Opinión Martes, 17 de noviembre de 2015 | Edición impresa

El miedo

En opinión del autor, en su desesperación el oficialismo quiere meter miedo en el electorado atribuyendo a la oposición los males y los defectos que el kirchnerismo no ha dejado de cometer durante esta década. Pero ocurre que la gente no tiene miedo, el m

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para Los Andes

 

Miedo da que sigan gobernando, en una situación económica complicada, los mismos que armaron este desastre cuando todos los vientos globales soplaban a nuestro favor. Una excelente razón para no votarlos son las cinco gestiones peronistas de las que Scioli participó directamente, con Menem, Duhalde y los Kirchner.

Son veinticuatro años de los últimos veintiséis cuyas consecuencias fueron bien sintetizadas en la solicitada que varios artistas, intelectuales y periodistas firmamos una semana antes de la primera vuelta: escándalos cotidianos de corrupción, déficit energético creciente, infraestructura devastada, miles de muertes por inundación y en accidentes ferroviarios y viales, sometimiento del Congreso y la Justicia, violación sistemática e impune de la Constitución y de la ley, destrucción del Estado en nombre de su reconstrucción, desmantelamiento de las agencias de control, enriquecimiento inexplicable de los funcionarios, persecuciones al periodismo y la oposición, fomento de la división entre argentinos, clientelismo para todas las clases sociales, omnipresencia de la propaganda gubernamental, uso abusivo de la cadena nacional, retroceso en todos los niveles educativos, expansión del juego, auge del narcotráfico, multiplicación de las mafias y patotas, marginalización de un porcentaje creciente de la población, apogeo de la violencia asociada al consumo de drogas, fraude electoral, falseamiento de estadísticas sobre inflación, ocultamiento de datos sobre pobreza, déficit fiscal fuera de control, jueces y fiscales amenazados, asesinados, destituidos o apartados de sus causas, proliferación del crimen organizado, niños muertos por desnutrición, la tercera inflación más alta del mundo, una economía que no crece desde hace cuatro años, un tercio de los trabajadores en negro, cerca del treinta por ciento de la población en la pobreza y casi cuarenta por ciento de los menores de edad en la indigencia.

No hay hoy un solo aspecto de la vida nacional en que la situación no sea dramática y esté en rápido deterioro, y Scioli ha sido parte activa de todo esto. No un testigo sino un impulsor del vaciamiento material y simbólico de que ha sido víctima la Argentina en este último cuarto de siglo de hegemonía peronista, y cuya acumulación de falsedades y mentiras le impide hasta la postulación de un programa de gobierno. En efecto, Scioli es hoy un candidato que se propone reducir la pobreza, que es menor que en Alemania; acabar con la inseguridad, que es una sensación; bajar la inflación, que es un invento de los medios, y luchar contra la corrupción, que no hay. 
Y sin embargo sobra la gente que va por la vida diciendo que Macri y Scioli “son iguales”.

Y bien, la política no es una simple competencia de personalidades, pero si lo fuera, pocos individuos son menos parecidos. De un lado, un exitoso inventor de sí mismo, que abandonó la seguridad de los negocios paternos para liderar la gestión más exitosa que se recuerde de uno de los clubes más importantes del mundo y, sosteniblemente, el jefe de gobierno de la mejor gestión de un distrito nacional de los últimos años, con puntas destacadas en cultura y transporte público (de las que el Metrobus y las bicisendas son los emblemas). 

Del otro, un oscuro personaje del que se ignora todo mérito y cuyas características salientes son el uso de su discapacidad física como elemento de campaña, lo ambiguo y elemental de su discurso, y la ostentada obsecuencia. Una biografía, además, hecha de fracasos epocales: fundió la empresa paterna, Casa Scioli, un ícono de los electrodomésticos argentinos; se le incendió el quincho que tenía en su departamento, muriendo el encargado del edificio durante el intento de rescatar a su familia; tardó quince años en reconocer a su hija; volcó la lancha con la que corría en una categoría menor de la motonáutica y que casi siempre manejaba otro; se le inundó la capital de la provincia que gobernaba, primero, y la provincia misma, después, en dos episodios en los que demostró toda su insensibilidad y bajeza moral mintiendo el número de muertos, en uno, y escapándose a Italia con su mujer y amigos en medio de la inundación, en el otro; inventando al regreso una absurda historia sobre los motivos médicos que lo “obligaron” a viajar a Cerdeña, lugar en el que en agosto el único servicio médico activo es el del Club Mediterranée. 

