• Viernes, 7 de abril de 2017

"Por qué este es el momento y la oportunidad de la sostenibilidad"

Con una clara visión de futuro, se concretó la puesta en marcha de la Maestría en Responsabilidad Social y Desarrollo Sostenible (MRS).

Mg. Osvaldo Roby (*)

Con la difusión y aplicación de los conceptos de Deming –adoptados firmemente por la industria japonesa, entre otros- la segunda mitad del siglo veinte fue escenario de la “revolución de la calidad”. Los aprendizajes de la Segunda Guerra Mundial, sistematizados en los procesos de producción, perfeccionaron la forma de hacer las cosas y los productos. Los ´80 y, muy especialmente los ´90, fueron las décadas en las que se extendió la aplicación de estos conceptos a la producción de alimentos, con foco en la inocuidad (que el alimento sea saludable y no nos enferme), estandarizados en normas como Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) y de Manufactura (BPM) y Análisis de Riesgos y Puntos Críticos de Control (HACCP), esta última adaptada de los programas espaciales de la NASA como el programa Apolo de los años ´60.

Casi a mediados de los ´90 -en 1994 para mayor precisión- surgió la serie de Normas 9.000 de la Organización Internacional de Estandarización (de la que nuestro país forma parte a través de IRAM) conocidas como ISO 9.000. Su gran aporte: comienza a ponerse el énfasis en la calidad de gestión, no sólo del producto final. A pesar de un arranque considerado prácticamente “utópico” por muchos en nuestro país, paulatinamente aumentó su implementación y certificación, primero en el sector empresarial y luego en el ámbito público y de las organizaciones de la sociedad civil (OSC), a la vez que evolucionó para enfocarse en los procesos y extender sus principios a otras áreas como la Gestión Medioambiental (ISO 14.001), la Gestión de la Salud y Seguridad Ocupacional (OHSAS 18.001) y –más recientemente- la gestión de la Responsabilidad Social (RS) organizacional (ISO 26.000). Esta última es una norma no certificable, debatida durante más de 10 años por los más de 100 países representados en la ISO, que se elaboró en respuesta a la creciente demanda mundial de orientar y sistematizar los criterios de gestión ampliamente difundidos a inicio de este siglo.

En Argentina, la difusión y adopción de los conceptos y prácticas de RS despertaron como consecuencia de la crisis de gobernabilidad de fines del 2001 y la crisis económico social del 2002, durante las cuales el Estado mostró abiertamente serias y concretas dificultades para cumplir sus obligaciones sociales en resguardo de los derechos de los más necesitados en materia de alimentación, salud, educación, seguridad, etc. Fueron los sectores de las OSC y de las empresas los que –muy sensibilizados por el sufrimiento de las personas carenciadas- salieron en su auxilio, en forma espontánea al principio, y con crecientes organización y planeamiento más adelante.

Fue el momento de la formalización de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) en Argentina. Algo que varios venían sintiendo y haciendo desde mucho tiempo atrás, que en ese momento se adoptó como modelo conceptual y pragmático de gestionar las empresas con una triple mirada: lo económico –siempre imprescindible-, más lo social y lo ambiental, alejándose del concepto más elemental de “filantropía” imperante desde mediados y fines del siglo 19. En otras palabras, se pasó de la idea básica de: “una vez que obtenemos beneficios –no importa cómo- regalamos parte de nuestras ganancias a la sociedad” a un concepto mucho más evolucionado de RSE centrado en “cómo vamos a crear valor económico, creando valor social, ambiental y cultural al mismo tiempo”. Pasa a ser muy importante informar cómo obtenemos nuestras ganancias, no sólo cuánto. Obviamente, esto también se formaliza en criterios, normas e indicadores para la gestión y para la elaboración de reportes de sostenibilidad (AA 1.000, SA 8.000, Balances Sociales, Standard GRI, Indicadores ETHOS/IARSE, etc.).

Una década y media de una Argentina con un tercio de su población bajo la insoportable presión de la indignidad de la pobreza (reconocida públicamente o no, aunque siempre presente) marcó el inicio y el crecimiento exponencial de diferentes públicos de interés por la problemática social y, más recientemente, por la problemática ambiental. Esto último en un proceso de toma de conciencia global, del cual nuestro país y, particularmente, nuestra provincia, no están ajenos: el cambio climático global al cual me tomo el atrevimiento de llamar “la segunda crisis antropogénica existencial de la humanidad” en la que ésta amenaza su propia existencia en el planeta (la primera fue el uso de la energía nuclear para fines bélicos).

