• Domingo, 25 de enero de 2004
  • Edición impresa

El día que condenaron a muerte a Mercedes Sosa

“Mercedes Sosa viene caminando sola por la avenida Corrientes...”, así comienza este relato que nos retrotrae a los tétricos años de la dictadura. Su protagonista es la cantante más extraordinaria de la Argentina. Hay tristeza, gloria... y algunos muertos.

Por Rodolfo Braceli
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Este cuento fue soñado por alguien que prefiere permanecer en el anonimato. Se le avisa a los lectores que tiene un final glorioso, pero sumamente triste. Hay muertes.)

Otoño manso, media tarde, Mercedes Sosa viene caminando sola por la avenida Corrientes. Qué extraño, en la vereda que ella ha elegido para su paseo no transita absolutamente nadie; la de enfrente en cambio está superpoblada.

Un auto que aparece a gran velocidad, frena compulsivamente y se ubica junto a la vereda por donde viene ella. Rápido se bajan tres hombres jóvenes, los tres atléticos, los tres con lentes ahumados, los tres con bigotito cepillo. Uno de ellos le dice:

-Usted es Mercedes Sosa.

-No, si voy a ser Julio Sosa.

-Usted se viene con nosotros.

-A ver, ¿por qué?

-Porque sí, señora. Porque sí.

Y sin más, por poco la alzan y ya la han metido en el asiento de atrás. El auto acelera, dobla por Talcahuano y desaparece. Como siempre pasa por estos pagos patrios, nadie ha visto nada; la gente de la vereda de enfrente sigue en lo suyo, caminando rápido, apurada, como si supieran a dónde van.

Durante el raudo viaje nadie habla en el auto. Mercedes Sosa no dice ni pregunta nada, va ensimismada tratando de descifrar cuatro asombros. Uno: con qué facilidad estos tipos me alzaron y me depositaron en el auto...; dos: qué poca resistencia les opuse...; tres, ¿por qué no los estoy puteando?, y cuatro, ¿por qué no tengo un poco de miedo?


Una hora después, en un salón de paredes blancas, techo blanco, piso blanco, Mercedes Sosa está sentada sobre un banquillo blanco. Frente a ella, detrás de un largo mueble blanco hay tres ancianos con toga blanca; curiosamente ninguno de los tres tiene el pelo blanco. El del medio, con voz solemne y pedregosa, le dice:

-Usted es Mercedes Sosa.

-Creo que sí, yo soy Mercedes Sosa.

-Per-fec-to. Queríamos informarle que usted ha sido juzgada, y condenada a muerte por esta Corte Suprema.

-¿Por qué juzgada? ¿Y por qué encima condenada muerte?

-Porque sí, señora. Porque sí.

-No, no, no; yo soy una mujer, a mí se me respeta. Me van a tener que decir ya mismo por qué me han condenado a muerte, ¡carajo!

-Señora, ¿y si no le decimos?

-Los mando a la putaqueloparió.

-No le decimos, señora.

-Entonces se van ¡a la putaqueloparió!

El anciano de la derecha interviene:

-Señora, con la madre no, eh.

El anciano de la izquierda agrega:

-Para que vea que no somos impiadosos, para que vea que somos humanos...

-Y derechos.

-Tenga a bien no interrumpir. Para que vea que no hay animosidad en contra de su persona, le ofrecemos sortear tres posibilidades para salvarse. Si supera las tres pruebas usted no morirá, recuperará en el acto su libertad.

-A mí no me van a matar así como así, con lo que me gusta vivir... ¿Y cuáles son esas pruebas? A ver, díganme.

El anciano del centro carraspea sin consideración y explica:

-Señora, usted para salvarse, primero tiene que tejer unas líneas de lana. Después, en el caso de que sepa hacerlo, tiene que silbar en alemán. Por último, si logró silbar en alemán, tendrá que cantar...

