Sup. Cultura Sábado, 3 de diciembre de 2016 | Edición impresa

Abracadabra

Por José Luis Verderico

-¿Nombre?
-¿El mío? Tito.
-No, el de su esposa.
-¡Ah!, María se llama. 
-¿Edad?
-Ayer cumplí setenta y dos. No parece ¿vio?
-¡La edad de su esposa quiero saber!
-Bien. Eh, disculpe, pero no la sé.
-¿Cómo?
-Tampoco podía saber que ella desaparecería por más de una semana.
-¿Adónde cree que pudo haberse ido? -¿A la casa de algún pariente? ¿A lo de alguna amiga?
-Ella no tiene familiares ni amigos.
-¡Caramba! Escúcheme bien, por favor: necesito una foto de su esposa para saber cómo es su rostro, cómo son sus rasgos y observar si tiene lunares o cicatrices, ésas cosas que nos distinguen de los demás.
-María nunca se sacaba fotos y tampoco dejaba que se las tomaran. Decía que acortaban la vida de las personas a razón de un día por cada imagen. 
-Mmmmm, ¡qué raro!
-¿Qué cosa? ¿La desaparición de mi esposa o que las fotos acorten la vida de la gente?
-¿Usted también cree en ese delirio?

-María mide, más o menos… un metro sesenta y desde que la conozco siempre llevó el pelo corto.
-¿Color?
-Rojo.
-Del pelo, digo.
-Yo también hablo del cabello.
-Bien ¿Y el peso aproximado?
-Y… si le dijera cincuenta kilos no le estaría mintiendo.
-¿Algún hobby?
-¿Yo?
-Noooo, su esposa. De ¡ella! estamos hablando, ella está desaparecida.
-Entiendo. Un hobby… Un hobby. Sí, ya está: ¡Abracadadra!
-¿Qué?
-Abracadabra, la expresión que usan los magos para darse un toque de histrionismo al final de los trucos más osados. Podría ajustarse perfectamente a una conducta reiterativa de mi esposa: desaparecer y reaparecer una y otra vez. Esta es la quinta vez que se esfuma en un mes, pero nunca antes había tardado más de un día en regresar. ¡Esta vez ya llevamos una semana!
-¿Y dónde estuvo en las veces anteriores?
-No lo sé; y ella tampoco cuenta nada. Y eso que yo le pregunto y le insisto y dale que va.
-¿Lleva ropa o algún otro elemento personal?
-No. Va y vuelve con lo puesto.

El trabajo de un dibujante, ilustrador o caricaturista es valiosísimo para reforzar la búsqueda de una persona de quien no existan registros fotográficos ni de video.
-¿Ella es más o menos así?
-Noooo. Tiene la nariz ganchuda y los pómulos bien gordos. Cada cachete debe pesarle como medio kilo.
-¿Y ahora está más parecida?
-No crea. La cabeza está demasiado redonda, en verdad es ovalada. Y los ojos son más achinados.
-¿Y, qué le parece?
-Tampoco éste me parece el dibujo adecuado. Créame que no se parece. En nada.
-¿Y éste?
-Si usted lo dice…
-¿Yo? ¡Usted! es nuestro guía para este retrato. Usted vivió treinta y tres años con su esposa desaparecida, no nosotros.
-Entonces, mejor hagamos algo.
-¿Qué?
-Déme papel y lápiz. Y présteme el banquito y el caballete.

Trazo va y trazo viene. La mano hábil va dejando su marca. 
El esposo de la desaparecida se aleja de la obra incipiente, entrecierra un ojo estudioso y vuelve a la carga. Una corrección a la altura de las orejas. Ahora el cabello. La frente despejada, sí señor.  
-Ya casi termino. Pero antes necesito colores para darle el toque final.
- No creo que sea necesario pintarlo. Está muy claro. 
- Créame que sí.
 
La mezcla de marrón y amarillo dieron color a los ojos. El rosa, manipulado con extrema suavidad, fue suficiente para que un rostro lozano, aunque algo pálido. Las cejas, negras. Finitas. Prolijamente recortadas. 
-No encuentro el rojo.
-Justamente ese color nos está faltando.
-Pero sin el rojo no podré terminar.

Un ayudante dejó de cebar mate y caminó hasta la escuela primaria ubicada a la vuelta de la comisaría. Pidió permiso a la celadora y a la directora, y a la maestra de Artes Visuales y Plásticas le explicó la emergencia. Minutos después volvió empuñando bien alto un pobre lápiz rojo mordisqueado.
-Sírvase –dijo al esposo de la desaparecida, con el gesto satisfecho de quien acaba de entregar la llama olímpica en la ceremonia inaugural.
- ¡Gracias! Este rojo será para los labios. Para esa sonrisa que todo lo puede. Mágica. Ya casi. ¡Listo! ¿Ahora pueden verla?

El identikit de altísima calidad artística estaba como para ponerlo en un cuadro cuando un relampagueo alumbró la oficina y los investigadores no pudieron creer lo que vieron a continuación. María, aquella mujercita de cabello corto y colorado, de edad indefinida y pómulos regordetes, esquiva para las fotografías, estaba haciendo de las suyas. ¡Abracadabra!, se escuchó. 

El caballete se sacudió varias veces y María emergió del papel ilustración. Ya de carne y hueso,  miró al esposo tiernamente. Se tomaron de las manos y salieron del edificio policial como si nada  de todo esto hubiera ocurrido.