• Martes, 12 de abril de 2016
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El relato oficial

Durante la larga hegemonía kirchnerista el cine fue uno de los instrumentos principales desde donde se intentó construir una doctrina oficialista, impidiendo a la vez el apoyo del Estado a cualquier otro tipo de films que de algún modo -directo o indirecto- cuestionaran tal relato.

Por Fernando Iglesias - Periodista - Especial para Los Andes

 

“El Olimpo vacío", de Pablo Racioppi y Carolina Azzi, es uno de los mejores documentales argentinos de los últimos tiempos; una brillante descripción de un momento en la vida de uno de nuestros intelectuales más interesantes, comprometidos e independientes: Juan José Sebreli.

A la vez, "El Olimpo vacío" es una crítica feroz del nacionalismo autoritario que en nuestro país han encarnado el Partido Militar y el Partido Populista, así como de los mitos que aún adora buena parte de la sociedad nacional: Gardel, Evita, el Che, Maradona, el Mundial 78 y la gesta de Malvinas.

Conocí a Pablo cuando comenzaba el proceso de filmación de "El Olimpo vacío" y somos amigos desde entonces. "La carpeta con el proyecto de la película -me cuenta- fue enviada en 2008 al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Obviamente, al mes me mandaron un mail agradeciéndome que hubiera mandado un proyecto y diciéndome que no había quedado seleccionado". Subrayo el "obviamente". 

Por suerte, Pablo y Carolina pudieron seguir adelante con "El Olimpo vacío", la película se estrenó en el Bafici 2013, tuvo todo el éxito que un documental antipopulista y antinacionalista puede tener en nuestro país, Sebreli obtuvo una mínima parte del reconocimiento que se merece y el agua siguió corriendo bajo los puentes; es decir: el Incaa siguió coleccionando denuncias penales contra sus directores y financiando memorables bodrios nac&pop. 

Por poner un ejemplo: "Néstor Kirchner, la película", producida por el diputado del FpV Fernando Chino Navarro y pre-estrenada en el Luna Park, que -según el periodista José Crettaz- le costó al Estado más de $ 10 millones de acuerdo al siguiente detalle: $ 3,9 millones provinieron del Incaa como subsidio a la exhibición en salas (a razón de $ 35 por espectador, cifra superior a la entrada promedio de ese año); $ 2,6 millones llegaron del Ministerio de Relaciones Exteriores, la Secretaría de Cultura, el Senado y la Cámara de Diputados; $ 2,3 millones vinieron del Banco Provincia, el Banco Nación, la Lotería de la Provincia de Buenos Aires, la Lotería del Chaco, el Suterh (sindicato de porteros) y la compañía Electroingeniería, especializada en obra pública y la tercera en crecimiento durante el kirchnerismo después de las de Cristóbal López y Lázaro Báez.

Nada extraño es encontrar hoy tantas obras viales pagadas que nunca se hicieron, después de todo, si se consideran los $ 400 millones invertidos durante la Década Ganada en ficciones que nunca se estrenaron (conocidas por la denominación "3º J"), como denunció el actual director del sistema de medios públicos, Hernán Lombardi. Eso sí; "Néstor Kirchner, la película" colaboró para cumplir con la Ley de Medios, sirviendo para inaugurar el canal Wall Kintum, el de los pueblos originarios… 

Cuento estas historias para contestarle a Luis Puenzo, ganador del Oscar con "La historia oficial", quien en un conocido programa de TV afirmó que el debate sobre las condiciones en que periodistas, artistas y escritores críticos del kirchnerismo debimos desempeñar nuestras tareas durante la Década Ganada es "una discusión muy chiquita".

Puenzo sostuvo también que no había habido ningún tipo de discriminaciones en el ambiente cinematográfico, y cuando le pedí que nombrara una sola película crítica de la ideología nac&pop que hubiese sido financiada por el Incaa durante los doce años de kirchnerismo se defendió diciendo que si no había habido tales películas era porque no había habido directores que presentaran ese tipo de proyectos. 

Algo de razón tenía Puenzo, porque a mi amigo Pablo, el de "El Olimpo vacío", nunca se le ocurrió volver a solicitar apoyo del Incaa. No lo hizo, por ejemplo, para su siguiente documental: "El diálogo", una conmovedora mirada a las locuras cometidas por la Juventud Maravillosa en los gloriosos Setenta contada por Graciela Fernández Meijide y Héctor Ricardo Leis.

