Opinión Jueves, 19 de noviembre de 2015 | Edición impresa

El psicópata

Contradicciones, inconsistencias, falta de memoria, acusaciones infundadas... El autor analiza cada expresión de Daniel Scioli en el debate presidencial del domingo.

 

 

Fernando Iglesias - Periodista - Especial para Los Andes

Vaya uno a saber por qué el término “psicópata” y sus derivados “psicopateada” y “psicopatear” se han generalizado en la Argentina. Los usamos para casi todos. Cuando alguien miente descaradamente. Cuando acusa al adversario de sus propios pecados. Cuando intenta dominar al otro generándole culpas. Cuando no se hace cargo de lo que hizo ayer ni de lo que hace hoy. No sé por qué se puso de moda el término “psicópata” pero tengo alguna idea de por qué la palabrita retumbaba en mi cabeza mirando el debate presidencial. 

“Vas a devaluar”, decía el candidato de uno de los partidos, sin escuchar que el otro proponía “un gobierno que defienda el valor de nuestra moneda”, única forma de evitar la opción forzosa entre atraso cambiario y devaluación. Acaso no recordaba la devaluación del 18,7% de enero de 2014 de su propio gobierno, o se había olvidado de que las dos mayores devaluaciones del último medio siglo fueron realizadas por su partido: en 1975, con el Rodrigazo de Isabel Perón, cuando el dólar duplicó su valor en un día, y en 2002, con el Remeslenicovazo del compañero Duhalde, cuando el valor del dólar se cuadruplicó. 

Es que cuando el psicópata devalúa lo llama “cambio competitivo” y “defensa de la industria nacional y las fuentes de trabajo”. Lo de “feroz recorte de salarios” lo reserva para adjudicar intenciones devaluatorias a la oposición. Si el oponente prometiera no tocar el tipo de cambio, el psicópata tendría lista la frase estigmatizadora: “atraso cambiario”. De nada valdría recordarle, tampoco, que el más prolongado atraso cambiario de la historia argentina también lo hizo su partido, con su colaboración, durante aquellos años convertibles en que trabajaba con el compañero Menem para la recontra-reelección. 

Indiferente a los hechos y a la historia, el muchacho de la Ola Naranja seguía sin contestar una pregunta y espetando a su adversario los costos de un ajuste que el otro rechazaba. No lo llamaba así, “ajuste”, cuando su propio partido aplicó el ajuste más socialmente regresivo de la historia, en 2002. Eran tiempos en que ya militaba con el compañero Duhalde, el del 75% de devaluación en pocos días, 40% de inflación con salarios y jubilaciones congeladas, aumento de la pobreza del 50% en un año (del 38,3% de octubre de 2001 al 57,5% de octubre 2002) y retroceso anual del PBI de más del 10%. Eran épocas en que los pequeños ahorristas que habían puesto dólares recibían pesos, porque los dólares se los llevaban los bancos cuando aún no eran “buitres” sino cordiales amigos del poder. 

Imperturbable a la verdad histórica, con fe y con esperanza, el muchacho de las buenas intenciones seguía explicando lo que iban a hacer cuando llegaran al gobierno los que ya están en el gobierno. “Nueva ley de coparticipación”, prometía para los nuevos tiempos de equilibrio de fuerzas en el Congreso el candidato de una alianza que no reformó la coparticipación en doce años de mayoría legislativa; “82% móvil a los jubilados”, exclamaba el aliado de la Presidenta que lo vetó; “Exención del impuesto a las Ganancias a los trabajadores”, proclamaba el corresponsable del saqueo del salario vía inflación con mínimos no imponibles fijos; “Competitividad de las economías regionales”, repetía el miembro del gobierno que las fundió para financiar una nueva ola de compras en Miami. 

Después de todo, no hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos es una de las características psicopáticas salientes. Para eso sirve la acusación de noventista, enunciada como “Que nunca más nos vuelvan a poner de rodillas frente al Fondo y los buitres”. Así decía quien el mes pasado mandó a Urtubey a negociar con ellos y forma parte del gobierno del cariñoso ministro Kicillof, retratado sonriente abrazando a su directora el día de hoy. 

“Todos saben mi sentido de la responsabilidad”, decía el del avión a Italia en plena inundación de la provincia. “Sos el libre mercado, el endeudamiento y las empresas extranjeras”, acusaba quien ayer sostenía que el menemismo era mucho más que el peronismo. “Como egresado de la escuela pública soy un defensor acérrimo de la educación pública”, enunciaba el dudoso egresado de la UADE.

“Autoabastecimiento energético”, exclamaba el candidato del gobierno responsable de haberlo perdido. “No ha podido derrotar la pobreza”, enrostraba el candidato del gobierno nacional al jefe de gobierno de una ciudad. “El juez Griesa”, mencionaba al cuco el representante del gobierno que delegó la soberanía jurídica en los tribunales de Nueva York. “Fíjense cómo están aumentando los precios”, acusaba el miembro del gobierno al candidato de la oposición.

Un delirio. Una sarta de juicios a las intenciones, una catarata de acusaciones infundadas y una olímpica lavada de manos. Una cacería en el zoológico. Un manual de contradicciones enunciado para acólitos y fanáticos. “Tolerancia cero al narcotráfico, blindaje total a las fronteras, radarización”. Daban ganas de reírse, o de llorar. Una tomadura de pelo en la que no podía faltar la victimización del victimario, el cínico recurso a la piedad: “Me preparé toda la vida, por las distintas circunstancias que me han ocurrido...”, seguido del chantaje emocional: “Viví en el seno de mi familia cuando tuvo que cerrar una pyme por estas políticas que no tenemos que permitir que vuelvan y que generó inclusive una desgracia en el seno familiar, porque perdí a mi querido padre del disgusto que le generó”. Así decía el motonauta de Menem, el de “Mirá lo que era antes YPF” de 1998; el que acusaba a la Alianza de haber votado “contra las desregulaciones, la apertura económica, las privatizaciones y la convertibilidad”. El del padre muerto por la apertura económica, de ahora, y el agradecido menemista de “Jamás dejé de tener cariño por Menem” de cuatro meses atrás. 

Allí estaba el psicópata, desnudo; perdida ya la careta de muchacho bueno que quiere sacar adelante al país con fe, con entusiasmo, diciendo que el candidato opositor era “un peligro para el conjunto de la sociedad” y prometiendo que quienes nos han llevado a esta situación durante doce años de dólar por el suelo y soja por las nubes son los mejores para sacarnos del lío ahora, cuando el período internacional más favorable de la historia nacional se terminó. Allí estaba el psicópata, confundiendo a su propio partido con la Argentina (“Los convoco a votar en favor del país, a que vayan por su propia victoria y que gane la Argentina”). “Ustedes saben muy bien la situación que venimos remontando”, en una frase. “No pierda su tiempo en querer debatir con un gobierno que se termina el 10 de diciembre”, en la anterior. Sin sospechar, siquiera, que las expresiones “Yo les garantizo los subsidios” y “El orgullo y la autoestima argentinos” no quedan bien en una misma oración.