimos veinticinco años y haya controlado el Senado, los sindicatos y casi todas las provincias durante los otros dos.

Y es el sesgo que habilita hoy a que el peronismo esté en condiciones de prorrogar su triste hazaña por otros cuatro años; sin que importe la espantosa decadencia en que ha sumido al país. Total, no falta nunca el colaboracionista que recuerda los agitados finales de los gobiernos radicales como si hubiera habido un solo gobierno peronista que no haya terminado mal. 


En la Argentina del sesgo peronista todo crítico del Gobierno es acusado de agente del club de la mala onda, el desánimo destituyente y el golpe de mercado; mientras las autoridades peronistas se burlan en público del helicóptero de De la Rúa con la mayor naturalidad.

Gracias al sesgo peronista el político opositor que se olvida el nombre de la mujer de Tinelli es calificado de idiota; pero si el que se saca fotos a lomos de un caballo de calesita o haciendo asados en manga larga es peronista se lo halaga por estadista y genio de la estrategia electoral. Ninguna novedad.

Empezó el 6 de setiembre de 1930 con el primer golpe de Estado y la desgracia nacional, cuando la foto de Uriburu que llegaba triunfante a la Casa Rosada acompañado por el capitán Perón fue ocultada con éxito de la vista de todos. Por décadas, quiero decir. Desafío al lector a que la recuerde, si puede.

Y sin embargo todos recordamos cada una de las fotos icónicas de la liturgia peronista: los pies en las fuentes del 17 de Octubre, las movilizaciones de apoyo al primer gobierno peronista, el abrazo entre Evita y Perón el Día del Renunciamiento Histórico, Perón volviendo al país protegido por el paraguas de Rucci, la interminable cola del velatorio del General, y muchas más. La de Perón con Uriburu, no.

La de Perón con Uriburu, caca. Y sin embargo, es la foto crucial del siglo XX argentino; la del primer golpe de Estado y la del nacimiento unitario del Partido Populista y el Partido Militar, las dos fuerzas que desde entonces habrían de gobernarnos casi sin solución de continuidad. 


Sigamos pues hablando de los 38 muertos de De la Rúa, creyendo que vivimos en una democracia y cerrando los ojos ante las fotos inconvenientes que muestran los orígenes de la decadencia nacional.

Callemos ante el sesgo peronista y hagamos profesión de fe del relato nacional y popular. Por miedo a que veamos dónde estamos, perdidos en un bosque de fantasmas; niños temerosos de la noche que no han sido nunca felices ni buenos.

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para Los Andes