• Domingo, 11 de enero de 2015
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A 30 años del hallazgo de la momia del Aconcagua

El 8 de enero de 1985, un grupo de andinistas que exploraba la pared sur encontró el cuerpo de un niño inca de 8 años, sacrificado y depositado allí en el 1500.

Ignacio de la Rosa - idelarosa@losandes.com.ar

Pese al “marketing” con que cuentan en los manuales de historia universal y en la filmografía hollywoodense, no es necesario situarnos en Egipto para poder hablar de momias, así como también de las atrapantes historias que las rodean.

De hecho, Mendoza y el cerro Aconcagua tienen la propia: un niño inca de aproximadamente 8 años que murió -aparentemente sacrificado en una ceremonia religiosa- en el año 1500, a casi 5.200 metros sobre el nivel del mar en la pared suroeste del Coloso de América.

El jueves 8 se cumplieron 30 años del hallazgo del cuerpo congelado y momificado del pequeño aborigen en esa zona prácticamente virgen del Aconcagua. Fueron cinco andinistas mendocinos sus “descubridores” (dos parejas de hermanos, Alberto y Franco Pizzolón, Juan Carlos y Fernando Pierobón, además de Gabriel Cabrera), quienes habían salido en una de las varias expediciones organizadas ese 8 de enero de 1985 para conmemorar el 50° aniversario del Club Andinista de Mendoza. 

A tres décadas del histórico hallazgo, Los Andes reunió a los descubridores para reconstruir la expedición y la cronología que marcó un antes y un después no sólo en la arqueología regional, sino también en la actividad de montaña.

“Primero encontramos una pirca de piedras y nos llamó la atención porque era un montículo que se diferenciaba del resto de la superficie. Después vimos plumas y pensamos que se trataba de un cóndor muerto. Pero cuando vimos un cráneo humano, nos dimos cuenta que habíamos encontrado algo importante”, rememoraron los andinistas.

La reconstrucción oral de las dos expediciones (la del hallazgo y luego la arqueológica para rescatar el cuerpo días después), incluye todo tipo de anécdotas, entre ellas la particular forma en que sorprendió a los rescatadores -durante la segunda expedición- el terremoto del 26 de enero de 1985.

“Estábamos haciendo noche un poco más arriba del campo base y sentimos un fuerte movimiento. Pensamos que podía ser una avalancha en la pared sur. El día después nos enteramos por radio que había sido el terremoto. Antes de salir, estaba previsto que pasáramos esa noche en el campo base.

Pero tuvimos buen tiempo y subimos un poco más. Menos mal, porque, con el terremoto, una piedra de casi 2 metros había caído en el lugar donde teníamos pensado armar la carpa en el campo base”, recapituló Juan Carlos (58), quien junto a Gabriel y a Alberto volvieron al lugar junto a los arqueólogos que participaron de la segunda aventura.

Un hecho fortuito

Es muy probable que mientras hayan estado planificando la primera excursión, ni Cabrera ni los hermanos Pierobón y Pizzolón hayan imaginado lo que les esperaba en la pared sur del Aconcagua.

“Nosotros salimos por el filo sudoeste, con la idea de completar la misma expedición que había dejado inconclusa el teniente Ibáñez en 1953 y que nadie había hecho completa. Fue todo un desafío”, recordó Gabriel Cabrera (59), quien por aquella época tenía 29 años y compartió el grupo con los hermanos Pierobón y los Pizzolón.

Y, aunque no lograron hacer cumbre en aquella oportunidad (el grupo se separó a los 6.000 msnm), su viaje quedó en la historia. Incluso, Cabrera tuvo su revancha personal y en 1986 logró hacer cumbre y completar ese recorrido, aunque esa ya es otra historia.

“Habíamos llegado a un punto en el que había una pared de 8 metros -que nos costó muchísimo subir- y de ahí seguía la ruta. Pero estando ahí encontramos dos formaciones de piedras que rompían con el paisaje y nos llamaron la atención. Pensamos que tenía pasto arriba, pero después nos dimos cuenta de que a más de 5.100 metros no podía ser pasto. Después creímos que era un cóndor, hasta que vimos el cráneo”, recordó Juan Carlos Pierobón sobre el momento del hallazgo. Era, exactamente, el martes 8 de enero de 1985.