Lo que sí hizo Pablo fue juntarse con otro de mis cineastas argentinos preferidos, Cristian Bernard (coautor de otra de las pocas joyas autocríticas de la cinematografía nacional: la poco conocida "76-89-03") para comprar los derechos, escribir un guión e intentar filmar "Operación Traviata", el best seller de Ceferino Reato que cuenta cómo esos maravillosos jóvenes idealistas llenaron de agujeritos al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci. 

Cumpliendo la observación de Puenzo, a Bernard y Pablo tampoco se les ocurrió perder el tiempo pidiendo financiaciones del Incaa. Fueron directamente a las principales productoras privadas del país -ese país sin censura en el que vivió Puenzo- donde obtuvieron varias no-respuestas y la siguiente declaración "Ni locos nos vamos a meter con una película que critica a Montoneros cuando el Incaa nos debe un montón de guita".

A los pocos meses, Cristina ganaba con el 54% y Pablo y Bernard siguieron los sabios consejos de amigos que hasta hacía poco los felicitaban por la idea pero que ante el 54% pasaron a decirles: "Están locos" y "No se suiciden". Así que abandonaron el proyecto "Operación Traviata", que tan valioso hubiera sido para mostrar las consecuencias de la violencia política en nuestro país. 

Puenzo se equivocó, además, al creer que no hubo ninguna película contraria a la ideología nac&pop financiada por el Incaa. Significativamente, dio por válida mi suposición y buscó inmediatamente justificaciones sin ponerse siquiera a pensar que pudiera haberla habido. Pero la hubo. Al menos, una.

"Secuestro y muerte" -dirigida por Rafael Filipelli sobre libro de Beatriz Sarlo y guión de la propia Sarlo, David Oubiña y Mariano Llinás- se estrenó en mayo de 2011 y describía la hazaña fundacional del terrorismo montonero: el secuestro y asesinato del general Aramburu.

La película tuvo entradas agotadas en sus tres funciones de estreno en el Bafici a las que, misteriosamente, siguió una ausencia total de interés por parte de distribuidores habitualmente entusiasmados en comercializar la épica de la revolución nac&pop y bodrios minimalistas que no llegaron a los mil espectadores. Terminó ignorada, estrenada más de un año después en horarios imposibles en el imposible cine Cosmos, regenteado por la UBA. 

Pero si a alguien le quedaran dudas sobre el clima de época de la Década Ganada, puede escuchar las declaraciones por las cuales el senador Pichetto admitió que por años no tuvo libertad de pensar ni de decir lo que pensaba. Curiosa afirmación para un país en el que, según algunos, rigió una completa libertad de expresión para cuarenta millones de argentinos… menos para el jefe de la principal bancada kirchnerista. 

Sin embargo, en algo tiene razón Puenzo: durante el kirchnerismo no hubo listas negras. Ni falta que hizo. Todo el mundo en el ámbito del cine -pero también el científico, universitario, periodístico y artístico en general- sabía a quién podía contratar y a quién no.

¿Para qué iba yo, por ejemplo, pedir trabajo de periodista en la Televisión Pública si no para que se me rieran en la cara? Todos lo sabíamos. Miles lo sufrimos en primera persona, mientras triunfaba en nuestro país el Relato oficial y los juzgados se llenaban con causas por corrupción y discriminación contra todos los directores del Incaa: Jorge Álvarez, Liliana Mazure, Lucrecia Cardoso y -sobre todo- la megacausa Coscia. Por supuesto, todos ellos procesos judiciales de muy lento tránsito digestivo, hasta ahora... 

Es esto, y no su manifiesta o encubierta adhesión al kirchnerismo, lo que se le reprocha a gente como Pablo Echarri o Puenzo: el haber participado, obteniendo ventajas materiales, de un sistema que privó de sus derechos a miles de sus colegas y que instaló -por medios más cordiales, es cierto- una discriminación por razones políticas que creíamos terminada en 1983, junto con la Dictadura. Que hayan participado de este ignominioso Relato oficial quienes fueron héroes entonces, marchando los jueves o denunciando la Historia oficial de aquellos años, no hace más que agravar las cosas.