El rostro de Mercedes Sosa pasa de lo sombrío a lo luminoso. No dice, piensa: "Estos güevones se van a quedar con las ganas de matarme..." Su optimismo es interrumpido por el anciano de la derecha:

-Le advertimos, señora, que si usted no supera las tres pruebas, será ajusticiada de inmediato, aquí mismo, con tres balazos: uno en la frente, otro en la nuca y otro en el corazón. ¿Algo para objetar, señora?

-Si me matan van a ensuciar el piso; lástima porque está tan limpito.

-No se aflija señora, tenemos un grupo de tareas para la limpieza de esta Corte.

Uno de los que venía en el auto, ahora vestido y calzado de blanco, le acerca a Mercedes Sosa madejas de lana y dos agujas. Ella no titubea. Toma la lana, las agujas y con soltura teje: uno arriba, uno abajo... uno atrás. Uno arriba, uno abajo... uno atrás...

-Ha superado la primera prueba -le dice el anciano de la izquierda.

-Puede usted silbar -le dice el anciano de la derecha.

-¿No podría silbar en castellano? -pregunta ella más con ironía que con inquietud.

-No. Tiene que silbar en alemán. Adelante -dice el anciano de la derecha.

Mercedes cierra los ojos y tararea algo muy bajito.

-Silbe o despídase, señora -apura el anciano del centro.

Un largo silencio. Mercedes Sosa sigue con los ojos cerrados. Los ancianos se miran entre sí, con regocijo. Ella estira los labios en círculo y .... fiii fiiiii fii.... fififiiiii... fifiiii...

-Ah, Wagner, Wagner... Walkirias, Walkirias... -dicen los tres ancianos, a coro.

-Bueno, ya pasé la segunda prueba. Ahora canto y me sueltan ¿no?

-Mo-men-ti-to, señora. Nos faltaba especificarle: usted tiene que cantar mal -dice el anciano de la izquierda.

-¡No, no, no, no; yo no sé cantar mal!

-Y bueno, señora, si no sabe, despídase. Ahí a su derecha está el hombre con el arma y las balas, listo para proceder de inmediato.

-¡Pero ustedes no me pueden hacer esto!

-Son las reglas del juego. Y el juego es nuestro -dice el anciano del centro.

-Bueno... está bien -murmura Mercedes Sosa con suma tristeza. Y empieza a cantar "Gracias a la vida".

Los tres ancianos escuchan. Casi con el mismo impulso se ponen de pie y ya la están aplaudiendo con entusiasmo, con vehemencia.

-¡Muy bien, señora! ¡¡¡Sublime lo suyo!!!... Pero como cantó muy bien, no superó la prueba. Vamos a matarla nomás.

-Es que no me sale cantar mal. No sé cómo se hace -dice Mercedes totalmente abatida.

-Inténtelo una vez más. Cante mal. Entienda: es su última oportunidad. Si no, ya sabe: las tres balas.

Mercedes respira hondo, cierra los ojos y canta: "...si se apaga Valderrama, dónde iremos a parar..."

Los ancianos, otra vez de pie, cubren la última estrofa con un aplauso cerrado todavía más intenso que el anterior.

Ahora el juez del centro está cuchicheando con los otros dos, y después dice:

-Somos generosos por demás, señora. Inténtelo una vez más. Cante mal y salva su vida.

Mercedes Sosa dice:

-Estaba cantado: no pude, no puedo, no podré hacerlo... Adiós mi Fabián, adiós mis nietos queridos, Araceli y Agustín... Ya voy con ustedes papá... mamá...

Eso dice mientras deja caer la cabeza sobre su pecho.

El hombre del arma, fiel a la obediencia indebida, da los pasos necesarios, se detiene a un par de metros de la nuca de Mercedes Sosa, alza el revólver blanco y dispara una, dos, tres veces...

De izquierda a derecha, los tres magistrados caen sucesivamente.




Este cuento pertenece al libro “Mercedes Sosa, la Negra”, de Rodolfo Braceli, editado por Sudamericana.