Una población mundial estimada en más de 7.200 millones de habitantes presiona, con nuestros hábitos de consumo irreflexivos, sobre una limitada y cada vez más escasa fuente de recursos naturales, contaminándolos con nuestros desechos, especialmente la cada vez más escasa reserva de agua dulce de nuestro sobreexplotado planeta. Y, como si esto no fuera lo suficientemente grave y difícil de resolver, un 40% de la población permanece crónicamente bajo la línea de pobreza (y del consumo, lógicamente).

Este preocupante panorama parece tan difícil de abordar y solucionar que a muchos los paraliza en la creencia irracional de que “nada puede hacerse”. Otros –muchos, por cierto- creemos y confiamos en que “todo es posible, aunque no se pueda todo”. Elegimos transformar el agobiante problema en un desafío esperanzador, aprendiendo a trabajar en el contexto de nuestras propias contradicciones, abordando los problemas paso a paso, priorizando según sus impactos y nuestra posibilidad de aportar pequeñas soluciones individuales y mayores soluciones colectivas, innovando y gestionando el cambio organizacional con el fin de encauzarnos en las pautas del Desarrollo Sostenible que aseguren un planeta y una sociedad global viables para nuestras generaciones futuras en un marco consciente de bienestar (felicidad, si lo prefieren) actual sin comprometer las posibilidades de bienestar de los que vendrán. Este es el momento y la oportunidad de la sostenibilidad.

En este contexto, se multiplican las personas sensibilizadas como consumidores (consumidores conscientes o responsables), los empresarios y profesionales que buscan incorporarse a cadenas de cuádruple valor (económico, social, ambiental y cultural), los gobernantes que comienzan a entender que deberán usar el poder del estado en esta dirección y rendir cuentas por ello. Surgen nuevos modelos económicos (Economía Social, Solidaria, Circular, Verde, Naranja –ligada a la innovación-, etc.); nuevas formas de empresa (empresas de beneficios de interés común, sistema B); nuevos criterios de comercio (comercio justo); y muchas otras formas innovadoras de abordar las inversiones y las finanzas (inversión social privada, inversiones socialmente responsables, finanzas sustentables, etc.).

En el campo del saber, aumentan las expectativas y la necesidad de síntesis y sistematización de los conocimientos en lo conceptual y, sobre todo, en lo aplicativo e instrumental. Esto genera una demanda geométricamente creciente de profesionales debidamente formados y motivados en estos aspectos, capaces de comprender y abordar la complejidad que caracteriza el trabajo sistémico y multidisciplinario que los distintos sectores de la sociedad o -si lo prefieren- que los eslabones de la nueva cadena de valor requieren. Cada uno de nosotros responde y responderá en el marco de su responsabilidad, según el lugar que ocupa y la función que cumple en la sociedad. Es por ello que, en el año 2013, un equipo docente de las Facultades de Ciencias Agrarias y Económicas la Universidad Nacional de Cuyo crearon la Cátedra Libre de Desarrollo Sostenible y Responsabilidad Social e inmediatamente sumaron a su misión de aprender y trabajar en forma inclusiva en docencia, investigación, extensión y divulgación, la de consolidar mediante la organización institucional la formación de posgrado en estos temas.

Con una clara visión de futuro, una gran vocación de trabajo interinstitucional y transdisciplinario, el apoyo de VALOS, el Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresarial (IARSE), de muchas universidades y organismos de investigación y desarrollo de Mendoza y numerosas organizaciones de los sectores público, privado y de la sociedad civil pudimos concretar la creación y puesta en marcha de la Maestría en Responsabilidad Social y Desarrollo Sostenible (MRS).

Su principal objetivo es la formación de profesionales del más alto nivel, en los conocimientos y competencias necesarias para gestionar organizaciones públicas, privadas y de la sociedad civil con un enfoque sostenible y de responsabilidad social. Se anticipa un muy amplio campo laboral para los egresados quienes tendrán un papel protagónico, como pioneros, en la dirección, administración y consultoría, creativas e innovadoras, de las modernas organizaciones trascendentes que están o desean estar a la vanguardia de las soluciones de los desafíos de sostenibilidad del siglo 21, asegurando así su propia sostenibilidad.

(*) Director Académico de la Maestría en Responsabilidad Social y Desarrollo Sostenible de la Universidad Nacional de Cuyo. Cofundador y Director de VALOS OSC. Ex Presidente y Voluntario de la Fundación Banco de Alimentos de Mendoza