“No éramos profesionales, pero sabíamos que se trataba de un hallazgo histórico porque en los ‘60 ya habían hallado una momia en el cerro Toro (San Juan). Entonces tomamos algunas muestras de la ropa y seguimos. Por esas cosas que tiene la vida, Roberto Bárcena (uno de los arqueólogos que luego estudió la momia) había sido profesor del colegio y yo recordaba que nos había dicho que si alguna vez encontrábamos algo que pudiese llegar a tener valor arqueológico, no lo tocáramos. Y se me vino esa frase a la cabeza”, agregó Juan Carlos.

Para los andinistas, la expedición se extendió durante tres noches más, hasta llegar casi a los 6.000 msnm. “Nevaba todos los días y el tiempo no era bueno, por lo que decidimos bajar por una cuestión de seguridad. Pero Gabriel decidió seguir”, contó Fernando Pierobón (62).

Los cinco escaladores pactaron no decir nada a nadie sobre el hallazgo, e incluso acordaron aguardar hasta que Cabrera regresara para dar la noticia. “Ya en Puente del Inca se lo comentamos únicamente al médico que iba con el grupo del Club Andinista, Ernesto Fiorentini, y es él quien nos recomienda contarle de la momia al arqueólogo Julio Ferrari, quien luego nos contactó con Juan Schobinger -ya fallecido y quien comandó el equipo de arqueólogos que examinaron a la momia días después-.

Cuando volvimos, hicimos una conferencia de prensa para contar el hallazgo y la única condición que nos habíamos puesto es que íbamos a decir el lugar exacto si la momia se quedaba en Mendoza para que la estudiaran y no salía de acá”, acotó Fernando.

El regreso

El 23 de enero de 1985, 15 días después del hallazgo, Alberto, Juan Carlos y Gabriel regresaron al sitio, esta vez acompañados por Schobinger, Ferrari, el arqueólogo Víctor Durán y algunos periodistas.

“Tenía una sensación de asombro. No es fácil llegar a 5.200 msnm y menos por la ruta no habitual. Incluso, parece que los incas habían llegado sólo hasta allí”, indicó Cabrera. “Nos habíamos quedado con un gran signo de pregunta sobre qué habíamos encontrado”, acotó Franco Pizzolón (53), quien no volvió para el rescate.

Ya en el lugar, retiraron la momia (que estaba cubierta de un bloque de hielo y pesaba 30 kilos) y la acomodaron en un carguero envuelta en lienzos. “Se venía el mal tiempo y teníamos que hallar el ajuar (elementos sagrados con el que solían enterrar a las personas sacrificadas). No podíamos quedarnos mucho más y, vaya uno a saber por qué, Alberto empezó a cavar en un lugar hasta que vimos algo rojo. Llamamos a Durán y a Schobinger y rescatamos una bolsa con seis objetos (tres llamitas de oro, plata y corteza y tres figuras de Inca). Teníamos mucha emoción porque iban a darle un destino público y cultural al hallazgo”, cerró Juan Carlos.

Debate: el futuro de la momia

Al cumplirse 30 años desde su hallazgo, los cinco andinistas que descubrieron la momia del Aconcagua y uno de los científicos que la estudió dieron sus puntos de vista sobre qué hacer con el cuerpo. Bárcena destacó que lo más conveniente es que continúe guardada en frío (a la espera de nuevos estudios) y sin exposición al público, pero los descubridores no comparten esta idea. 

“La tienen guardada en la heladera como un jamón, como un salchichón. Creo que ya se agotaron todas las instancias científicas y ahora se necesita un debate y una discusión social, cultural y política. Se habló de la posibilidad de llevarla a donde estaba, pero eso es imposible ya que al lugar no se puede acceder hoy. Pero un santuario en el Parque no es una mala opción. Se tiene que dar la discusión”, resaltó Gabriel Cabrera, quien hace 35 años trabaja en el Ianigla (CCT). Juan Carlos Pierobón coincidió con esta idea.

“No puede estar encerrada. Sería bueno que se pueda exhibir para que los chicos puedan verla y estudiar la población de hace 500 años”, indicó, y puso de ejemplo el museo de Alta Montaña de la Ciudad de Salta, donde se expone una momia como la mendocina. “Que se abra el debate”, cerró.