No hace falta mucho para saber a quién votar. Basta tener memoria. Bastaba ver lo que los Kirchner habían hecho en la Santa Cruz que habían gobernado por años para saber lo que iban a hacer con el país. Y basta ver lo que ha hecho Scioli en la Provincia durante estos últimos ocho años de la peor de las siete gestiones peronistas que desde 1987 la han destruido, para saber lo que pasará con la Argentina si llega al poder.

La conurbanización definitiva del país en manos de la inestable alianza de los dos aparatos políticos más deletéreos que ha parido la Argentina post-dictadura: el Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires y La Cámpora kirchnerista. El cinismo y el fanatismo. El narcoestado y el chavismo. Lo peor de México unido a lo peor de Venezuela. 

¿Campaña de miedo? Campaña de miedo es la que encabeza Scioli. Mintiendo. Calumniando. Atribuyéndole a los adversarios intenciones y programas inventados por el aparato sciolista-kirchnerista. Sacándose finalmente la careta de buen muchacho al que la vida jugó una mala pasada y que quiere sacar adelante el país con fe, con optimismo, con esperanza. Que algunos llamen a votarlo para que no gane la derecha es la mejor ironía jamás inventada por quienes han perdido la decencia.

Una ironía sólo superada por quienes dicen que si gana Macri vuelven los noventa, una década en la que ni Mauricio Macri ni Gabriela Michetti fueron funcionarios. Una década gobernada por cuatro aparatos políticos de los que las principales candidaturas presentadas por el Frente para la Victoria han sido tributarias: el Pejota nacional (Scioli), el Pejota de Santa Cruz (Zannini), el Pejota de la Provincia de Buenos Aires (Aníbal Fernández) y la Alianza (Sabbatella).

Lo más curioso, lo digno de verse en el debate de hoy por la noche, será el espectáculo de Daniel Scioli, personaje emblemático de los noventa y pejotista-menemista-duhaldista si los hay, amenazar al país con los males cambiarios que sobrevendrán si gana Macri. Ahora bien, la ciencia económica reconoce dos grandes males cambiarios: el atraso cambiario y la megadevaluación. Y bien, el peronismo lo hizo. No hubo atraso cambiario mayor en el país que el que el peronismo menemista instaló en los noventa bajo el sagrado nombre de Convertibilidad, con la participación de Scioli.

Y no hubo devaluación cambiaria mayor en la historia nacional que la que el peronismo realizó en 2002, pasando de una paridad 1 a 1 a otra 4 a 1 en un instante, con la participación de Scioli. Los Kirchner, por su parte, aunaron ambos desastres con la participación de Scioli, sumando a la brutal devaluación del peso -que lo llevó del 3 a 1 de 2003 al 15 a 1 de hoy- el presente atraso cambiario, que ha vuelto a reeditar otra escena noventista: las largas filas en Ezeiza con argentinos cargados de bultos traídos de Miami y Nueva York. 

En cuanto a la campaña del miedo: vale poco la pena discutir los manotazos de ahogado a los que apela el kirchnerismo en este momento de desesperación. Pero no sobra recordar quiénes dicen lo que dicen, poniendo palabras propias en bocas ajenas. Son los mismos que en la campaña por la Jefatura de Gobierno de la Capital Federal del año 2003 apoyaron a Aníbal Ibarra anunciando lo que Macri iba a hacer si llegaba al poder: arrasar las villas con topadoras, privatizarlo todo, acabar con la escuela pública, construir un barrio cerrado en la Reserva Ecológica y un muro de Berlín en la General Paz, cerrar los hospitales de Buenos Aires a los millones de bonaerenses abandonados por la sanidad provincial nac&pop. ¿Después? Después vino Cromagnon. Y después de Cromagnon vinieron ocho años de gobierno del Pro en la Ciudad de Buenos Aires, y ninguna de las amenazas se cumplió.

No se podía ir tampoco, la Presidente, sin mencionar el helicóptero. La misma Cristina que en diciembre de 2012 denunció la existencia de un “Manual peronista de saqueos y desestabilización de gobiernos” del cual fueron víctimas Alfonsín y De la Rúa, la misma que por doce años acusó a la oposición de golpista y destituyente, no pudo resistir la tentación de chantajear nuevamente a los votantes con la idea de que “sólo el peronismo puede gobernar la Argentina”, cuyo significado es uno solo: “La democracia se acabó”.

Por su boca habla el peronismo, ese marido psicópata y golpeador, a la sociedad argentina, su mujer golpeada. “Te voy a hacer la vida imposible si te vas con otro”, la amenaza. “No tenés futuro si me dejás”, la condena. “¿De qué vas a vivir si te vas?”.

¿Seremos los argentinos capaces de dejar de ser mujeres golpeadas? ¿Comprenderemos que nada peor que esto puede pasarnos? El 22 de noviembre se sabrá.